La pasión del pirata

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Capítulo 18- Un viaje un tanto inferior

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Los suaves quejidos del viento llenaban las blancas velas del Galeón que trasportaba a la hija del señor Lancel.

—¿Cuántas olas han de chocar contra el barco para que lleguemos al fín? — preguntó Cintia mientras se abanicaba la cara y se apoyaba encorbada en una mesa.

—Las que hagan falta para que usted llegue sana y salva para conocer al Duque— Respondió el capitán de aquel barco— este viaje es relativamente corto, al salir la reina de la noche habremos pisado tierra.

— ¡Tenía entendido que el destino era una isla cercana!— dijo la joven impaciente.

—Debo presentarme... Me llaman Fréderick corazón de Plomo Su nombre era Cintia... ¿verdad?

— Así es...

— Le pido disculpas pero he de decirle, Cintia, que apenas ha pasado tiempo alguno y que llegaremos en menos que nada a su destino.

—¿No pueden darse más prisa?

—Le juro que a toda la tripulación le encantaría dejarla en la isla y seguir con nuestro viaje — comentó pícaramente.

—Y a mí, me encantaría comentarle a mi padre cómo transportais a vuestro cargamento importante.

Corazón de Plomo decidió callar y seguir con su trabajo. No le convenía tener a aliados de la corona como enemigos si quería seguir comerciando y transportando cargamento de una esquina del mundo a otra.

Analizó un poco a la joven, ya por no tener que buscar divertimento en los hombres, que por fortuna o por desgracia, veía diariamente.
Sus facciones no eras tan feas como su actitud. El pelo, lo llevaba recogido en un modesto moño decorado con pequeñas florecillas blancas. Su cara estaba blaca por haberse empolvado excesivamente para su gusto.
Frederick se llevó las manos a la cabeza intentando comprender el por qué los dioses decidieron colocar el alma nocivo de la joven en semejante privilegio. Él mismo, debía admitir que a veces era un poco cruel pero creía profundamente que merecía mucho más que aquella criatura desagradecida.

Lo que daría por no tener que trabajar duro... Ella solo debía nacer y coser. Vivir y casar. Nisiquiera era obligada a cocinar y a limpiar como las demás mujeres del mundo. La arogante chica y una pequeña elite de desagradecidos gobernando el mundo sin saber el poder que tienen y lo duro que es conseguirse un nombre por sí solo.

El hombre volvió a fijarse en el rostro emblanquecido que ella mostraba. Sus ojos portaban un brillo entristecedor y su mejilla, cercana a él, portaba una tímida lágrima que humedecía los polvos.
Satisfacción hundó la mente del señor que veía el sufrimiento que embotellaba la joven... Más satisfactorio aún, para él, fue cuando pudo acercar su mano y apartar la lágrima dejando al descubierto su conocimiento de lo que ella pretendía ocultar.

— Estoy bien— intentó aclarar Cintia

—Ya lo he visto, no tengo razón alguna por la que preocuparme por usted.

— Indiscutiblemente tiene todo mi apoyo en eso.

— De todas formas, no se si ve lo que se asoma por ahí— dijo mirando a algo que interrumpía el infinito horizonte del mar— El fin de mi responsabilidad sobre usted.

Una isla había aparecido ante ellos, bastante más grande de la que había sido Cintia residenta durante toda su vida. 
A medida que se acercaban, Corazón de Plomo daba las órdenes convenientes a su tripulación para que la entrada al puerto fuese la más elegante posible.

Las cuerdas se ataron, el ancla tocó fondo y la pasajera puso pie en el puerto de su nuevo hogar.
De momento todo era parecido a las condiciones de las que se había rodeado anteriormente. Mientras Fréderick le escoltaba vagabundos pedían limosna, algunos le hacían signos de respeto y otros murmuraban cosas ,de las que estaba más que segura de que no daban una buena imagen de ella.

Un grupo de plebeyos eran apartados por unos guardias que protegían un carruaje. De este, salió un hombre elegante con el pelo de un potente rubio oscuro. Portaba un bastón que más que para ayudarle a caminar servía para apartar gente y admirar la belleza del diseño plasmado en él.

Corazón de Plomo se volteó inmediatamente al ver a semejante hombre y volvió a su barco dejando a Cintia atrás para conocer a su futuro marido.
El joven se agachó y cogió delicadamente su mano la cual besó mirando fijamente a sus ojos para hacer un intenso contacto visual.

— Alexander Chevalti, encantado de conocerla al fín— dijo con una gran sonrisa.

— El placer, sin duda, es enteramente mio. He de suponer que es mi prometido— respondió Cintia sacando un abanico con el que se tapó un poco la cara modestamente.

La pobre había entendido que el abanico se utilizaba mucho para ligar de forma sutil con un hombre pero nunca le habían explicado en qué situación ni cuál era el código. Alexander ni se percató del intento de atención mas no era necesario pues sus ojos estudiaban a la joven intensamente.
No físicamente, más bien, un estudio rápido que intentaba penetrar su mente y descubrir todos sus secretos.



G. Ariadna Johnson

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En el texto hay: fantasia pirata

Editado: 08.06.2018

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