La profecía: El secreto de Horus

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Capítulo 22

Marcus

 

Grité con todas mis fuerzas en medio de ese horrible establo y Amón-Ra llegó corriendo hacia donde yo me encontraba.

-Se la llevó, Amón. Se la llevó- dije con desesperación en mi voz, y con mi garganta rasposa –Se la llevó y no se adonde-

Amón pensó unos segundos, pero sin decir ni una palabra, me ayudó a levantarme y me dirigió hacia su casa.

Estuve tirado en el sillón unos minutos, angustiado y desesperado, sin saber qué hacer.

Mi maestro e instructor volvió desde su habitación con dos colchonetas de yoga y las tendió en el piso.

- ¿Yoga? Ese desgraciado se llevó a Emma ¿y vamos a hacer YOGA? - solté enojado

-Sé que parece una locura, Marcus. Pero esta vez, Emma tiene razón. El tiempo si es oro y necesitas encontrarla urgente-

- ¿Y DE QUE SIRVE HACER YOGA? - grité aún más enojado y desesperado que antes

-Para que uses tu retrovidencia y veas el día en el que tu bisabuelo se infiltró en el escondite de Erebo y quizás ahí puedas encontrar alguna pista para hallar a Emma, chico tonto- soltó Amón enojado y por primera vez en todo el viaje, lo noté en ese estado.

Me senté a su lado y comenzamos a meditar. Pasaron veinte minutos. Luego treinta. Y yo seguía igual.

-No funciona- dije

-Vamos, Marcus. Tienes que concentrarte… hazlo por ella- al escuchar esas palabras, tomé una bocanada de aire y volví a mi posición. Trataría de concentrarme por Emma. Trataría de concentrarme para salvar a la única chica que realmente quiero.

Luego de unos pocos minutos todo se volvió negro y volví a abrir los ojos.

-No puedo, Amón. No sé qué pasa- dije angustiado, con lágrimas en los ojos.

-Concéntrate, no desesperes y no te despiertes-

Nuevamente cerré mis ojos y esperé, concentrado, a que esto funcionara. Apenas pasaron unos minutos, y todo se volvió negro. Resistí al impulso de abrir los ojos y la oscuridad se fue desvaneciendo poco a poco.

Giré mi cabeza y observé una puerta abriéndose, dejando entrar un poco de luz que iluminó un enorme galpón, con el techo y el suelo de maderas, bañado en humedad y mal olor en todas partes. Había maquinas viejas cubiertas con sábanas, retazos de diferentes telas en algunos estantes y algunos dibujos de viejos zapatos en una mesa torcida.

Mi bisabuelo, quien parecía tener alrededor de unos 30 años, se adentró a aquella fábrica de zapatos y comenzó a husmear con curiosidad. Lo seguí, y ambos nos introducimos en el gigantesco galpón. Había tela de arañas en todas partes y mientras más caminábamos, más oscuro se volvía todo.

Mi bisabuelo buscó entre unos archiveros, luego entre escritorios y finalmente decidió lanzar un extraño hechizo. Los libros de todos los estantes, repisas y escritorios salieron volando, pegándole a las paredes, a las máquinas y chocándose entre ellos, finalmente todos volvieron a su lugar, menos uno, que permaneció suspendido en el aire. Adolfo se acercó hacia el extraño libro de tapa morada, lo abrió y arrancó una página. Luego lo volvió a dejar en donde estaba y salió de aquel mugroso lugar. Lo seguí unas cuadras más y me encontré con fábricas enormes, una detrás de la otra y edificios viejos y descoloridos. Identifiqué el lugar de inmediato, estaba en Greenwood Heights, Nueva York.

 

Abrí mis ojos de inmediato y solté:

-Necesito un portal hacia Nueva York-

Amón-Ra me miró curioso, así que le expliqué todo brevemente, y se dispuso a hacer un portal. Trató de venir conmigo porque quería ayudar, pero yo no se lo permití, no quería causarle más molestias, así que le agradecí encarecidamente por todo, y me dirigí hacia el portal con rapidez para que él no pudiera seguirme. Antes de entrar, Amón-Ra me sostuvo del brazo y soltó rápidamente:

-No puedo dejar que vayas solo-

-Es mi responsabilidad, mi destino y mi deber terminar con todo esto. Aprecio y agradezco toda su ayuda, pero a partir de ahora debo cumplir apropiadamente la profecía y enfrentar a Erebo solo- Amón-Ra me miró durante unos minutos y su mirada cansada demostraba cuánto quería acompañarme.

–Usted me enseñó todo para poder cuidarme, déjeme demostrarle que es un buen maestro y que yo soy un buen alumno- dije, para terminar de convencerlo. Dicho esto, me soltó el brazo, me pidió que tuviera cuidado y me dijo que confiaba plenamente en mí y en mis decisiones. Me hizo prometerle que, si todo se ponía muy catastrófico, lo llamaría.



E.R. Danón

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Text includes: amor, brujos, elegido

Edited: 11.01.2019

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