La profecía: El secreto de Horus

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Capítulo 23

Emma

 

Luego de que Ismael pasara a través del portal aparecimos en una ruta en medio de la nada. Intenté zafarme, pero sus brazos me tenían aprisionada y cada vez ejercían más presión sobre mí. Al cabo de diez segundos, dos hombres vestidos de negro se bajaron de una camioneta blanca y vinieron hacia nosotros. Uno de ellos saludó a Ismael con un leve movimiento de cabeza y el otro se encargó de cubrirme la cabeza con una bolsa de tela, como las que se usan para cargar papas. Ataron mis manos tan fuerte que me estremecí del dolor y tuve que aguantarme las ganas de gritar. Entre pataleos, dolor y quejas, me cargaron entre los tres y me tiraron en la parte de atrás de la camioneta.

Viajé durante mucho tiempo, tambaleándome para todos lados debido a los reductores de velocidad, y a los giros grotescos que hacía el conductor. Intenté escapar usando magia, pero fue imposible. Cualquier hechizo que intentaba era en vano. Ni siquiera podía sentir ese cosquilleo en mis manos que siempre estaba presente cuando tenía que usar magia. Supuse que aquella extraña soga con la que me habían atado no era una cuerda común y corriente, sino que anulaba mis poderes y cualquier tipo de hechizo que intentara realizar.

La puerta de la camioneta se abrió repentinamente y alguno de los hombres me agarró de los pies, me acercó hacia él tirando de ellos y me alzó. Otra vez intenté de patalear, pero solo logré que otro de los hombres viniera a sujetarme.

Me dejaron parada y escuché como sus pasos se alejaban, intenté moverme rápido y tantear lo que estaba a mi alrededor, pero no podía encontrar ningún objeto. Toqué el piso y descubrí que era de madera. De una madera húmeda y vieja. Luego de haber tocado el piso, caí en la cuenta del olor a humedad que había en la atmosfera. Era un lugar muy extraño porque el ambiente se sentía frio, culpa de las corrientes de aire que había, pero a su vez se sentía pesado, denso.

Sentí que una puerta se abría, así que me paré de inmediato y me enderecé mostrando tranquilidad. Los pasos de la persona que había entrado se escuchaban cada vez más cerca de mí, hasta que sentí la respiración del sujeto muy cerca de mi cuello. Percibí como giraba a mi alrededor y supuse que estaba examinándome, o verificando si yo poseía algún arma. Luego, con sus gigantescas y rasposas manos, me tomó de las muñecas y me empujó hacia adelante. Di unos veinte pasos y el hombre, sin conmiseración, me empujó y caí de rodillas en el helado suelo.

Me quitó rápidamente las ataduras de las manos, la bolsa de la cabeza y cerró la puerta de lo que parecía ser una jaula gigante. Me abalancé hacia los barrotes y comencé a tironear de ellos cuando, de repente, comenzaron a tornarse de un color verde agua. Intente rápidamente usar mi magia para abrir la celda, pero fue inútil, seguía sin funcionar.

Traté de divisar cosas a los lejos que me sirvieran para identificar en donde me encontraba, pero solo vi un salón enorme con algunos muebles viejos y enormes maquinas tapadas con sabanas avejentadas. Miré mis muñecas, las cuales habían comenzado a arderme, y en cada una había una pulsera del mismo color de los barrotes. Entendí entonces, que el color verde provenía de un hechizo que bloqueaba mi magia completamente. Sin poder hacer nada, me senté en una de las esquinas del horrible cuadrado para pensar en algún modo de escapar o de enviarle un mensaje a Marcus, quien esperaba que se encontrara sano y salvo.

Miré nuevamente el extenso lugar y me sorprendió que, hacia mi izquierda, no podía ver donde terminaba el salón debido a la longitud del mismo y a la cantidad de niebla que estaba dispersa por el lugar.

Nuevamente sentí pasos acercarse hacia mí, e instintivamente puse mi pose de batalla, aunque mis poderes no sirvieran para nada. Los pasos cada vez se hicieron más fuertes hasta que, delante de mí, se paró un hombre corpulento, con brazos musculosos, cabeza pelada y ropa negra azabache. Él se acercó hacia la jaula con una sonrisa en su rostro, apoyó una mano en uno de los barrotes y con sus ojos negros y penetrantes me observó mientras me relató de memoria una pequeña parte de la profecía, luego se quedó en silenció y soltó: -No existe el destino, cada uno obtiene lo que siembra…- me quedé callada, esperando a que el hombre terminara la frase, sin embargo, lo que salió de su boca no fue lo que esperaba.

-Disculpe mis modales. Erebo a sus servicios, todo lo que mi invitada de honor necesita, lo tendrá- dijo mientras hacía una leve reverencia como si estuviéramos en el siglo diecisiete. Mis ojos se abrieron con sorpresa, nunca pensé que iba a encontrarme a Erebo cara a cara. Su sonrisa maliciosa no dejaba de incomodarme, me hacía sentir pequeña e indefensa. –Entonces, Astarté- pronunció mi nombre con una lentitud repudiable - ¿Dónde está escondida la página? -



E.R. Danón

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Text includes: amor, brujos, elegido

Edited: 11.01.2019

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