La profecía: El secreto de Horus

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Capítulo 25

Marcus

 

Aparecimos en la vereda, frente a una gran fábrica abandonada; tenía enormes ventanales rotos, paredes con moho y pintura vieja, grafitis en las puertas y grandes reflectores oxidados. Comenzamos a correr alrededor del gigantesco edificio en busca de algún lugar en donde pudiéramos acceder hacia el interior y luego de unos segundos, decidimos separarnos unos metros para encontrar más rápido una forma de escabullirnos.

- ¡Por acá! - susurró Egeria y con un movimiento de su mano me indicó que me acercara. Corrí hasta donde ella estaba y dirigí la vista hacia donde estaba mirando; una ventana rectangular estaba abierta en el segundo piso de la fábrica y era lo suficientemente grande para que los dos pasáramos a través de ella.

La madre de Emma me empujó suavemente hacia la pared y se alejó unos pasos de mí. Una vez enfrentados, observé como juntaba sus manos con las palmas dirigidas hacia mí, luego las separó con un movimiento seco y me desprendí del piso. Egeria continuó utilizando sus manos para dirigir mi cuerpo hacia arriba y acercarme hasta la ventana, de donde conseguí agarrarme y comenzar la laboriosa tarea de introducir mi cuerpo con cuidado.

Una vez dentro, volteé hacia la ventana para esperar a la madre de Emma, pero ella me gritó:

-Busca a Emma. No pierdas más tiempo- intenté contestarle para decirle que la esperaría, sin embargo, Egeria me interrumpió- Yo voy a buscar otra forma de entrar, no te preocupes por mí- dicho esto, ella salió corriendo apresuradamente, y al doblar en la esquina, la perdí de vista.

Me di vuelta lentamente y comencé a inspeccionar el lugar. No se parecía en nada al de mi visón. El olor a madera húmeda y avejentada se filtró por mi nariz y la pequeña ráfaga de viento helado que se sentía caló entre mis huesos. Comencé a caminar por la habitación en la que me encontraba y me sorprendió hallarla completamente vacía.

Por más que avanzara lento, la madera crujía y rechinaba bajo mis pies, convirtiéndome en un objetivo fácil de encontrar. Llegué hasta la puerta y me asomé con cuidado, mirando hacia ambos lados. Me sorprendí al no ver a nadie y comencé a caminar por el pasillo del segundo piso, que rodeaba a lo que parecía ser un patio central abandonado; lleno de césped mustio y hierba mala, flores descuidadas y resecas, arbustos sin hojas y enredaderas cubriendo los bancos y parte de la fuente que se hallaba en medio, la cual también se encontraba llena de moho y algunos hongos.

Revisé puerta por puerta, pero no había rastros de Emma, de su madre o de Ismael. Tampoco encontré ningún galpón parecido al de mi visión, ni maquinas viejas tapadas con sabanas. Bajé al primer piso y crucé el espantoso jardín para llegar hacia un pasillo más ancho que me dirigió hacia una habitación gigantesca por donde pasaban dos cintas mecánicas que iban desde una punta hacia la otra, a lo largo del lugar. Ambas cintas poseían suelas de zapatos sin terminar, telarañas y polvo por doquier. Caminé en silencio entre medio de las dos siguiendo el sentido de las cintas, hasta que unas voces se oyeron a mis espaldas. Me estremecí y miré hacia todos lados frenético para buscar un escondite. Rápidamente salté la cinta que estaba a mi izquierda por arriba, para llegar hasta un mueble tallado que estaba contra la pared y me escondí dentro. Los pasos se sintieron cada vez más cerca y las voces retumbaban en las paredes, produciendo un eco escalofriante. Dos hombres con una especie de armadura negra pasaron caminando por el mismo lugar en el que yo había estado segundos atrás. Logré ver que ambos tenían un collar con forma de esfera plateada colgando de sus cuellos y una línea negra iba desde sus ojos izquierdos hacia la comisura de sus labios. Esperé unos segundos para poder salir de mi escondite, pero comenzaron a llegar más hombres y mujeres con la misma apariencia que los primeros dos. Ninguno hablaba mucho, se escuchaban algunos murmullos entre ellos, pero el silencio era quien reinaba en el salón. Escuché una voz potente hablando y mis latidos se aceleraron. Supe que era Erebo debido al extraño y perverso discurso que estaba anunciando. No podía mirarlo, pero solo con escuchar su grabe y seca voz me sentía atemorizado. ¿Cómo se suponía que yo debía detener todo esto? ¿Cómo había llegado hasta este punto?

El pequeño discurso de Erebo me advertía que la batalla estaba cerca y yo temía por ello, ya que iba a ser una batalla muy injusta; un gran hechicero, capaz de volver del destierro y de controlar a todos sus seguidores contra un adolescente sin armas, ni ejército, ni magia.

 

-Solo nos falta una cosa- gritó Erebo y mi atención se dirigió completa y exclusivamente hacia él- pero ya estamos cerca de conseguirla. Vamos a hacer que la bruja hablé por las buenas o por las malas…- Mis ojos se abrieron de par en par y comencé a inquietarme, necesitaba encontrar a Emma rápido.



E.R. Danón

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Text includes: amor, brujos, elegido

Edited: 11.01.2019

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