La profecía: El secreto de Horus

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Capítulo 29

Emma

 

Aparecí en medio de la guerra, a mi alrededor todos estaban luchando con o sin magia y nadie pareció notar mi entrada. Busqué rápido a Ismael entre la multitud, y cuando lo vi alejarse, corrí detrás de el para alcanzarlo. Una vez que me encontré a una distancia razonable, frené y lo detuve con un hechizo. Comencé a atraerlo hacia mí, pero una mujer del ejercito de Erebo comenzó a acercarse y preparaba sus manos para lanzarme un hechizo. Intenté atraer a Ismael más rápido, pero no funcionó, así que comencé a correr junto con él, pero sin soltar el hechizo que nos mantenía unidos a una cierta distancia.

La mujer comenzó a perseguirme y, un minuto antes de lanzar el primer hechizo, Maat la interceptó y la derribó. Sonreí al verla e inmediatamente después, me concentré en atraer a Ismael, Maat seguía luchando contra su adversaria mientras yo tomaba a Ismael por el cuello sin ahorcarlo:

-Vamos, cobarde. ¡Pelea! - le grité con todas mis fuerzas y comencé a lanzarle esferas moradas. Él logró zafarse con facilidad de mi hechizo, y comenzó a defenderse. Después de unos largos minutos, dejamos los hechizos a un lado y comenzamos a pelear con nuestro cuerpo.

Maat continuaba peleando con aquella robusta mujer, y estaba a punto de ser derribada, cuando mi madre apareció para ayudarla. Ambas patearon a aquella mujer y al caer al suelo, su cabeza dio contra el pavimento.

Mi madre lanzó un hechizo que inmovilizó a Ismael y yo, sin piedad le susurré al odio

-Asyneíditus-  su cabeza cayó hacia adelante y el joven Ismael, se desplomó hacia el costado quedando completamente inconsciente.

Salimos corriendo de nuevo hacia la batalla y mientras nos acercábamos a los otros brujos, mi madre preguntó por Marcus. Yo señalé hacia la torre del reloj y mi madre asintió preocupada.

Las tres comenzamos a pelear utilizando nuestra magia, dando patadas y puñetazos a todo aquel que se nos cruzaba en el camino.

Mi madre se enfrentó con mucho rencor a una tal “Atea” que la había dejado inconsciente mientras me habían ido a recatar a la fábrica. Egeria se defendía muy bien de los golpes que Atea intentaba propinarle. Ambas comenzaron a pelear utilizando magia y mi madre se lució con sus trucos y sus bolas de fuego. Al cabo de unos minutos, Atea era una bella durmiente, al igual que Ismael.

Comenzamos a correr hacia adelante, para aproximarnos hacia la torre del reloj y pasamos por una tienda de antigüedades, frené de repente en la vidriera y mi madre y Maat no comprendían que estaba sucediendo. En menos de un minuto, salí de la tienda con las manos llenas de espadas.

-Esto nos va a ayudar- Le di una espada a cada una y nos encargamos de repartir las pocas espadas que poseíamos entre los brujos que nos íbamos cruzando en el camino.

Seguimos corriendo hacia el alto edificio, en donde Marcus estaba peleando contra Erebo. Estábamos a menos de cinco metros de la puerta, cuando dos hombres corpulentos nos interceptaron y se abalanzaron hacia nosotras. Maat comenzó a defenderse con su espada, pero esta salió volando de sus manos cuando uno de los dos hombres lanzó un hechizo. Mi madre y yo comenzamos a esquivar sus ataques y a defendernos con algunos hechizos básicos que se nos ocurrieron en el momento. La pelea fue dura e intensa, ninguno de los hombres parecía tener ni un rasguño y nosotras, estábamos agotadas, lo que significaba que nuestra magia ya no era tan poderosa. Uno de los hombres voló hacia atrás gracias a un fuerte hechizo de Maat y el otro siguió firme, atacando y defendiéndose. Mi madre se alejó un poco para poder hechizarlo y dejarlo inconsciente, pero él fue más rápido y la derribó al suelo utilizando magia. Yo corrí hacia él y me colgué de su espalda tratando de alejarlo de mi madre, pero con un movimiento ágil, me tiró al suelo y me apretó con su pie gordo y pesado. Comenzó a mover sus manos en un pequeño redondel y una llama amarilla empezó a formarse entre sus manos. Me desesperé e intenté alcanzar mi espada, pero era imposible, me tenía completamente agarrada. Mi madre se levantó apresuradamente y corrió hacia mí, pero el hombre solo tuvo que mover su mano de manera muy sutil para que mi madre quedara con sus pies pegados al suelo y comenzara a convertirse lentamente en cemento.

La bola de fuego se había hecho lo suficientemente grande para acabar conmigo y cuando el sujeto se dispuso a tirarla, Maat lo dejó inmóvil. Yo pude levantarme del suelo sin problemas y me encargué de hechizar al hombre para que se desmayara, al igual que el resto. Mientras tanto, Maat corrió para ayudar a mi madre y convertir sus pies de concreto en pies humanos otra vez. En cuanto ella estaba de espaldas realizando el hechizo, el segundo hombre volvió a toda velocidad y utilizó la espada que le había sacado a Maat, durante la pelea, para apuñalarla por la espalda.  Mi madre, automáticamente saltó hacia un costado y gritó con mucho dolor en su voz:



E.R. Danón

#1090 at Fantasy
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#123 at Adventure

Text includes: amor, brujos, elegido

Edited: 11.01.2019

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