La Profecía

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Capítulo 1

Entre las montañas que rodean el pueblo de Sole, la capital del bando Terra, comenzaba a surgir el gigante en llamas iluminando aquellas tierras llenas de vegetación, esos edificios que surgen en el centro de aquella muralla natural y las calles enlosadas que en esos momentos estaban tranquilas.

Aunque el pueblo se mantenía tranquilo, una joven se había adelantado a todos esos pueblerinos que estaban comenzando a despertar para comenzar su laborioso día. Una joven con la cabellera muy especial de colores rojizos y anaranjados, haciendo parecer su cabello unas llamas vivas y llamando la atención allá por donde pase. La joven caminaba entre la maleza de aquellas montañas buscando aquellas plantas que tanto usaba para curar ciertos malestares de la gente de ese pequeño pueblo.

Pronto logró encontrar unas pequeñas plantas que a cualquiera llamaría la atención por su vivo color morado y su exquisito olor. La joven se acercó con cuidado y rebuscó en su bandolera un pequeño estuche alargado de madera. Quitó la tapa de aquel estuche para arrancar varias flores de aquella planta y poder guardarlas. Siguió su camino, después de recaudar la cantidad que deseaba de lavanda, por esos estrechos y terrosos senderos. La joven dio un largo paseo entre aquellos lugares sin encontrar nada más que desease, hasta que llegó a un claro lleno de brotes de una pequeña flor con el centro amarillo y sus pétalos blancos como la nieve, necesitaba más manzanilla, había una epidemia de gastroenteritis entre los niños y niñas y se había agotado rápidamente del herbolario donde trabajaba.

A lo lejos la joven muchacha escuchaba las campanas que provenían del pueblo, con eso sabía que tenía que volver rápidamente. Echó a correr colina abajo, saltó entre las piedras del pequeño riachuelo que pasaba por el oeste del pueblo y cruzó las calles que comenzaban a ser concurridas por todas aquellas personas que iban a sus puestos de trabajo o a hacer sus propios recados.

La joven visualizó aquella pequeña tienda que solo se diferenciaba del resto de edificios por un cartel de madera en el cual ponía “Remedios naturales”. Los edificios de la zona llana -que eran la gran mayoría del pueblo- eran de piedra grisácea, con puertas y ventanas de madera oscura y cristales finos, los tejados variaban de forma, pero todos tenían las tejas de color naranja.

La joven entró en la herboristería sin ningún reparo. Dentro de esta se hallaba una anciana mujer de estatura baja, con el pelo blanco lleno de canas y rizos y muy corto. En su cara llena de arrugas llamaba la atención dos bolas azules oscuro que eran sus ojos.

—¡Buenos días abuelita! –Dijo la joven– ¿Cómo estás esta mañana? He encontrado unas plantas de lavanda y he recolectado un poco. También he encontrado manzanilla. ¿Dónde lo dejo?

—¡Ay, Laia! Mi pequeña muchachita… –Hizo una pausa la anciana mujer viendo las plantas que su nieta había obtenido– La manzanilla déjala secar en la cocina y la lavanda déjala aquí en el mostrador.

La muchacha dejó el estuche lleno de lavanda en el mostrador y subió las escaleras que había al final de la tienda para llegar al segundo piso del edificio, donde habitaba ella con su abuela y abuelo. Caminó por el pasillo en dirección a la cocina mientras las maderas del suelo crujían bajo sus pies. Accedió por una puerta al final del pasillo a un pequeño habitáculo que era la cocina. El suelo era de pequeñas baldosas verdes y las paredes eran completamente blancas. Había una encimera en forma de L completamente negra y en ella estaba el fregadero. La encimera era cortada en la mitad por una cocina y su horno, bastante antiguos, funcionaban con leña. Sobre la encimera se encontraban varios armarios de madera pintados de negro en los cuales se encontraba la vajilla que utilizaban y alguna comida enlatada. En otra pared se encontraban varios armarios que se utilizaban como despensas y armarios de la limpieza, además de haber un frigorífico de tamaño mediano que siempre estaba lleno de comida de la anciana mujer que se hallaba en el piso inferior. En el centro del lugar había una mesa redonda de madera con cinco sillas, de madera también, la cual una de ellas estaba ocupada por un hombre de baja estatura, que llevaba una camiseta interior de tirantes y un pantalón de pijama azul claro.

—Buenos días abuelo, ¿has desayunado ya?

El anciano se giró hacia su nieta con un aspecto somnoliento y con los cuatro pelos blancos que tenía sobre su cabeza enmarañados.

—Me estoy comiendo una manzana, que luego se estropea. –Se volvió hacia la mesa– En esta casa siempre hay destrozos, no puede ser.

—Abuelo, en esta casa no se tira nada.

—¡Claro que no! ¡Me lo tengo que comer yo para que no se tire a la basura!

—No… Lo guardamos en la nevera para que no se estropee.

La joven chica cogió un trapo y lo extendió en la encimera, sobre él dejó las flores de manzanilla que recogió.

—¿Qué es eso?

—Manzanilla abuelo, tiene que secarse. Con la epidemia que ha habido de gastroenteritis nos hemos quedado sin ella.

—¡Bah! En mis tiempos no éramos tan flojos. ¡Ahora no servís para nada! -Se quejó el anciano hombre.

La muchacha le miró divertida. Aquel hombre siempre hablaba de su juventud y contaba historias de cuando fue militar y hubo guerra entre otros bandos.

Pese a que aquel hombre fue militar en su pasado, no vivían en la zona alta del pueblo, a su mujer no le gustaba esa zona y le gustaba su antigua casa, donde vivió de pequeña con su familia.

La joven muchacha bajó al piso de abajo y se encontró que su anciana abuela tenía compañía en la tienda. Una amiga cotilla de aquella anciana mujer se encontraba charlando entre aquellas paredes blanquecinas, en cuanto Laia pisó el suelo de la tienda, la visitante se giró hacia la muchacha.

—¡Oh, Laia! Siempre me impresiona tu cabello. Además esos ojos que parecen unas preciosas manzanas verdes quedan genial junto a él. ¿Cómo estás? –Preguntó la anciana mujer.



Esti

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En el texto hay: misterio, leyendas, aventuras

Editado: 18.11.2019

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