La Profecía

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Capítulo 2

En la puerta de la habitación se hallaba un chico alto, con el pelo desordenado por las ondas que tenía y castaño. Tenía los ojos un poco rasgados y castaños, su mandíbula era cuadrada y su piel era un poco bronceada. Su cuerpo se veía tonificado y con músculo.

Miraba al chico peliblanco con superioridad, ese era el hijo del capitán Kozlov, Axel.

—¿Se puede saber qué haces aquí Axel? ¿No tienes otras cosas que hacer?

—¿Y tú no tienes hierbas que cortar? –Se giró hacia Laia mirándola con asco.

—Yo al menos hago algo de provecho con mi vida. ¿Por qué no te vas a molestar a otra parte?

—Yo estoy en el lugar que debo, no como tú.

—Bueno, como no estoy en el lugar que debo estar, me llevaré de regreso las dos cajas que habíais pedido.

Axel la miró con rabia ante su respuesta y desapareció por el pasillo sin decir nada más.

—Laia… Siempre me asombraré de la capacidad de enfrentamiento que tienes con él. –Dijo el albino saliendo de su escondite.

—Desgraciadamente a él también le conozco desde muy pequeña, sé cómo pararle los pies.

—¿A qué habría venido?

—No lo sé, es un cabeza hueca, tal vez simplemente se está escaqueando de sus responsabilidades.

El chico albino sonrió ante la respuesta de la pelirroja y su mirada regresó a la puerta al escuchar la puerta principal cerrarse y unos pasos acelerados. En el umbral de la puerta apareció una chica de estatura media con rasgos muy parecidos a los de Alek, a excepción de los ojos, que en lugar de ser rojos, eran violetas. Sus mejillas enrojecidas de manera exagerada y su respiración agitada mostraban que había estado corriendo.

—¡Dios mío Laia! ¡Eres muy escurridiza! –Dijo recuperando su aliento y apoyándose en el marco de la puerta– Había ido a la tienda a ayudarte a traer las cosas y cuando he llegado tu abuela me había dicho que te habías ido ya.

Alek miró a su alrededor buscando una botella de agua, cuando la encontró oculta entre los papeles se la ofreció. La chica albina le agradeció el gesto apretándole una de sus mejillas con suavidad y bebió bastante agua.

—Ya sabes que no suelo necesitar ayuda para traer las cosas, Antonella. –Dijo Laia.

—Lo sé, pero hoy es día de mercado, la plaza está a rebosar. Pensaba que necesitarías ayuda.

—La que va a necesitar ayuda vas a ser tú, hermana. Ya me dirás como vas a subir ambas cajas con la fatiga que llevas encima.

—Eso es muy fácil, hermanito. –Dijo Antonella girándose hacía Laia– Mi querida Laia me ayudará. ¿A qué sí? –La guiñó un ojo.

Laia puso los ojos en blanco y sonrió.

Sabía las intenciones de Antonella, quería que la joven pelirroja pasase más tiempo allí para cruzarse con el mejor amigo de ésta, junto con la abuela de Laia, Antonella quería juntar a ambas personas, además de intentar convencerla para que dejase la herboristería y trabajase en la enfermería de el centro militar.

Ambas chicas cogieron una caja cada una y salieron del habitáculo despidiéndose de Alek y volviendo este a su trabajo de ordenar aquellas pilas de hojas.

Las chicas cruzaron el pasillo que era el piso inferior, las paredes blancas estaban impolutas y estaban completamente desnudas, lo único que se escuchaba era el crujido bajo sus pies del suelo de madera. Todas las puertas a excepción de las puerta de la oficina de Alek, estaban cerradas. Pasaron por la última puerta que era completamente de madera oscura, al igual que es resto, pero se diferenciaba por la placa que tenía en el centro de la puerta en la cual ponía “Capitán Kozlov”, Laia miró la puerta atentamente y regresó su mirada a la chica albina.

—¿También él está aquí? –Preguntó la pelirroja.

—En estos mismos momentos no. Pero sí, también ha regresado. –Hizo una pequeña pausa– No sé qué habrán hecho en las montañas del norte, pero muchos están en sus casas completamente magullados, los que están relativamente bien… están aquí.

—¿Cómo que magullados?

—Ya sabes. Cortes, heridas, moretones, huesos rotos… –Cogió aire y lo expulsó con preocupación– Nunca habían regresado de esa forma, me temo que les están preparando para algo grande como…

—Una guerra. –Terminó la frase la chica pelirroja.

Antonella asintió con aire triste y ambas muchachas prosiguieron su camino en completo silencio.

Al final del pasillo había unas escaleras de madera que subían al primer piso, al igual que la planta baja, era un pasillo con puertas cerradas y sorprendentemente estaba envuelto en el silencio. En ese piso se encontraban los vestuarios y un amplio gimnasio donde practicaban tácticas de pelea cuerpo a cuerpo. Las chicas subieron otro tramo de escaleras hasta el segundo piso, que era igual que el resto. En ese piso se encontraba la enfermería, algunas aulas para impartir clases y algunas habitaciones para cuando venían algunos militares que eran de fuera del pueblo.

—Menos mal que movieron el gimnasio al piso de abajo, no sabes lo ruidosos que son y los golpes que dan. –Comenzó Antonella– ¡Tuvimos que quitar todos los frascos que había en las estanterías porque se nos caían al suelo de los golpes!

—Me acuerdo, hicisteis muchísimos pedidos durante bastante tiempo… Tuve que estar muchísimo tiempo por las montañas que rodean el pueblo para abastecer a la herboristería, nos dejasteis sin casi nada.

—Y todo porque querían una enfermería más grande y cerca del gimnasio nos trasladaron a este piso, ahora simplemente han conseguido el objetivo de que sea más grande.

Las chicas caminaron hacia el final del pasillo y abrieron la última puerta que había a la derecha. Entraron a una amplia habitación que era completamente blanca. Había varias camillas al final de esta separadas por cortinas. Nada más entrar había dos mesas de metal llenas de frascos vacíos y algún que otro vendaje con sangre en pequeñas bandejas de metal. El resto de la habitación estaba llena de armarios. Además de cambiar de lugar el gimnasio, prefirieron sustituir las estanterías por armarios.



Esti

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En el texto hay: misterio, leyendas, aventuras

Editado: 18.11.2019

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