La Profecía De La Llegada - Libro 1 de la Saga Del Círculo

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SEGUNDA PARTE: El Marcado - CAPÍTULO 64

—¿Cómo está?— preguntó Calpar, asomando la cabeza por el hueco de la lona.

            —La fiebre no cede— le respondió ella, angustiada, mientras volvía a mojar un trapo y me lo apoyaba en la frente–. La xilina no hace efecto.

            —Necesita algo más fuerte.

            —¿Como qué?

            —No lo sé.

            —¿Qué vamos a hacer?

            —Envié a un grupo de soldados con una carta explicando la situación. Llegarán antes que nosotros. Tal vez puedan enviar a alguien que pueda ayudar y que nos encuentre de camino.

            —Eso no era necesario. Yo puedo enviar un mensaje a mi padre.

            —Es buena idea, pero de todas formas era importante enviar a los soldados. El bosque es inmenso, y no lo conozco. Aunque pudieras enviar un mensaje a tu padre, sería imposible indicarle nuestra localización exacta de camino. Perderíamos tiempo precioso si nos desencontramos. Los soldados podrán escoltarlos de vuelta por el camino que tomemos.

            Dana asintió, concediendo el punto.

            —En este estado, no puede caminar ni montar, y el carruaje es demasiado grande para los senderos del bosque— expresó ella, preocupada.

—Lo sé. Tendremos que llevarlo en la camilla, de a pie.

—Eso tomará una eternidad.

—No hay otra solución. No será tanto, si ellos nos salen al encuentro.

—Tal vez Lug podría curarse a sí mismo.

—¿Curarse a sí mismo?— repitió Calpar, sin comprender.

—Su mente está bien ahora, tal vez podría intentarlo.

—¿De qué hablas?

—Bueno, me curó mí, curó al unicornio, tal vez...

—Nunca dijiste que la habilidad de Lug era sanar.

—Sí, recuerda que te dije que había salvado a un unicornio.

—No, no me dijiste que había usado su habilidad para curarlo. Creí que su habilidad era leer las mentes.

—En realidad, su habilidad no es leer las mentes, sino influenciarlas y doblegarlas a su voluntad.

Calpar la miró horrorizado.

—¿Qué dijiste?

—Tal vez Dana tenga razón, debería intentarlo— dije en medio del estupor de la fiebre.

Calpar se volvió hacia mí, negando con la cabeza:

—Ningún Sanador puede sanarse a sí mismo. Utilizar la habilidad sobre uno mismo es peligroso.

—¿Más peligroso que dejar que muera por la infección?— preguntó Dana.

—Muchísimo más— sentenció él con tono severo —. Lo digo en serio.

—¿Por qué?— quise saber.

—Al invocar la habilidad por razones egoístas, te expones a ser arrastrado a la oscuridad.

—¿Salvar una vida es una razón egoísta?— protestó Dana.

—Lo es, si es su propia vida— afirmó él.

—No tiene sentido —volvió a protestar ella—. No es justo, no es lógico.

—Tampoco es lógico que tenga una habilidad ampliada— le respondió él con tono grave, arqueando una ceja.

Ella asintió en silencio, aunque no estaba muy convencida.

—Iré a enviar un mensaje a mi padre. Las cosas irán más rápido si ya están sobre aviso y organizados para cuando lleguen los soldados— anunció ella.

—Bien— respondió Calpar.

Dana me apretó la mano afectuosamente y desapareció por la puerta de la tienda.

Calpar tomó unas vendas limpias, y reemplazó las vendas viejas y manchadas de la herida. Cuatro soldados entraron a la tienda y me colocaron en la camilla. El cuerpo me temblaba por los escalofríos causados por la fiebre. Me sentía atontado y me dolía la cabeza, pero hacía un esfuerzo por permanecer consciente.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundos paralelos, fantasiaepica

Editado: 24.03.2018

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