La Profecía De La Llegada - Libro 1 de la Saga Del Círculo

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TERCERA PARTE: El Elegido - CAPÍTULO 96

Como siempre, cada lugar nuevo que conocía en el Círculo era completa y absolutamente diferente a todo lo precedente. Hacía un día y medio que habíamos cruzado el ancho puente que conectaba las dos orillas del Timer al este de Faberland. Lo primero que divisamos de Faberland fue un brumoso monte, que al acercarnos, resultó ser una cúpula inmensa de unos diez kilómetros de diámetro. En su superficie, que de lejos había parecido completamente lisa, podíamos distinguir ahora millones de pequeñas líneas, entrecruzándose en puntos estratégicos que parecían sostener toda una estructura. La cúpula brillaba con el sol, dejando entrever algunos colores que se mezclaban con transparencias esfumadas.

            —Dentro de esa cúpula se encuentra la ciudad— anunció Calpar, aclarando al instante la pregunta que se había formado inevitablemente en todos nosotros.

            —¿Conoces el lugar donde se encuentra la entrada, Calpar?— pregunté algo inquieto—. Creo que no será fácil hallarla, todo parece tan uniforme desde aquí...

            —No tengo idea de cómo entrar en ese lugar. Creo que nadie nunca lo ha intentado.

            Althem resopló, inquieto:

            —Qué buena broma sería llegar hasta aquí y no poder entrar.

            —Encontraremos la forma— dije.

            Al acercarnos más, vimos que la parte inferior de la cúpula mostraba un reticulado que no era más que miles de paneles de un material plateado, separados por gruesos pilares de metal que sostenían la construcción. No parecía haber ninguna entrada por ningún lado. Me acerqué con cautela a los paneles, mientras el resto de la Compañía permanecía a una distancia prudencial de la estructura. Alargué la mano y rocé suavemente uno de los paneles. Era suave y cálido al tacto. Ante mi toque, no hubo cambio alguno. Dondequiera que estuviera la entrada, no era a través de aquellos paneles.

            Seguimos caminando, rodeando la cúpula por el lado sur. Yo iba más adelante, Calpar y Althem me seguían de cerca. Luego venían Dana y Anhidra, y Verles cerraba la marcha un poco más atrás. Después de casi una hora, no habíamos visto nada que se pareciera a una entrada. Calpar me seguía en silencio, pero Althem vociferaba por lo bajo, molesto. Yo trataba de ignorarlo, intentando concentrarme en el uniforme reticulado. Todos los paneles eran iguales, no había el más mínimo indicio de una abertura o una puerta. De pronto, un crujido extraño nos hizo parar en seco. Todos nos dimos vuelta a mirar a Verles. El crujido había venido de él.

            —Yo no hice nada— proclamó Verles con las manos levantadas y cara de inocente.

            Observé su hacha enganchada en un ancho cinturón, apenas oculta por su capa verde. No, el crujido no había venido de su arma. Había sido algo metálico, como si...

            —Verles— lo llamé, acercándome a él—, da un paso atrás.

            —¿Qué?— preguntó él, desconcertado.

            —Un paso atrás.

            —¿Por qué?— preguntó con desconfianza.

            —Solo haz lo que te dice— le espetó Althem, impaciente.

            A regañadientes, Verles dio un paso hacia atrás. El crujido sonó otra vez. Me agaché junto a sus pies, y comencé a correr hojas sueltas y ramitas con las manos.

            —Con cuidado— advirtió Calpar.

            Verles se apartó como si hubiera estado pisando una víbora. Althem se agachó a mi lado para ayudarme a correr los detritos vegetales que cubrían el área. Pronto dimos con una placa dura y fría al tacto.

            —Parece metal— dijo Althem.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundos paralelos, fantasiaepica

Editado: 24.03.2018

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