La Profecía De La Llegada - Libro 1 de la Saga Del Círculo

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QUINTA PARTE: El Hijo - CAPÍTULO 126

El entierro se hizo con todos los honores correspondientes. Vi algunas lágrimas rodar por las mejillas de los soldados de Kildare, Eselgar había sido un buen guerrero, pero por sobre todo, había sido un hombre muy justo y comprensivo, sus hombres lo amaban mucho.

            Todos estaban de pie, en posición de firmes frente al cuerpo inerte del guerrero; entonces, Zenir pronunció unas palabras:

            —Tengo un hermano enterrado en el norte, su capa y su espada están con él. El vigila que el mal de Tír na n Og no traspase el mar, un mal que una vez lo alcanzó, pero que ya nunca más. El está sobre nosotros, gozando de la gloria que merece, ha superado una etapa, y aunque no lo veamos caminar entre nosotros, él vaga en nuestra mente y en nuestro corazón, acompañándonos en nuestra lucha, para siempre. Por su gran valentía lo declaramos Catu-marus, que en lengua antigua significa “grande en la batalla”.

            Después de estas conmovedoras palabras, bajaron el cuerpo que descansaba en una camilla, y uno a uno, los presentes fueron poniendo un puñado de tierra para tapar el foso de forma simbólica. Dos soldados terminaron el trabajo con palas.

            Aquellos momentos parecían correr con lentitud angustiosa. Nadie deseaba hablar con nadie. Después del funeral, todos se retiraron a realizar sus tareas habituales, en un triste silencio.

            —¿Aún sigues con la misma idea?— me preguntó Zenir.

            Asentí con la cabeza en silencio. La mirada clavada en la distancia.

            —Bress te estará esperando.

            Volví a asentir sin mirarlo.

            —¿Ya pensaste...?

            —Debo irme— lo corté—. La barca ya debe haber llegado a la costa.

            —Buena suerte, Lug— me dijo Zenir, abrazándome con fuerza.

            —Gracias— dije, soltándome de sus brazos.

            Delina y Cariea se acercaron y me besaron en la frente.

            —Permitidme que vaya con vos— me pidió Cariea.

            Negué con la cabeza.

            —Debes quedarte a proteger a Morrigan— le dije.

            —No creo que Morrigan...— protestó ella.

            —Cariea— la corté—, por favor, no lo hagas más difícil. No puedes venir conmigo.

            Cariea arrugó la frente enojada, pero no siguió discutiendo.

            —Buena suerte, señor— me dijo Morrigan, estrechando mi mano.

            —Gracias, capitán. ¿Dónde está Loras?

            Todos miraron en derredor, pero nadie lo vio.

            —No puedo perder más tiempo— dije—, Morrigan, por favor despídeme de él.

            —Lo haré— asintió Morrigan.

            Miré por última vez los rostros preocupados de mis amigos y me alejé en dirección a la playa.

            Al llegar, vi a Grammor y a Gaspar, esperándome junto a una barca con cinco hombres más.

            —Perdón por la tardanza— musité.

            —Llega justo a tiempo, señor— dijo Grammor.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundos paralelos, fantasiaepica

Editado: 24.03.2018

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