La Reina del Este

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Capítulo II

Las tareas del instituto me aburren no porque sean difíciles, por el contrario, son demasiado fáciles y en cuestión de minutos las resuelvo, dejándome sin hacer nada el resto del día. Vivo con mi abuela, dice que siempre he sido inteligente por lo que soy, y al sufrir esos cambios hace un par de años mi intelecto aumentó —mentalmente encendí el iPhone—. Obedezco las normas impuestas por ella, la rutina es esperar cada tarde su regreso de la floristería para comenzar nuestro entrenamiento. No veo la hora de terminar la escuela, ya falta este año y así graduarme. Quiero irme, siento que esta ciudad no es para mí, ella dice que en cualquier parte que esté pasará lo mismo. No pertenezco aquí, hay algo dentro que clama irme, según dice, es mi alma. Aún cuestiono ese concepto. No sé a dónde iré. Mi concepto del mundo se reduce a unas cuantas cuadras a la redonda; La escuela a cuatro cuadras, el supermercado está a dos, la floristería a seis, la casa de Sharon a ocho, lo único lejos es el centro comercial al cual nunca he podido ir sola. Vivo en una casa colonial de amplias habitaciones, construida en madera, así se evita el frío, sobria, demasiado blanca para mí gusto. Mi abuela dice que es el mejor color existente. ¿A dónde puedo ir? Soy la más joven y sabelotodo de la clase, para muchos soy una molestia y eso me hace acreedora de palabras ofensivas. No es una buena señal si quiero hacer amigos. Poseo un coeficiente intelectual que me ha generado ciertos problemas de personalidad. A veces le creo y considero la idea de que no soy del planeta Tierra, aunque en ocasiones estoy tan confundida. Discuto mucho con mi vieja por el mismo tema, desde que recuerdo siempre hemos vivido en la misma casa y gracias a eso tengo a una sola amiga. Estudio con los chicos grandes mientras que Sharon cursa un grado menos, y soy menor que ella por una diferencia de cuatro meses, la única del salón con 17 años recién cumplidos, mientras que el promedio es de 19 en adelante. Además, mi aspecto es la típica niña simple, cabello castaño oscuro, ojos verdes claros, con brackets hasta hace unos meses, que nunca superó su inseguridad por la gordura.

Y las burlas de mis compañeros tampoco ayudaron. Es increíble como un lugar fundado con el fin de formar personas, puede forjar carácter para bien o para mal, los niños suelen ser en varias ocasiones una antesala al infierno, sobre todo para los que no cumplen con el prototipo comercial infundado por la televisión. Si eres gorda sales del contexto y pasas a ser una burla, igual pasa si eres fea, muy delgada o con un defecto físico, desde pequeños nos hacemos daño. En las escuelas ya no educan sobre valores, se ha perdido o no fomentan el respeto por el prójimo, hablan de ello, pero no lo ponen en práctica. Sería diferente si en vez de enseñarnos cálculo, química o física, educaran el respeto a los padres, el significado de la palabra, lo importante que es tu imagen, deberíamos tener posgrado en valores, si profundizaran en el trato amigable entre seres humanos, no viviríamos en el mundo en el que estamos. Mi abuela siempre dice que debo congeniar más con mis compañeros, el problema conmigo es que no encajo con nadie salvo con Sharon, mi única amiga y ese pequeño detalle hizo la diferencia, para mí, más que una ayuda, ha sido como una hermana.

Ahora soy delgada. Aunque no he dejado de utilizar la ropa ancha para ocultar mi figura. Usé lentes por un tiempo durante mi niñez y adolescencia, al cumplir quince años sufrí la primera transformación física, no me volví loca gracias a mi abuela. Desde pequeña he sido sometida a un riguroso entrenamiento para desarrollar mis capacidades telepáticas y psíquicas y potencializar mis dones. Tengo una vista de halcón que me sirve para realizar ciertos ejercicios —el ser humano tiene la capacidad mental para curarse de ciertas enfermedades, el problema es que no ejercita su cerebro. En mi caso, mi condición facilita ciertas situaciones, puedo mover objetos, nunca me enfermo, pero carezco de otras capacidades, la principal la confianza en la gente—. Jamás he asistido a una fiesta de chicos y no porque no me den permiso, soy yo la que creo una especie de barrera “antipersonas”, en especial “antichicos” —a veces me pregunto, ¿será que me arriesgaría a experimentar esa especie de diversión? —. A las fiestas de la escuela no voy por varias razones, nadie me invita, quien quería ir con una gorda insípida por más delgada que luzca ahora, la fama ya la tengo conquistada. Hace poco adquirí un nuevo apodo, “cerebrito insípido”, es mi nuevo título. Solo he ido al cumpleaños de Sharon y eso no cuenta —entré a la casa para tomar el cargador del reproductor de música, las tareas me gusta hacerlas en la terraza. Tomé un vaso con leche para continuar con lo poco que me falta—. Escuchaba música, cuando un carro de mudanza llegó a la casa de al lado, se aparcó enfrente de mi terraza. ¡Ya era hora que la habitaran! tenía 4 años abandonada, sus últimos inquilinos salieron porque era muy oscura, es igual a la mía salvo por el color de la fachada, está pintada de azul mientras que la nuestra es de color marfil y mientras que nuestro jardín es la envidia de los vecinos, la casa de al lado tienen un peladero olvidado, salvo por el inmenso árbol en la entrada que oculta la fachada. Tal vez es eso lo que la hace ver oscura. No entra la luz del sol y en invierno debe de ser terrorífica.



Eilana

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En el texto hay: fantasia, extraterrestres, misterio y accion

Editado: 17.12.2018

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