La reunión de los artistas rotos y sus 16 historias.

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Me rehúso a morir sin terminar.

He conocido montones de vejetes artistas, desde cantantes, hasta pintores, cuerpos oxidados en mentes que nunca perecen, y me he sentido atraído por el trabajo de estos cada vez que los conozco, no hay nada mejor que conversar con uno de ellos, son enigmáticos, atrapantes, incluso uno llega a pensar que no pertenecen a este mundo, lucen como máquinas viejas, caminan a pasos arrastrados, y aun así, son mejores que todos nosotros.

El bar podrá ser interesante la mayor parte del tiempo, pero no es hasta que ocurren sucesos realmente extraordinarios que las noches, y mi vida misma toman sentido.

En la esquina de una de las mesitas del fondo, alejado del bullicio, y alumbrado con la tenue luz de la lamparita de mesa estaba un joven, que le confirió a mi bar gran parte de su fama, y por ello he de contarlo, a estas alturas yo ya había aprendido a no juzgar a las personas por su exterior, en especial a los retraídos ausentes del momento, y a los sumamente ocupados con el hecho de estar sumidos en sus pensamientos, si bien más de uno me había decepcionado, en su mayoría mis juicios resultaban correctos, y aquello representaba para mi el más significativo de los triunfos.

El muchacho no habría llamado mi atención de no ser por lo que ocurrió esa noche, no me habría percatado de su presencia jamás, para mi no habría sido más que otro tonto ebrio del bar, y como no le noté durante la mayor parte de la noche, he de contar únicamente lo que recuerdo.

Él llegó a eso de las 10:50 pm, era bastante tarde para un muchacho de su edad y complexión, no es como si alguien deseara robarlo o algo por el estilo, pues no llevaba objeto de valor alguno, pero cualquier joven con algo de sentido común sabe que las altas horas representan un peligro inmenso.

Llegó a la barra, me pidió algo suave, se lo dí y luego se recluyó en la tranquilidad de lo más alejado del bar, yo suponía que aquel joven no haría más que beber una copa e irse, con la adrenalina en todo su cuerpo por haber hecho algo de grandes por primera vez, pero no fue así, al primer trago le vinieron otros, y fácilmente había consumido ya media botella sin mostrar mayor efecto que un ligero cojeo al andar y una palidez sombría propia de alguien que no acostumbra beber mucho.

Cargaba con él un papel doblado, y con carboncillos, algunos lápices desgastados y viejos y algunos bolígrafos hacía trazos sobre el papel, fue ahí donde me percaté de que aquel niño quizás era una de aquellas grandes mentes, pero decidí poner mis pensamientos en orden y negarme a aquella situación, puesto que su físico no representaba para mi ninguna emoción, ni su tono de voz, y mucho menos su forma de andar.

La botella estaba casi vacía, y el joven continuaba haciendo el recorrido cada vez con mayor dificultad, guardaba su papel doblado en su bolsillo, llegaba hasta la barra, pedía y pagaba, luego volvía a beber a su asiento, donde permanecía alrededor de un cuarto de hora dibujando para sí, escondiendo con recelo el papel que tenía entre sus manos.

Alrededor de las dos de la mañana se desplomó en el suelo como peso muerto, y yo solo pensaba que tendría que lidiar con un borracho primerizo de mierda antes de irme a dormir, me sentía sumamente enfadado, pero no estaba del todo inconsciente, continuaba dibujado en una gran calma, con su expresión en el rostro sumamente relajada.

Me hizo una señal pidiéndome otro trago, esta vez se lo llevé, me lo pagó, luego continuó dibujando en el suelo del bar, cada vez más absorto en su trabajo, no pidió nada más, luego le perdí de vista, decidí dejarlo dormir, al día siguiente seguramente se iría a casa, preocupado por lo que diría su madre, confundido y exhausto por la noche que había pasado, no era el único durmiendo en el bar, le quité el dibujo de las manos y decidí guardármelo, quizás le podría sacar algo de dinero al día siguiente.

Mi habitación estaba dentro del bar, alejada de todos pero a la disposición de aquellos que conocían el camino, habituales clientes que terminaban dormidos con frecuencia, que por la mañana llegaban a despertarme porque tenían que volver a sus vidas.

Esa mañana cuando desperté todo fue diferente, la policía estaba tocando mi puerta, reportando la desaparición del joven artista, se trataba de un dibujante más famoso de lo que yo pudiera haber imaginado, estaba en el hospital por problemas en la sangre, una proteína no permitía que su sangre se oxigenara en totalidad, por lo que dependía de máquinas que centrifugaban todos los días aquel líquido, el joven había fallecido en mi bar y yo era el principal sospechoso, con o sin enfermedad.

El proceso penal duró poco, un amigo mío abogado se encargó de mantener mi integridad y de presentar pruebas que demostraran mi evidente inocencia, el papeleo se hizo, y en menos de dos semanas yo ya me encontraba fuera, a pesar de que el joven había muerto dentro del bar.

Aquel suceso le dio a mi bar la fama que yo siempre había deseado, es así como montones de periodistas llegaban a verme, a entrevistarme y a todos los que habían estado ahí aquella trágica noche.

Entre los muchos periódicos que se veían en mi bar había una noticia que me sobresaltó, una recompensa por el dibujo que aquel joven llevaba consigo esa noche, se le había visto trabajar en el por semanas, más de las que me hubiera imaginado, e inferían que habría quedado tirado en algún momento de su escape del hospital, o durante el camino al bar, o en el bar mismo. Trescientos cincuenta mil era la cantidad más baja que ofrecían los diversos coleccionistas por aquel dibujo, mismo que desde la noche de la tragedia yo no había decidido ver.



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En el texto hay: historiascortas, arte, artistas

Editado: 08.11.2019

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