La ruleta

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Capitulo 11. "La calma"

 

No es pecado considerar que las cosas malas que ocurren en la vida son solo una etapa, sin embargo, nadie quiere oír una historia de fracaso, pero para triunfar, te meten en la cabeza la deshonra, para luego surgir en la gloria.

 

Todos escuchamos el disparo, pero el único que lo sintió, fue Esteban. Luces recorrieron el campamento, las llamas danzan en círculos, el suelo se levanta y mi cuerpo se pierde en la grama. Un cuerpo cae, las prendas se manchan de sangre, dientes se asoman y el público aplaude. Mis rodillas no se mueven y mis ojos todavía no dan crédito a lo que ven. La buseta negra se pierde entre los árboles. El cuerpo moribundo de Esteban grita horrorizado.

 

- ¡Anais! – Llama Gisel a mis espaldas.

- ¿Anais? – Susurra para si mismo Alex. – Anais.

 

Un disparo ensordecedor inunda mis oídos. Esta vez, por encima de mi cabeza, el turno es de Gisel, que cae moribunda al instante sobre mí.

 

- Lo siento. – Exclama, con su ultimo aliento. Lagrimas caen por mis mejillas, como si de las cataratas del Niágara se tratara. Alex me mira horrorizado desde el centro de la plaza con Esteban moribundo entre los brazos, y yo desde una entrada al bosque con el cuerpo sin vida de Gisel.

- ¿Qué coño es esto? – Aparece Catalina desde otra entrada al bosque acompañada de un desconocido. Se queda mirando las llamas que se esparcen por el campamento enfermizamente. – Es hermoso. – Exclama y el hombre que la acompaña se da a la fuga muy asustado. Alex carga a Esteban entre los brazos y corre colina abajo, incitándome a correr tras él. Lo sigo.

- ¡Rápido! El carro esta colina abajo. – Lo sigo lo más rápido que puedo. ¿En que momento paso todo esto? ¿Dónde esta Sofia? ¿Qué provoco el incendio? ¿Quién hizo todo esto? ¿Cómo se hicieron esas heridas? Preguntas que me atormentaron hasta salir de ese lugar. Rompimos los vidrios del auto de Sofia, que todavía estaba parqueado en la carretera, en la entrada al bosque y a ese horrible lugar. La llave estaba ahí, así que encendimos el auto y condujimos hasta que dio el medio día. Yo conduje todo el trayecto, no nos percatamos de cuando se hizo de día debido a la fuerte neblina que acecho en esos dos días.

La carretera parece no tener fin. Conduzco con la presión de que hay dos personas queridas en el asiento de atrás, desangrándose, las lagrimas secas en mis ojos me dificultan la visión, y mi metro sesenta de estatura no me ayudan a pisar mejor el acelerador. El tanque lleva poca gasolina, así que nos vemos obligados a detenernos en medio de la nada, una nada infinita.

 

Alex ha arropado con su blusa las heridas de Esteban: Una cirugía de extracción de órganos sin terminar en el estomago y una bala incrustada en la pierna izquierda.

 

- Yo me encargo de mantenerlo con vida, tu ve a pedir ayuda y evita provocar un escándalo.

- ¡Imposible! Creo que tu estas más muerto que él. – Me rehusó con los ojos hinchados sin más lagrimas para botar.

- ¡Solo obedece! – Ordena Alex, haciendo que le obedezca.

 

Corro rápidamente al lado derecho de la carretera, internándome nuevamente en el bosque. Tengo el miedo de que nos encuentren, de regresar para enterrar y no para salvar, de que las llamas del campamento que se esparcen apresuradamente por el bosque nos alcancen. Pero Dios tiene forma de perro, y me guía hasta una casa pequeña en medio de la vegetación, y mas adelante, un pueblo pequeño. Llego a la primera casa. Toco la puerta, sin fuerzas, casi desmayándome. Me abre una señora de aspecto amable. Ella me mira aterrada y me toma en sus brazos arrastrándome al interior de su casa. Adentro, el resto de la familia me ve como a un fantasma y me brindan la mejor atención.

 

- Alto, - Esbozo. – ¡Tienen que salvar a mis amigos! – La gente de la casa me mira mas extrañada todavía. Claro, son finlandeses, no me entienden. Con las manos empiezo a hacer señas para que me sigan, el señor de la casa, la señora y el hijo mayor (de cuatro), me acompañan con té caliente y un botiquín hasta el carro.

 

El resto no hace falta explicarlo. Solo tengo que expresar lo agradecida que estoy con esa familia que nos salvo la vida milagrosamente. Nos acogieron en su casa, nos negamos a acudir a un hospital, y les rogamos la mayor discreción posible. El mismo día vimos los helicópteros sobrevolar con bolsas de agua gigantes que dejaban caer sobre el bosque en llamas, afortunadamente el daño no fue tan grave y lograron atender rápidamente antes de que afectara un área mayor. Al cuarto día de nuestra estadía en “la casa de Dios” como la apodamos, Alex y yo nos fuimos de allí, Esteban decidió quedarse allí y prometió llamarnos a penas termine de recuperarse, nosotros estuvimos de acuerdo. Dejamos la casa con lágrimas, felices, pero asustados por lo que pueda acontecer. Nos fuimos con dos mudas de ropa; la que llevábamos el día innombrable y otra que nos regalaron los hijos de los señores.



Minerva Cepeda M.

Editado: 15.11.2019

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