La Serpiente de la Oscuridad

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Prefacio


Corría hacia la casa de Erazael. Me había escapado por, quizá, veintiunoava vez en este mes, de la casa de Makkish. Esta vez no volvería. Quería explorar el mundo, y no podía hacerlo desde aquella casa destartalada ni desde la casa de Erazael. Pero sabía que él podía ayudarme.

La casa siempre había parecido abandonada, pero yo sabía que no era así. El nigromante Erazael mantenía su casa así, para que nadie lo molestara. Ni siquiera los ocasionales niños que jugaban en las casas abandonadas solían poner un pie en la casa de Erazael. Además, tanto la casa como el nigromante me daban escalofríos, a pesar de lo mucho que me agradaba Erazael.

Sin embargo, apenas entré a la casa abandonada, me di cuenta de que estaba vacía, o algo similar. Pero Erazael nunca dejaba su casa sin antes poner tantos encantamientos que ni siquiera Merlín podría entrar, si la casa estaba vacía y yo había podido entrar tan libremente eso quería decir que Erazael había dejado la casa de improvisto. O algo peor.

Obtuve mi respuesta antes de pedirla. Me dirigí hasta el sótano, el lugar donde siempre solía encontrar a Erazael. Y lo encontré.

Erazael estaba tendido en el suelo, un cuchillo negro le sobresalía del vientre y había sangre en el suelo. Por un momento, me quedé congelado en mi lugar, sin saber qué hacer, hasta que Erazael volteó a verme, casi imperceptiblemente, pero bastó para decirme que aún estaba vivo.

— ¡Erazael! —exclamé y corrí hacia él. Todavía estaba vivo, sabía que podía hacer algo. Pero no sabía qué. Erazael era un mago de la muerte, Makkish era una adivina; nadie me había enseñado nunca el arte de la curación—. Dime... dime que hacer. Sé que puedo hacer algo.

— Nada—me dijo el nigromante, su voz era apenas un susurro débil y entrecortado —. Ni siquiera un elfo como tú puede... hacer algo contra el acero oscuro.

Recuerdo que, en aquel momento, me sentía presa de la desesperación. Al contrario de Makkish, Erazael siempre había sido bueno conmigo, me había enseñado un poco de su magia (tan desacorde a mi naturaleza) y muchas veces me había dejado dormir en su casa abandonada, siempre que yo podía escaparme el tiempo suficiente de la bruja. El perderlo era lo peor para mí; sabía que no soportaría un mundo donde no pudiera deshacerme por un instante de la adivina; si Erazael no podía ayudarme, tendría que volver tarde o temprano con Makkish. Erazael era mi único amigo en mi reducido mundo al borde del mar, y ahora tenía un cuchillo de acero oscuro clavado en el vientre.

— Por favor—murmuré al borde de las lágrimas, como si eso pudiera arreglar las cosas. Le había quitado el cuchillo, y ahora intentaba con todas mis fuerzas evitar que siguiera sangrando—. Debe de haber algo...

—Si quieres hacerme un último favor...—masculló Erazael y sacó algo de su bolsillo; era un delicado cristal azul, pese a que no era delgado, lucía muy frágil, y temí que se rompiera entre sus dedos. No medía más que una moneda de plata—. Guarda esto, Luciel. Guárdalo como si tu vida dependiera de ello; en algún momento lo hará. Ahora es tuyo. Tiene un poder inimaginable. Muchos querrán robarlo; ahora creen que lo tengo yo. Pero no que ahora lo tienes tú.

Y eso hice, tomé el pequeño cristal, sin duda la causa por la que ahora Erazael se encontraba al borde de la muerte. Cuando lo toqué, sentí como una descarga eléctrica me recorriera de arriba abajo. Pero, al mismo tiempo, escuché que muchos hombres entraban a la casa abandonada, con mucha prisa. Guardé el cristal en mi bolsillo y tomé el cuchillo con el que habían herido a Erazael, por si tenía que defenderme, y me puse de pie. Fue una muy, muy mala idea.

Makkish era quién encabezaba aquello; la vieja bruja adivina del manglar por fin salía de su escondite. La seguían unos cinco caballeros del Castillo; magos que juraron proteger el mundo mágico con su vida.

Los seis me observaron, primero con sorpresa y luego, cuando su mirada se posó en el cuchillo que yo traía y luego en Erazael, cuya vida ya casi había acabado, sus expresiones se transformaron en ira.

— ¡Tú! —chilló Makkish y se abalanzó contra mí, pero para mí fortuna, era demasiado vieja para alcanzarme. Atropelladamente me aparté de ella—. Eres una bestia. ¿Desde cuándo la codicia te corroe, demonio? ¡Pudiste tenerlo todo conmigo, pero en cambio optaste por el cristal de Merlín! Asesinaste a Erazael por él.

— ¡No es cierto! —exclamé y me día contra la mesa donde Erazael tenía todos sus frascos y esas cosas —. Yo no hice eso. No sé ni qué es el cristal de Merlín.



Salamandra de Fuego

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En el texto hay: magia, guerra y paz, luz y oscuridad

Editado: 23.07.2019

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