La Tríada - Libro 6 de la Saga del Círculo

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PARTE XII: LA MISIÓN DEL ALQUIMISTA - CAPÍTULO 55

Después de horas de llorar desconsoladamente, Emilia logró recuperar su compostura lo suficiente como para concebir un plan de escape. Apoyándose en el inodoro, logró ponerse de pie. Palpó a ciegas con sus manos atadas el gabinete de donde Sergio había sacado la soga hasta que pudo abrirlo. Inspeccionó su contenido, buscando algún objeto cortante, pero no encontró nada. Revisó el resto del baño, buscando algo con lo que cortar la soga que restringía sus muñecas, pero sin éxito.

Entonces, vio el espejo colgado por encima del lavabo. Con su hombro derecho, se acercó al marco del espejo y comenzó a moverlo, dando empujones con su hombro y con su brazo, hasta que logró que el espejo se desencajara del tornillo del cual colgaba, cayendo al suelo y partiéndose en varios pedazos. Luego se arrodilló con cuidado al lado de los trozos de espejo y tomó uno con dos dedos. Con gran precaución para no cortarse, comenzó a raspar la soga con el filo del vidrio hasta cortarla.

Una vez que liberó sus manos, se quitó la mordaza de un tirón y se aprestó a estudiar la puerta del baño. Forcejeó un rato con el picaporte, pero no pudo abrirla. Sin embargo, notó que al ser una puerta interior, no era de madera maciza y en su forcejeo había incluso desprendido parte del laminado que rodeaba la cerradura. Sin pensarlo demasiado, Emilia tomó carrera desde donde estaba la ducha y con un grito feroz, pateó la puerta a la altura de la cerradura. Cinco de esas patadas lograron desprender la puerta de las bisagras.

Exhausta y temblando, pero con gran determinación, Emilia salió del baño y se dirigió a la puerta principal del departamento. Sabía que no podría abrirla a patadas, así que comenzó a pensar en dónde podría encontrar un juego extra de llaves para abrirla. Revisó los cajones de los muebles de la sala de estar, pero no encontró nada. Cuando se dispuso a llevar su búsqueda a la cocina, escuchó un sonido que le heló la sangre: alguien estaba abriendo la puerta del departamento desde afuera. ¡Sergio! ¡Había vuelto!

Con el corazón palpitando desbocado por el miedo y la ansiedad, Emilia corrió a esconderse al dormitorio. Mientras estaba allí, oculta, se dio cuenta de que de nada le servía quedarse oculta allí. Él la encontraría fácilmente. No, si quería escapar, tenía que enfrentar a Sergio. Pero, ¿cómo? Y luego recordó el bate de béisbol que había visto en un rincón del ropero. Rápidamente, abrió la puerta del ropero y sacó el bate. Respiró hondo para darse coraje y volvió a la sala de estar. Con el bate en alto, lista para asestarle un golpe en la cabeza a quien entrara, Emilia observó con tensión cómo el picaporte giraba y la puerta se abría.

Emilia se lanzó hacia adelante con un alarido descomunal, con el bate apretado con firmeza con sus dos manos. En su desesperación, ni siquiera notó que no era Sergio el que estaba en la entrada del departamento, sino una mujer con un atuendo de cuero que empuñaba un puñal y un muchacho que estaba a un costado de ella con una espada medieval desenvainada.

El muchacho hizo un gesto con dos dedos de su mano libre, y el bate de Emilia se desprendió de sus manos y voló por el aire, aterrizando del otro lado de la sala de estar. La sorpresa dejó a Emilia congelada en el lugar por un momento. La mujer del puñal se volvió hacia el muchacho y le dijo aprobadoramente:

—Eres rápido. Eso es bueno.

El muchacho solo resopló, disgustado. La mujer dirigió su atención hacia Emilia:

—No venimos a lastimarte. Venimos a rescatarte— le anunció, guardando el puñal en su cintura.

Emilia se la quedó mirando, sin palabras. Notó que el muchacho no enfundaba su espada para secundar la declaración de la mujer. Y notó otra cosa más: aquella espada se parecía mucho a la de Lug.

—¿Conocen a Lug? ¿Él los envió?— preguntó Emilia, esperanzada.

—Yo no lo conozco personalmente— dijo la mujer—, pero él es su ahijado— señaló al muchacho.

Emilia suspiró con alivio.

—Mi nombre es Clarisa, y este es Augusto— hizo las presentaciones la mujer.

—Soy Emilia— se presentó la otra a su vez.

—Lo sé— le sonrió Clarisa—. Ven— la invitó con un gesto de la mano—, será mejor que salgamos de aquí antes de que él vuelva.

Emilia asintió y siguió a la extraña pareja hasta el ascensor. Recién cuando salieron del edificio y estuvieron al lado del coche, Augusto envainó su espada. Clarisa se ubicó nuevamente al volante, Augusto se subió del lado del acompañante y Emilia se acomodó en el asiento de atrás.

—¿A dónde vamos?— preguntó Emilia, mientras Clarisa encendía el motor y se alejaba del lugar.

—A un lugar seguro, no te preocupes— la tranquilizó Clarisa.

Pero Emilia no pudo evitar preocuparse. El último lugar seguro en el que la gente de Lug la había cobijado no había evitado que tuviera otra experiencia traumática de pérdida de tiempo.



Adriana Wiegand

Editado: 14.10.2019

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