La Tríada - Libro 6 de la Saga del Círculo

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PARTE XIII: EL OJO VERDE - CAPÍTULO 62

—Es impresionantemente bello— murmuró Madeleine, extasiada.

—Y peligroso— agregó Anhidra a su lado.

Las dos estaban en un claro que se abría en medio de la espesura de Medionemeton, varios kilómetros al norte de la morada de las mitríades. Los apretados balmorales rojos parecían haber sido apartados por una fuerza sobrenatural incontenible que los había obligado a retroceder para dar lugar a una formación vegetal laberíntica y extraña, que vista desde arriba, semejaba un enorme ojo verde.

—¿Estáis segura de esto?— le preguntó la mitríade.

—Sí— contestó la duquesa de Tiresias—. Aún si muero en el intento, habrá valido la pena, pues este es el acto que dará sentido a mi vida, lo sé con total certeza.

Anhidra suspiró, insegura. Madeleine hizo una profunda inspiración para darse coraje:

—¿Me esperarás aquí?— fue un pedido más que una pregunta.

—Por supuesto— le aseguró la líder de las mitríades—. Para bien o para mal, esta parece ser nuestra única oportunidad de salvar a Merianis. Os deseo suerte, Madeleine, y que el Ojo Verde tenga piedad de ti.

Como respuesta, Madeleine solo asintió con la cabeza y avanzó lentamente hacia la entrada del laberinto.

Con solo poner un pie en la entrada flanqueada por altas enredaderas sostenidas por retorcidos y ominosos árboles, Madeleine sintió como si entrara de golpe en otro mundo. El susurrar de las hojas de los balmorales con el viento cesó de pronto, junto con el poder de bloquear habilidades. El Ojo Verde era como un lugar fuera del tiempo y el espacio, sostenido en este sitio por fuerzas desconocidas y ancestrales. Madeleine dio dos pasos y se detuvo. La falta total de sonido era desconcertante, pero sus otros sentidos parecían funcionar correctamente: veía las plantas que se entrelazaban apretadamente, dejando una sola vía posible de acceso, sentía en la piel un hormigueo de energía suave, como caricias de suaves y delicadas plumas. Volvió su mirada hacia atrás, como para comprobar si Anhidra seguía allí, esperándola a la entrada del Ojo, pero la entrada se había cerrado con helechos y arbustos, sellando la salida. Madeleine comprendió que no había vuelta atrás. Todo lo que podía hacer ahora era avanzar y enfrentar lo que el Ojo le deparara ante la osadía de haberse atrevido a penetrar su misterio.

—Muy bien— murmuró Madeleine para sí, tratando de mantener la ecuanimidad—. Aquí vamos.

Se adentró con decisión por el sendero que la vegetación le indicaba. A medida que avanzaba, le parecía como si su cuerpo perdiera masa, como si estuviera más liviana. Se miró las manos y vio que capas de su piel se desprendían y flotaban alrededor de su cuerpo físico. Al mirar otra vez al frente, para seguir el camino, se encontró con que su visión estaba distorsionada y las hojas verdes de las plantas bailaban desenfocadas, oscureciendo el sendero, confundiendo su mente. Instintivamente, intentó dar un paso hacia atrás, pero se encontró con que sus piernas no le respondían. Se dio cuenta de que solo era posible avanzar, no había otra opción. Avanzó.

Lo que veían sus ojos se volvió más y más nebuloso, desordenado e ininteligible, por lo que resolvió cerrarlos para mantener la cordura en aquel sendero imposible.  ¿Pero cómo podía seguir el camino sin verlo? La respuesta vino a su cuerpo sin esfuerzo: sus piernas comenzaron a sentir la urgencia de moverse en una dirección específica y determinada. Madeleine siguió el impulso de sus piernas sin resistirse.

Caminó a ciegas por un tiempo indeterminado y perdió toda noción de espacio y de tiempo. No sabía cuánto había avanzado ni cuánto le faltaba. Por momentos, le parecía que no se había movido del mismo lugar en absoluto, como si hubiese estado dando pasos en el mismo lugar o en círculos que no la llevaban a nada. De pronto, sus pies se plantaron en el suelo, inamovibles. Desconcertada, Madeleine abrió los ojos para ver lo que estaba pasando. Ante sí, vio el sendero claramente y percibió que estaba otra vez al principio del laberinto.

—¿Cómo…?— abrió la boca entre perpleja y frustrada ante la futilidad de sus acciones.

Apretó los puños, enojada ante su fracaso, y la emoción escaló hasta que se hizo una furia negra, pesada y palpable en el centro de su ser. Sintió que se hundía en la tierra, aplastada por su propia ira.

—¡No!— gritó.

Pero su negativa solo logró paralizar su cuerpo y la envolvió en una nada negra donde no había sonido, ni color, ni sensaciones de ningún tipo.

—Esto es la muerte, mi muerte— pensó, invadida por el terror.

Intentó gritar, pero fue inútil. Intentó ver, escuchar, comprender, pero todas sus facultades parecían estar suspendidas, sin efecto. Solo el miedo crecía como una nube negra y tóxica que la ahogaba, que la reducía a la nada.

Después de un tiempo sin tiempo, que pudo haber sido un segundo o un milenio, Madeleine recobró un instante de lucidez. Aún privada de toda percepción de su entorno, Madeleine comprendió que todavía existía. Esto no podía ser la nada de la no-existencia, pues ella estaba allí, y por lo tanto era algo, era alguien. Ese solo entendimiento eliminó el miedo, eliminó la furia. Sus emociones se neutralizaron y entonces sus sentidos volvieron a funcionar con relativa normalidad. Madeleine abrió los ojos y vio otra vez el comienzo del sendero. Sintió el mismo hormigueo suave en la piel, como al principio. Sonrió.



Adriana Wiegand

Editado: 14.10.2019

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