La Tríada - Libro 6 de la Saga del Círculo

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PARTE XX: EL PRECIO DE LA DESCONFIANZA - CAPÍTULO 99

Lug descubrió que el chispeante campo de fuerza que los protegía, filtraba también la excesiva luz que emanaba del cristal, permitiendo que pudiera verlo con claridad. Lug avanzó hasta ponerse de un lado del enorme cristal e indicó a Govannon que se pusiera del otro. Observó por un momento la empuñadura de su espada, sobresaliendo por la parte superior del cristal y acercó su mano para tomarla, pero se detuvo a medio camino:

—¿Cómo quieres hacerlo? —le preguntó a Govannon.

—¿Tú me lo preguntas a mí? —se sorprendió el otro.

—Yo estoy aquí solo para tirar de la espada, pero tú eres el que debe reparar el cristal —dijo Lug—. Así que, ¿cómo quieres hacerlo?

—Lo más lentamente posible —le respondió Govannon—. Al sacar la espada, el movimiento puede partir el cristal en dos y no queremos que eso pase —explicó—. Tampoco es bueno que el hueco que vaya dejando la espada se llene con aire. En el momento en el que las dos partes del cristal ya no estén en contacto…

—Entiendo.

—Extenderé la estructura cristalina para que vaya rellenando el hueco. Necesito estar muy concentrado para hacerlo pues si me apresuro, puedo envolver la espada en cristal accidentalmente y no podrás seguir sacándola. Si por el contrario, me demoro más de lo que a ti te toma extirparla, la presión del aire en el hueco hará volar el cristal.

—Dirígeme, entonces —le pidió Lug.

—No, no podré hablarte mientras esté trabajando —meneó la cabeza Govannon.

—Abre tu mente —le indicó Lug—. Me conectaré contigo y moveré la espada en la exacta medida en que tú vayas regenerando el cristal.

—De acuerdo —asintió Govannon.

Lug cerró los ojos y entró en la mente de Govannon. Sus patrones lo recibieron abiertos y listos para la delicada tarea que tenían por delante.

—Aquí vamos —murmuró Lug para sí.

Cerró su mano derecha envolviendo la empuñadura de su espada, pero antes de que siquiera pudiera tocarla, un choque de fuerza lo repelió con tal violencia que lo lanzó hacia atrás, haciéndolo caer de espaldas.

—¿Qué pasó? —preguntó Govannon, preocupado.

—Es el campo protector —respondió Lug, levantándose del suelo y sacudiendo su cabeza para aclararla—. Tendré que disolverlo para que el cristal nos permita trabajar sobre él.

—Pero si lo extingues… —protestó Govannon.

—Lo sé —dijo Lug—. Tendremos que hacer esto lo más rápido posible, antes de que la cúpula nos aniquile.

Govannon resopló con frustración.

—Gov, si no quieres correr este riesgo… —le planteó Lug con el rostro serio.

—Hagámoslo de una vez —lo cortó Govannon, poniéndose en posición del lado del cristal opuesto a Lug.

—Bien —asintió Lug.

El Señor de la Luz restableció la conexión mental con Govannon:

¿Estás listo? —le habló mentalmente.

Listo —asintió Govannon.

Lug hizo una profunda inspiración y disipó el campo de fuerza. De inmediato, el calor insoportable de la energía desequilibrada a su alrededor comenzó a quemarlos. Con un gran esfuerzo para que el dolor no interfiriera con su concentración, Lug tomó la espada y comenzó a jalarla, despacio. Enseguida, el alquimista comenzó a obrar su magia, reparando el cristal. Pero el dolor que trataba de sofocar lo distraía y amenazaba con hacerle perder el control de su habilidad. Lug notó su trepidación y decidió hacer algo arriesgado: desconectó todos los centros nerviosos de dolor de su amigo. Aquello no era ideal en una situación de tensión como esa, y menos en medio de la utilización de una habilidad. Sin las alarmas de dolor encendidas, el cuerpo podía entrar en shock o consumirse hasta provocar la muerte sin que su dueño se diera apenas cuenta de lo que le estaba pasando, volviéndolo incapaz de defenderse o protegerse, pero Lug juzgó que era más arriesgado que Govannon cometiera un error en el procedimiento por estar perturbado por el dolor: un pequeño desliz no solo los mataría a ellos, sino posiblemente a medio Círculo.

Govannon levantó la mirada hacia Lug con ojos interrogantes al sentir que su dolor desaparecía súbitamente sin dejar rastros.

Sigue —le dijo Lug en su mente.

Govannon asintió sin decir palabra y Lug continuó sacando la espada del cristal en coordinación perfecta con la restitución del cristal.

Cuando la espada quedó liberada totalmente de su prisión de cristal, Lug lanzó una carcajada jadeante y triunfal, soltando toda la tensión nerviosa acumulada.

—Lo hicimos —murmuró Govannon, impresionado.

Lug se preparó para restaurar el campo de energía protector, pero se dio cuenta de que ya no era necesario. La energía de la cúpula se había estabilizado y ya no era peligrosa.



Adriana Wiegand

Editado: 14.10.2019

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