La Tríada - Libro 6 de la Saga del Círculo

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PARTE I: TIEMPO PERDIDO - CAPÍTULO 1

 

—¡Emi!— la llamó Sergio desde atrás mientras ella subía las escaleras de la facultad—. ¿Dónde te habías metido? Todos pensamos que habías abandonado la carrera.

—¿Qué?— se volvió Emilia, desconcertada.

—Bueno, no te presentaste a los exámenes y pensamos…

—¿De qué estás hablando, Sergio?

—Emi… hace quince días que no das señales de vida. Intentamos contactarte por mensajes, por las redes sociales…

Emilia sintió un vacío en el estómago y palideció:

—¿Qué… qué día es hoy?— tartamudeó, nerviosa.

—Lunes— respondió Sergio.

—¿Qué número?

—Treinta. ¿Estás bien?— se preocupó Sergio al ver que ella se tambaleaba y se apoyaba en la baranda de la escalera.

—Estoy bien— mintió ella, temblando de pies a cabeza.

Treinta. No, no podía ser treinta, hoy era quince, hoy comenzaban los exámenes…

—¿Quieres un vaso de agua o algo?— le ofreció Sergio.

—Sí, gracias, agua estaría bien. Estoy un poco mareada— se disculpó ella, tratando de sonreír mientras se sentaba en un escalón.

—Quédate aquí. Enseguida vuelvo— le indicó él.

Ella asintió, ensimismada. Quince días. Quince días perdidos. Había tenido episodios de tiempo perdido antes: algunas horas cuando era niña… Sus preocupados padres la habían enviado con psicólogos y psiquiatras, pero ningún profesional había podido nunca explicar sus ausencias ni su amnesia al respecto.

En una de esas ocasiones de tiempo perdido, Emilia despertó con un ojo de otro color. Después de desfilar por numerosos médicos, concluyeron que lo que ella padecía era un fenómeno llamado heterocromía, que aunque raro, era inofensivo. Aquello no ayudó a aplacar las sospechas de que Emilia no era normal.

Durante su adolescencia,  los incidentes de tiempo perdido comenzaron a ocurrirle con más asiduidad, pero ella empezó a inventar historias sobre su paradero para no angustiar a sus padres, y ellos, con el tiempo, comenzaron a pensar que todo era fruto de travesuras y escapadas de su hija rebelde. En verdad, para ellos era preferible aceptar esas mentiras a tener que afrontar que algo extraño y desconocido le pasaba a su hija.

Cuando Emilia llegó a la mayoría de edad, se mudó a un departamento propio, y eso le dio más libertad, al no tener que explicar por qué a veces se dormía un lunes a la noche y despertaba un miércoles a la mañana. ¡Pero quince días! ¡Eso nunca había pasado! ¡Nunca había estado ausente más de veinticuatro horas!

 Emilia abrió su bolso y sacó su teléfono móvil. Revisó sus mensajes y sus correos. Encontró muchos textos de sus amigos y de sus padres, preguntando por ella, pero no había ninguna respuesta de ella en los últimos quince días, no había publicaciones suyas en las redes sociales, no había fotos en su teléfono en ese período. Abrió su aplicación de salud: no había pasos registrados ni distancias recorridas en el GPS, no había nada que denotara actividad alguna por su parte en la última quincena.

Emilia se mordió el labio inferior, preocupada. Quince días. Era demasiado. Y de pronto, comprendió que tenía que irse de allí: si se quedaba, tendría que dar explicaciones a Sergio y sus demás amigos, explicaciones que no tenía fuerzas para inventar. Engañar a sus padres era una cosa, pero engañar a sus amigos era otra muy distinta. Ellos insistirían hasta sacarle la verdad, una verdad que ella no conocía, y cuando se dieran cuenta de que ella no sabía en realidad lo que le había pasado en esos quince días… entonces, ¿qué? La imagen de verse internada en un hospital psiquiátrico, drogada y limitada, le pasó fugazmente por la mente y le dio un escalofrío. Respiró hondo para recomponerse y se puso de pie. Bajó las escaleras lo más rápido que pudo y se perdió entre los numerosos estudiantes que deambulaban por el campus antes de que Sergio volviera con el agua.

Se alejó de la facultad y caminó por horas, sin rumbo, esforzándose por tratar de recordar alguna imagen, algún sonido, algún evento, pero la memoria de los últimos quince días estaba totalmente en blanco. Sacó su teléfono otra vez y tipió un mensaje a sus padres, excusándose por no haberles escrito, inventando pretextos… estudio… exámenes… Sí, ellos podrían creer eso. Suspiró y siguió caminando. Se dio cuenta de que ya había anochecido y decidió volver a su departamento, estaba exhausta, emocional y físicamente.

Mientras marchaba absorta en sus problemas, se sobresaltó al escuchar el chirriar de los frenos de un automóvil gris plata a su lado.

—¿Emilia Morgan?— le preguntó el conductor con urgencia.

—¿Quién es usted?— dio dos pasos para atrás ella.



Adriana Wiegand

Editado: 14.10.2019

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