La Tríada - Libro 6 de la Saga del Círculo

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PARTE VI: BAIKAL - CAPÍTULO 28

—¿Por qué estás aquí?— fue lo primero que Lyanna le preguntó a Ricardo Sandoval.

—Un hombre me trajo aquí. Dijo que su nombre era Mercuccio— se escudó Sandoval, pensando que ella le estaba reprochando su presencia en sus dominios.

—¿Por qué estás aquí?— repitió ella la pregunta.

Sandoval se la quedó mirando, tratando de adivinar qué tipo de respuesta esperaba ella. Por la forma en que Mercuccio lo había llevado ante ella, Sandoval dedujo que ella era la dueña de este lugar, y su insistente pregunta no hacía más que confirmarle que él estaba transgrediendo su terreno.

—No debería estar aquí— respondió el médico.

—¿Por qué no?— inquirió ella con un tono que no denotaba enojo por su intrusión, sino más bien, curiosidad.

—Es claro que no tengo derecho— respondió él, despacio.

—¿Derecho?— repitió Lyanna como si la palabra fuera totalmente nueva para ella—. Tienes derecho a estar donde quieras estar— declaró—. ¿A dónde quieres estar?

—¿Qué?

—¿A dónde quieres estar?— repitió ella con paciencia.

Él tragó saliva y con lágrimas en los ojos dijo:

—Muerto. Quiero estar muerto.

—Estás en tu derecho— se encogió de hombros Lyanna—, pero antes de que te quites la vida, me gustaría pedirte un favor.

—¿Qué favor?

—Que me expliques por qué quieres estar muerto.

—¿Para qué? ¿Para disuadirme?

—¿Cómo te llamas?— inquirió ella, ignorando sus preguntas.

—No soy nadie— respondió él, desafiante.

—Ya veo— arqueó ella una ceja—. Bien, le diré a Mercuccio que te acompañe al lago para que termines lo que él tan irrespetuosamente interrumpió— dio media vuelta Lyanna para irse.

—¿Qué es este lugar?— preguntó él a la espalda de ella.

Lyanna se volvió lentamente hacia él:

—¿Por qué te interesa si en realidad no quieres estar aquí?

—¿Estoy aquí para ser juzgado?— preguntó Sandoval, temeroso.

—Nadie tiene derecho a juzgarte— le respondió ella—, y si alguien quisiera tomarse esa atribución, habría llegado tarde, pues tú mismo ya te has juzgado y condenado a muerte.

Sandoval no contestó.

—¿Qué fue lo que pasó?— preguntó ella suavemente.

—¿Qué pasó? ¡Pasó que estas malditas manos enfermas mataron a una niña! ¡Eso es lo que pasó!— gritó Sandoval con vehemencia, levantando sus casi inútiles manos.

—¿Y piensas que tu muerte resuelve eso?

—No— dijo él con voz ronca—, pero ya no puedo seguir viviendo así. No soy nada. Estas manos, que sanaron a tantos, ahora son un arma mortal.

Lyanna se acercó a él y le tomó las manos, estudiándolas por un momento:

—Puedo sanarte, si quieres, pero eso no aliviará la culpa— le dijo como si estuviera hablando del clima para el fin de semana—. Y tampoco te ayudará con la idea de que tu identidad depende de tus manos. Esas son cuestiones que debes trabajar tú mismo.

—¿Qué dijiste? ¿Puedes sanar mis manos? ¿Estás burlándote de mí?

—No, estás sufriendo demasiado como para que yo agregue la crueldad de burlarme de ti. Mi ofrecimiento es genuino.

Sandoval la miró en silencio, con los ojos entrecerrados de desconfianza.

—Entiendo que necesitas tiempo para decidirte— dijo ella, soltándole las manos de repente—. Tómate todo el que necesites.

Y sin más, Lyanna salió de la enorme sala de estar, hacia los jardines, dejando a Sandoval más perplejo que antes.

Una hora más tarde, Mercuccio apareció en la sala, silbando una alegre tonada:

—¡Ah! ¡Aquí está!— exclamó con una sonrisa.

Sandoval dio instintivamente dos pasos hacia atrás. Solo había pasado una hora… ¿No había dicho ella que podía tomar todo el tiempo que necesitara?

—¿Vino a llevarme al lago?— preguntó Sandoval, temeroso. Ya no estaba seguro de querer seguir con el plan que lo había llevado a Rusia.

—¿Al lago?— frunció el ceño Mercuccio—. No, ya tuve suficiente del lago por hoy. Pero si quiere, puedo llevarlo mañana— se ofreció—. Solo vine porque Nora quiere saber si se va a quedar a cenar.

—¿Cenar?— repitió Sandoval, como si no hubiese entendido la palabra.

—Sí, cenar— respondió el otro.

Sandoval no contestó. ¿Por qué aquella gente quería cenar con él? ¿No entendían que él era un enfermo? ¿Un asesino condenado a muerte? Una parte del médico le recordaba a gritos que no merecía la invitación de estos extraños, que su destino era la muerte, pues debía pagar por su crimen. Pero otra parte lo empujaba instintivamente hacia la vida, hacia una nueva oportunidad. Había algo en este misterioso lugar que había abierto una pequeña rendija en la puerta de su corazón, y por esa rendija, estaba comenzando a filtrarse una luz que poco a poco iba iluminando el oscuro abismo en el que había caído. 



Adriana Wiegand

Editado: 14.10.2019

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