La Tríada - Libro 6 de la Saga del Círculo

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PARTE VIII: EL ESPÍA - CAPÍTULO 38

El soldado pelirrojo suspiró, tomó su bandeja con comida del mostrador y paseó la mirada por el atestado comedor, estudiando detenidamente a los comensales que comían con avidez y charlaban de forma distendida, aprovechando uno de los pocos momentos en los que no estaban sujetos a la limitante disciplina militar. Se decidió por la cuarta mesa de la derecha y caminó hacia un lugar libre entre dos fornidos compañeros.

—Hola— dijo, sentándose con una sonrisa a la mesa.

Los demás solo lo miraron con caras desconfiadas.

—¿De dónde saliste? No te había visto por aquí antes— lo interpeló un soldado sentado justo frente a él.

—Bruno Gaspari— se presentó el soldado, extendiendo una mano—. Soy nuevo.

El otro le estrechó la mano con cierta reticencia:

—Abel Porto.

—Gusto en conocerte, Abel— asintió el nuevo.

—Gaspari, ¿eh?— dijo el soldado a la derecha de Abel—. Con ese pelo rojo no tienes pinta de italiano— lo cuestionó.

—Mi madre era irlandesa— contestó el otro sin inmutarse—. ¿Quién eres tú?

—Este es Monty— lo presentó Abel antes de que el otro pudiera contestar.

El soldado pelirrojo inclinó la cabeza hacia él a modo de saludo.

—¿A qué unidad te asignaron?— le preguntó Monty.

—A ninguna. No tengo permitido el trabajo de campo.

—¿Por qué? No pareces tener ninguna discapacidad física.

—No se trata de una discapacidad, se trata de que fui degradado. Me trasladaron aquí como castigo. Me asignaron tareas de limpieza. Mis superiores dicen que debo considerarme afortunado de tener como nueva misión limpiar la mierda de esta base— contestó el recién llegado con tono agrio.

—¿Qué fue lo que hiciste?— se interesó Abel.

—No quiero hablar del tema— sacudió el otro la cabeza—. Prefiero que me cuenten de sus heroicas hazañas— los animó a hablar—. Oí que hicieron una incursión exitosa el otro día.

—Exitosa sí, pero no fue una hazaña particularmente heroica— hizo Abel una mueca de disgusto.

Monty le pegó un codazo en el estómago para hacerlo callar.

—Igual quiero escuchar la historia— dijo el pelirrojo.

—¿Por qué?— lo cuestionó Monty, suspicaz.

—Porque si no tengo más la oportunidad de salir a pelear por mi país, al menos quiero escuchar una buena historia sobre la que cavilar mientras limpio los inodoros.

—No es una buena historia— negó Abel con la cabeza.

—¿Por qué?

—De acuerdo, hagamos un trato— propuso Monty—. Tú nos dices por qué te degradaron y nosotros te contamos sobre la misión Costa Antigua.

Misión Costa Antigua, formó las palabras el pelirrojo en su mente, sin pronunciarlas en voz alta.

—¿Qué dices a eso, Bruno?— preguntó Abel, a quién también le interesaba saber el motivo por el que habían trasladado al nuevo.

—No hay trato— se levantó de la mesa abruptamente el interpelado, llevándose su bandeja.

Dos horas más tarde, Abel y Monty abordaron al nuevo en el baño. Mientras Monty lo empujaba bruscamente contra la pared, Abel trabó la puerta por dentro.

—¿Por qué no quieres hablar? ¿Qué escondes?— le gruñó Monty al oído mientras lo sostenía por detrás, apretando el frente del cuerpo del pelirrojo contra la pared.

—Esto no es necesario…— trató de calmarlos el soldado nuevo.

—¡Habla!— le ordenó Monty.

—¡De acuerdo! ¡Está bien!— gritó el nuevo, levantando sus manos en señal de rendición.

Monty aflojó la presión sobres su espalda, lo tomó de un hombro y lo dio vuelta rudamente hasta posicionarlo de cara a ellos.

—No estoy escondiendo nada— trató de explicar el pelirrojo—. Es solo que no podía hablar de esto en el comedor, ¿de acuerdo? Nunca se sabe quién puede estar escuchando. Ya fui traicionado una vez, no lo permitiré de nuevo.

—Dinos la verdad, ¿qué hiciste?— lo conminó Abel.

—Tengo la maldita costumbre de desafiar a la autoridad cuando pienso que están siendo ineptos o irracionales— gruñó el interrogado, luego suspiró y comenzó su historia: —Era una misión simple. Entrar al área, localizar el cofre en una cueva en medio del desierto, traerlo a la base, nada más. Yo estaba a cargo de mi unidad y no se esperaban problemas. Según la inteligencia que teníamos, ni siquiera había hostiles en el lugar. Pero todo salió mal. Nos estaban esperando: era una trampa. Masacraron a mis hombres. Ellos me cubrieron para que yo pudiera llegar hasta el cofre y así poder sacarlo de allí. Mientras corría hacia el helicóptero para la extracción, vi que uno de mis hombres todavía estaba vivo, lo habían herido en una pierna. Me ordenaron dejarlo en el campo. El cofre era demasiado valioso para arriesgarlo por la vida de un hombre— su voz se quebró y guardó silencio por un momento.



Adriana Wiegand

Editado: 14.10.2019

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