La Tríada - Libro 6 de la Saga del Círculo

Tamaño de fuente: - +

PARTE VIII: EL ESPÍA - CAPÍTULO 40

—¿Está seguro?— preguntó Torres, malhumorado.

—Véalo usted mismo— le indicó Liam el caño cortado—. El problema no está aquí, viene del otro lado de la pared. Es claro que el agua no llega hasta aquí, de otra manera, todo este laboratorio ya estaría inundado, ¿no le parece?

Desde luego, la verdadera razón por la que el agua no llegaba al nivel menos tres era que Liam había cerrado deliberadamente la llave de paso del tanque que conectaba con ese nivel.

—El problema está en las celdas— insistió Liam.

—No puedo dejarlo entrar ahí— negó Torres con la cabeza.

—De acuerdo— recogió Liam sus herramientas.

—¿Va a dejar el piso así?— le reprochó Torres.

Liam resopló, molesto.

—No tiene caso taparlo hasta que no encuentre el verdadero problema, y ya que no me permite buscarlo…

Torres suspiró:

—Está bien— accedió el teniente—. De acuerdo, pero debe trabajar rápido.

—No se preocupe. Solucionaré el tema en veinte minutos— le aseguró Liam.

Torres asintió y le indicó con un gesto de la mano que lo siguiera. Fueron hasta la puerta reforzada y el teniente tecleó un código en el panel de control. La puerta se abrió, revelando un largo pasillo, flanqueado por celdas de vidrio.

—Tendré que quedarme con usted, no puedo dejarlo solo aquí— le advirtió Torres.

—Como quiera— se encogió de hombros Liam, casual.

Liam apoyó su caja de herramientas sobre el piso y la abrió. Se agachó y revolvió el contenido, pero lo que sacó no fue una herramienta, fue un arma que había ocultado allí.

—¿Por qué no hacemos una visita guiada?— le apuntó con el arma a Torres.

—¡Qué!— se sorprendió el teniente, amagando a desenfundar su propia arma.

—Eso no es inteligente— le advirtió Liam.

—¿Quién es usted?— lo cuestionó Torres.

—Las manos en alto— le ordenó Liam sin contestarle. Cuando el teniente obedeció, Liam se acercó y le quitó el arma de la funda, enganchándola en su propio cinturón.

—Esto es una mala idea. No sabe lo que está haciendo— trató de disuadirlo Torres.

Liam se ubicó detrás del teniente. Apoyó su mano izquierda en el hombro de su prisionero y le apoyó la pistola en la nuca con la mano derecha.

—Vamos— lo empujó por el pasillo, internándose entre las celdas.

Las primeras celdas que pasaron estaban vacías, y Liam comenzó a pensar que había delatado su falsa identidad por nada, pero llegando a la mitad del pasillo, vio a un hombre acurrucado contra la pared del fondo de una de las celdas. Estaba sentado en el piso, con la espalda contra la pared y las rodillas contra el pecho, tenía el rostro apoyado sobre las rodillas, cubriéndose la cabeza con las manos como para protegerse. Era un muchacho escuálido, vestido con una túnica larga y blanca, con manchas de barro y sangre. Liam vio que sus manos tenían moretones y heridas frescas.

—¡Hey!— trató de llamar Liam la atención del prisionero, pero el pobre muchacho solo enterró más su cabeza entre las piernas y comenzó a temblar, asustado—. Abra la celda— le ordenó Liam a Torres.

—Solo el general Munster y el coronel Suarez conocen el código— se excusó Torres.

—Pues qué lástima— le dijo Liam con tono sarcástico—, porque si no me sirve más, solo me queda matarlo— apretó el cañón de su pistola contra la nuca del otro en amenaza—. ¡Abra la maldita celda!— le gritó.

—No sé el código. No le estoy mintiendo— le retrucó el teniente, sin amedrentarse.

 En un arranque de furia, Liam empujó contra la pared al teniente, despegó la pistola de su nuca y disparó contra la puerta de vidrio de la celda. Gruñó con los dientes apretados al comprobar que el vidrio era a prueba de balas. El sonido de las balas rebotando contra el vidrio encendió la curiosidad del prisionero lo suficiente como para hacerle levantar la cabeza. Cuando Liam lo reconoció, se quedó helado:

—¿Rory?

Torres aprovechó la momentánea sorpresa de Liam para abalanzarse sobre él, desarmarlo y empujarlo con fuerza, tirándolo al piso. Liam logró reaccionar y se arrastró por el piso, tratando de sacar el arma que le había quitado a Torres de su cinturón, pero el teniente fue más rápido y lo golpeó en la cabeza, desmayándolo de una patada.

Sin perder tiempo, Torres le quitó el arma al inerte Liam y le esposó las manos a la espalda. Jadeando, levantó la vista hacia el prisionero que lo miraba atónito desde la celda de vidrio y le preguntó:

—¿Quién es tu loco amigo?

Rory solo tragó saliva y desvió la mirada del rostro de su captor al cuerpo inconsciente de Liam. Apretó los dientes con impotencia y se mantuvo en silencio.



Adriana Wiegand

Editado: 14.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar