La última oportunidad.

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I: Miller Mitchels.

Naiara.

Hay un sinfín de razones por las cuales las personas podrían o no acercársele a otras personas en cuanto a vida universitaria puedo relatar. La primera razón por la cual suelen acercarse es ser el blanco de tiro de algunas personas con mucho imperio en el lugar, porque aunque intentemos creer que no existe eso, las jerarquías siguen influyendo en nuestras vidas escolares con más fibra que nunca. La segunda razón es el ser demasiado reservada, a la gente le atrae aquello que no pueden descubrir, aquello que no consiguen concebir del todo. Y la tercera razón no la he encontrado, lo cierto es que no sé ni qué carajos estoy diciendo y mucho menos por qué lo estoy diciendo, y es probable que en realidad sea una idiota de primera, ¿no?

A lo que realmente quiero llegar es a una persona en específico, tal vez a dos… en realidad sí, a dos.

A mitad de mi segundo año de universidad en la única universidad pública de esta ciudad tan magna, la directora decidió cambiar los planes de algunos salones, desintegrarlos y reducirlos, por lo que mi salón se atestó de personas. Y claro que a algunos les beneficiaba bastante, porque podían estar con personas a quienes querían y hacer los proyectos juntos. Pero... ¿qué hay de mí? Bien, no he ganado mucho con todo esto, y eso es, quizá, normal.

Tal vez lo único que gané es un nuevo proyecto con chicos a quienes desconozco y me terminarán dejando plantada para yo hacer todo el trabajo sola porque es propio entre las personas gandulas de estos años, ¿a quién le interesa hacer el trabajo si podríamos descansar a sabiendas de que, de igual forma, solo una trabajará? Es más sencillo escribirle luego de un tiempo, o mejor aún, a última hora. Al menos, es así para la mayoría de personas.

 

Entre esos tres chicos a quienes debo hablarle para ponernos de acuerdo en este proyecto, se encuentra Bradley Dellower.

Tendría que admitir con sinceridad que nunca había oído hablar de él o siquiera lo había visto en algún momento hasta que un día de tantos, se acercó a preguntarme la dirección de mi casa para poder reunirnos en pro de redactar y editar el proyecto de Empresariales, la materia que ahora compartimos. Me costó una infinidad de balbuceos y palabras enredadas decirle a ese metro ochenta y tanto más de hombre, que yo no tenía casa en la que pudiéramos llevar a cabo el trabajo y que por tanto haríamos el proyecto en la biblioteca de la universidad. No sabía si sentirme incómoda, idiota o si debía reírme como una cabra desquiciada, porque en ninguna de mis vidas anteriores estuve frente a un hombre más solemne que él.

Traía lentes de sol que evitaban que viera lo que fuera que rodeara sus ojos, del color que fueran, un jersey gris de esos que te hacen ver como un miserable que no se preocupa por su imagen personal ante todos, pantalón negro, milagrosamente no rasgado, porque al parecer él no es de los que siguen modas y una camiseta azul oscura. Su cabello brillaba más que las estrellas en medio de un cielo limpio y hasta me pareció muy esponjoso, cosa que me resultó fantástica. Y claro que mi tamaño no ayudó mucho en cuanto a nuestro encuentro, pues mientras él debía ver hacia abajo, yo debía ver a un chico casi más de veinte centímetros más alto que yo con la tarea de no sentirme intimidada. Además... fue bastante —demasiado diría yo— prudente con las palabras que salían de su boca y parecía tener ganas de hacer ese trabajo para ganarse la calificación bajo cualquier costo. No fue algo muy cálido de presenciar, a decir verdad.

Y claro que la mención era sobre dos personas, así que aquí viene el segundo personaje… En el sentido literal de la expresión; viene a unos veinte metros de distancia, y por su aspecto enfurruñado, parece que quiere discutir nuevamente.

Lo gracioso de tener este “juego” entre nosotros —así lo ha autodenominado él mismo—, es que en sus disputas, él es quien arroja las bombas y yo... solo tengo el derecho de mantenerme quieta, callada y escuchando con atención cada frase, por más absurda que sea, salir de su boca. Él discute, yo no tengo el derecho de defenderme porque así es como funciona la cuestión en las peleas de dos. De cualquier forma que lo veas, en las peleas entre dos personas, uno inicia la discusión, y el otro debe oír cómo despotrican en su contra, hasta que explota. Curiosamente, yo nunca lo he hecho.

Apenas se acerca a mí, tira de mi coleta de caballo y me quita el libro de Sociales que traía entre manos para echarle una ojeada agraciada. Se me hace un pequeño nudo de molestia en el estómago de inmediato. Aunque ya empiezo a acostumbrarme a esto, porque parece el pan de cada día, continúa siendo desagradable perder mis cosas seguido. Si no es algo material, es mi dignidad... si es que todavía puedo perderla más.



Sharon Úbeda

Editado: 22.04.2019

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