La última oportunidad.

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X: Hermanos.

Bradley.

No creo haberme esperado esto, pero casualmente, mi hermano ha venido de visita —sin siquiera avisar— y eso tal vez me ha caído como anillo al dedo. Necesito hablar con él seriamente, porque últimamente, mientras estoy solo, lo único que hago es pensar en Naiara Strause, la problemática chica a la que he traído a mi apartamento más de una vez sin haber pensado nunca en intenciones impuras, la chica por la que meto todos los días la pata y a quien no hago más que querer cuidarla. Lo cual es algo muy nuevo para mí, más de lo que quisiera poder imaginarme.

Y mientras él revisa el gran librero que hay en la oficina que me pidió que le prestara para cuando él viniera a Francia por cuestiones de trabajo, yo tan solo lo sigo, con mucha tranquilidad, oyendo cómo me explica acerca de su nuevo proyecto hidráulico en la ciudad. Sin embargo, luego de un instante, se queda callado y toma un libro entre sus manos, no logro entender el título, porque está en francés y no soy un experto en realidad. Lo abre delicadamente y lo ojea rápidamente antes de seleccionarlo como el predilecto. Lo deja sobre su escritorio y vuelve a su búsqueda.

— ¿Y qué tal te va en la universidad ahora? —Se le ocurre preguntarme, aunque sé que solo lo pregunta como una mera formalidad y porque se ha quedado sin tema de conversación.

—Pues... —me quedo callado un instante. ¿Vale la pena decirle la verdad? Supongo que tal vez sí vale la pena—. Académicamente, bien. Y socialmente... bueno, hay unas cuantas torceduras pequeñas.

Se vuelve a verme, intrigado, sé que he llamado su atención porque en realidad, yo soy tan relajado que “unas cuantas torceduras pequeñas” no me van a sacar de mi zona de confort ni van a hacerme pensar de más. Durante un par de segundos, se queda viéndome, debe pensar que me han expulsado ya de la universidad. Luego solo vuelve la vista a sus libros, descartando esa idea. Claro que he llamado su atención, pero tiene muy poco tiempo para estar aquí conmigo.

— ¿Torceduras? —repite, inquieto—. ¿Y como qué tipo de torceduras son?

—Creo que estoy metiendo mucho la pata con una chica... —expreso con calma, aunque por dentro no estoy calmado. Hay una alarma dentro de mí que no para de hacer ruido, todo mi cuerpo está alterado—. Es un gran desastre, no te mentiré; probablemente no tenemos una mierda en común, pero... no lo sé, despierta en mí un sentimiento de protección que nunca antes sentí. Ni siquiera con Phoebe, y sabes a lo que me refiero.

— ¿A que nunca ayudaste a Phoebe cuando Terrence le declaró la guerra y le hizo la vida imposible como nadie nunca podría en mil años? —Pregunta de forma irónica, y yo, muy a mi pesar, asiento con la cabeza—. Ajá... ¿y esta chica qué tiene de diferente?

—Pues... hay un chico, un imbécil que la molesta y la manipula, se ha hecho cargo de su vida durante estos dos años —comento, nuevamente Dante me vuelve a ver, lleno de curiosidad y dudas que seguro no voy a evacuar—. Es un cretino, pero me tiene miedo, así que consigo defenderla con eso.

—Esa es una gran diferencia con el asunto de Phoebe, entonces. Si mal no recuerdo, nosotros no podíamos interferir en las decisiones de Terrence y menos si se trataba de joderle la vida a alguien —me recuerda, y yo suspiro pesadamente—. Si lo piensas mejor, siempre tuvimos la oportunidad de aconsejarlo, pero nunca lo hicimos, porque somos un cuarteto de cobardes. Ahora explícame bien todo, que me has dejado intrigadísimo.

De eso se trata, necesito que me dé su atención y me diga qué carajo está sucediendo conmigo porque yo mismo no logro comprender qué estoy haciendo, no sé dónde moverme, cómo moverme, si debo o no hacerlo. Y qué es lo que en realidad haré.

—Bien —acepto con rapidez y tomo asiento en el escritorio para no tener que seguirlo a todos lados, porque me marea—. Se llama Naiara Strause, primero que todo. Y somos casualmente, compañeros de clases, llamémosle una casualidad extravagante. Quedamos en un grupo del profesor de Gestión Empresarial, era solo un proyecto, solo eso. Se suponía que solo haríamos el proyecto y no nos volveríamos a hablar. Y, bueno, ahí es donde la conocí. Un día, estaba de camino al edificio de papá para saber qué tal iba todo, me pidió que supervisara una cuestión que sucedía con uno de sus edificios aquí, pero decidí irme a tomar un helado antes de ir al edificio, para no estresarme y tenerle paciencia a las personas, porque en realidad me cuesta trabajo entenderles todo. Además, sabes que adoro el dulce y el helado es mi favorito de todos.

—Claro, si te comías siempre mis premio-helados —masculla con fingida indignación, y yo me río, me río de mis maldades de niño—. Entonces, continúa hablando de esta señorita...



Sharon Úbeda

Editado: 22.04.2019

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