La última oportunidad.

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XVII: América.

Naiara.

Cuando llegamos al aeropuerto de la ciudad en la que Bradley se crio, en América, solo puedo sentir los nervios a flor de piel mientras veo hacia todos lados en busca de algo que entienda, lo que sea. Bradley sale tras un par de segundos por la puerta grande, y toma su maleta y la mía de las manos de un hombre alto y uniformado, para luego caminar con calma hacia mí. Fue un viaje extraño, viajamos en primera clase, con cualquier tipo de lujos que una se pudiera imaginar, y en un lugar donde las personas no estaban golpeándote para poder acomodar sus maletas. Teníamos a nuestra disposición a una auxiliar de vuelo y en el aeropuerto ahora un hombre que recoge nuestras maletas por nosotros. Maravilloso, pero aterrador.

—Iré a sellar nuestros pasaportes y luego nos vamos —me advierte, dejando a mi lado las maletas.

Sin decir más, se va por otro pasillo, hasta que lo pierdo de vista entre tantas personas. Minutos luego, vuelve a donde estoy. Guarda los documentos en su mochila, que es donde ha cargado mis cosas principales por mí, y se quita su gorra de color azul oscuro de L.A para ponérmela a mí. Me pone un par de lentes oscuros, otros de los que me aseguraré de no romper, y su jersey gris antes de tomar mi mano y guiarme hacia afuera del aeropuerto.

Al principio no comprendo nada, pero luego de salir del lugar, cuando veo a un par de personas con cámaras grabando nuestra salida del lugar y tomando fotografías con flashes fuertes, me quedo casi de piedra, y hago todo lo posible por cubrir mi cara. Sé que Bradley y la familia Dellower, en general, deben ser muy populares y queridos en este lugar, deben atraer la atención de los medios de comunicación, iniciando por las revistas de negocios como Forbes, así que no me enojo por esa razón. Pero sí que me asusto. Ser una figura pública es más de lo que una persona como yo, tan cobarde y retraída, puede soportar.

Bradley me hace subir a un auto grisáceo que nos espera a un par de metros de la entrada, y me acomodo en la parte trasera del frío espacio, mientras un hombre que lo saluda con bastante alegría, conduce.

—Él es Martin —comenta Bradley, cuando nos hemos alejado del espacio que abarca el aeropuerto—. Es el contador privado de papá, que me ha hecho el favor de pasar por nosotros.

—Mucho gusto —saludo, sé que mi inglés no es el mejor, pero consigo dominar lo básico, así que el hombre me entiende bien a la primera—. Soy Naiara.

—Bradley ha hablado bastante de usted, joven —explica él en un claro francés, que me llena de alivio—. En la mansión todos están esperándola con ansias, señorita Naiara.

Eso me pone muy nerviosa. Bradley se dedica a comentar varias cosas con él, cosas que no logro entender porque son en inglés. Me quito los lentes, que realmente ya no son necesarios, y se los entrego, pero él me deja con su gorra y el jersey que me queda extremadamente largo. Nunca antes una ropa me quedó tan grande sin quererlo. Solo mis camisetas de pijama, que son largas porque sí.

Cuando el auto se detiene, Bradley es el primero en bajar. Pero Martin se le adelanta y me abre la puerta. Me toma de la mano para ayudarme a bajar y baja mi maleta con cuidado, un cuidado impresionantemente ágil. Me siento, por un instante, como en esas películas donde todos quieren tratar a la especial mujer con mucho cuidado. Es divertido.

Me quedo embobada al ver la gran entrada de dimensiones casi infinitas que se abre paso ante nosotros. Iniciando por una entrada llena de árboles y fuentes, como una mansión china, la fuente más grande, que se encarga de dividir la vía de entrada y la de salida, flores de todos los colores posibles. Y cuando me vuelvo hacia el frente, hay una mansión que me recuerda muchísimo a las mansiones que aparecen en la televisión; es de un claro estilo clásico de una mansión egipcia, pero también victoriana. Bradley se queda viéndola también, pero luego me ve a mí y yo también lo veo. Es la casa —castillo— más hermosa que he tenido el placer de ver.

—No te impresiones, esto es lo más pequeño que verás, la casa de Phoebe es siete veces la nuestra —comenta divertido, yo no sé de quién habla, pero estoy segura de que esa casa debe abarcar al menos la mitad de la ciudad, entonces—. Vamos adentro, nos están esperando para cenar.

Me toma la mano y me arrastra a regañadientes hacia la entrada. Hay un par de gatos en la entrada, que ni siquiera nos prestan atención, no se inmutan al vernos, solo siguen en lo suyo. Sus cosas de gatos. Bradley abre la puerta de la casa tras poner un código de seis dígitos que no logro ver, y tras entrar, solo se escucha el eco de nuestros pasos caminando hasta la sala principal, que es tal como una mansión china de películas. Luego de eso, hay susurros, muy bajitos.

Vuelvo a ver a Bradley, que rueda los ojos, porque sabe que nos están espiando.



Sharon Úbeda

Editado: 22.04.2019

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