La última oportunidad.

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XXX: Suplicas.

Naiara.

Quiero renunciar a todo. Quiero darme por vencida, pero no lo hago. Incluso cuando desde la entrada a la universidad, las personas me dedican gestos obscenos y palabras groseras. Incluso cuando veo mi casillero lleno de cartas con solicitudes sucias y absurdas. Incluso cuando le doy asco a todos. Incluso cuando los maestros me ven mal.

Soy acosada. Soy abominada por no haber podido controlar mi pasado, de pronto, y me encuentro en un severo dolor interno, un temor extremo donde mi cuerpo es quien paga las consecuencias. Me encuentro avergonzada de mí misma, de mis decisiones, de lo que soy y seré.

Las primeras seis lecciones son casi infinitas. A la hora del almuerzo, no paso a comer. Me siento bajo mi casillero y me dedico a repasar cosas que se vieron en clases cuando yo no estaba. Me dedico a aclarar todo el asunto sobre mis tareas y procuro no terminar rindiéndome, y dejando todo por un lado.

A los pocos minutos, alguien llega a mi lado y tiende hacia mí un sándwich envuelto en papel aluminio de cocina. Y me sorprendo de sobremanera al ver al profesor de Gestión Empresarial frente a mí. Es el mismo profesor que me preguntó hace tiempo si yo me drogaba. Dudo un instante en tomar la comida que me ofrece.

—Agárralo, come este sándwich —me ordena—. ¿Es que planeas morirte de hambre?

—En realidad, no tengo hambre —digo, y trago duro—. ¿Pasa algo?

—Es lo que te iba a preguntar justamente —musita, y se sienta en el piso junto a mí. Me sorprende muchísimo que no tema que su traje negro brillante se ensucie—. ¿Pasa algo?

—No —miento de inmediato—. No pasa nada.

Él asiente con la cabeza y coloca el sándwich sobre mi rodilla con mucho cuidado. Por un instante, se queda viendo a la pared, como si pensara en qué decir. Es algo muy incómodo, a decir verdad.

— ¿Cuánto tiempo llevas siendo mi alumna? —Pregunta, y yo frunzo el ceño—. ¿Cuatro años ya?

—Sí —confirmo.

—La primera vez que entraste a mi clase estabas perdida. Tenías en la mirada reflejada la duda, estabas impresionada por cada una de las palabras que salían de mi boca —empieza a decir, y me sorprende que recuerde eso—. Con el tiempo, llegaste a acostumbrarte y hasta me has corregido más veces de las que puedo recordar. Y en todo el tiempo que llevo como profesor de esta universidad, nunca vi a alguien como tú.

— ¿A qué se refiere? —Pregunto, inquieta, no sé por dónde está yendo esta conversación.

— ¿Tienes miedo? —Pregunta con diversión—. Porque no te estoy acosando, no creas que voy a dejar de lado mi ética y profesionalismo por ti. Tengo esposa e hijos, y una edad que duplica la tuya, no vengo a eso, Naiara.

Eso me alivia muchísimo, y no sé por qué. La sensación de alivio resulta casi insana.

—Me refiero a que tú estás comportándote como una tonta, cuando tienes una mente realmente audaz —sentencia, y yo trago duro—. ¿Crees que soy un tonto? Que me hayas corregido no me quita el conocimiento que tengo ni la experiencia, Naiara. Estás destruyéndote a ti misma, permites que esos chicos y sus comentarios te hagan daño, tan solo mírate en un espejo. ¿Dónde estás? Te haces falta a ti misma.

—Ni siquiera sé por qué está diciendo esto —admito.

—Porque todos nosotros lo sabemos. Todos nos dimos cuenta de por qué faltabas, por qué estás de esta forma, todos lo sabemos. Y varios de mis compañeros de trabajo han visto ese distinguido vídeo —masculla con un deje incómodo—. Y claro que me decepcioné, me sentí casi traicionado al ver que una de mis mejores estudiantes tenía este tipo de actitudes en la universidad. Hasta que te volví a ver hoy.

Quiero llorar, porque me da muchísima vergüenza, porque me duele en el alma que alguien que me vio como alguien profesional hoy me diga que lo he decepcionado. Me imagino a mi abuelito diciéndome este tipo de cosas, y siento que me ahogo. Me ahogo en el dolor.

—Tu nariz lleva varios minutos sangrando y ni siquiera lo has notado —saca un pañuelo de su bolsillo, y me lo entrega—. Has perdido tanto peso, que pareces más huesos que humana. Tienes unas ojeras demenciales. ¿Te peinaste? ¿Te bañaste hoy? Tus ojos están rojizos e hinchados. Y me da muchísima pena siquiera verte, ¿cómo es posible que permitas que esto suceda? ¿Eh? ¿Cómo en esta vida, Naiara?

— ¿Y qué quiere que haga? ¿Quiere que actúe como si de pronto nada malo pudiese pasarme? ¿Quiere que finja que no me apena, que no me afecta y que no me tiene mal todo este asunto? ¿Quiere que pretenda que todo en mi vida está yendo por el lado derecho cuando en realidad no es de esa manera? —Farfullo, las palabras salen furiosas de mi boca, pero es que no lo puedo evitar.



Sharon Úbeda

Editado: 22.04.2019

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