La última oportunidad.

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XXXIII: Ayuda.

Naiara.

Está haciendo bastante frío. Paró de llover hace un buen rato, por lo que el clima está realmente sublevado. Tengo bastante frío, pero no me ha caído ni una gota de lluvia en el cuerpo, así que estoy posiblemente más presentable de lo que debería.

Y estoy frente al imponente edificio Dellower, en el cual se debe encontrar Bradley, y, seguramente Dante. Tengo miedo de dar el primer paso hacia adelante, porque eso significa que ya no puedo retroceder, pero tampoco quiero quedar conmigo misma como una persona móndriga.

Por eso mismo, avanzo a paso rápido —pero inseguro— hasta la recepción, donde una mujer de cierta edad me recibe amablemente.

—Bienvenida a Four Dellow Interprises, mi nombre es Marie-Lou Thomas, ¿en qué puedo serle útil? —Ofrece con amabiidad.

Lo cierto es que, me avergüenza mucho cuando me ve de pies a cabeza, pues la mayor parte de las personas que están en el lugar vienen vestidas con traje, faldas plisadas y con colores neutrales que los distinguen como personas dedicadas completamente a su trabajo. Yo, en cambio, traigo unos jeans viejos, un par de viejas Vans y mi jersey con una camisa gris que dice "Hello, bruh" con letras en blanco, un estilo bastante más vergonzoso que de costumbre.

¿Que si se nota mucho que soy una universitaria? Podría asegurar que parezco incluso una colegiala rebelde. No estoy vistiendo mis mejores prendas, y me veo —y siento— fuera de lugar.

—Hola, yo soy Naiara —sonrío con aparente calma, aunque estoy muy nerviosa—. Me gustaría hablar con Bradley... digo, con el señor Bradley Dellower.

La señora se echa a reír con sutileza. Ni en mis más locos sueños podría reírme de esa forma tan suave. Es insultante. ¡Señora pécora!

—Cariño, lamento decirte que si no traes un papel debidamente sellado y firmado, que me diga que tienes permiso de entrar a este edificio, no puedo dejarte pasar —mira su agenda al lado de la computadora—. O bien, puedes decirme tu nombre completo y tus apellidos, para saber si tienes una cita con el presidente.

Claro, como Bradley ahora es el presidente de Four Dellow, tiene que ser protegido de cualquier persona que venga con intenciones sucias, y además de que es una celebridad, seguro no soy la primera mujer que se presenta aquí y dice lo mismo.

—No. No tengo una cita —susurro, con las esperanzas por el piso, y se me viene una idea a la cabeza—. Pero puede llamar a Dante Dellower, él sabía que vendría. Dígale que soy Naiara.

—El señor Dante está en una importante reunión justo ahora, joven. No puede verla ni atenderla justo ahora —suelta ella en tono inseguro—. A menos que sea una situación de emergencia.

—Lo es, por favor... dígale que vengo a lo que me pidió que viniera. Solo eso.

La mujer toma el teléfono, marca un par de botones y en segundos alguien le responde. Ella dice mi nombre, y luego, lo que yo le mencioné, y pronto se encuentra colgando. Llama con su mano a uno de los guardas de seguridad que se encuentran al lado del ascensor y me señala.

—Lleva a la señorita al piso del presidente, por favor —ordena—. Lo más pronto posible.

—Por aquí, joven —señala con su gran mano.

Yo lo sigo casi corriendo detrás de sus piernas enormes y extensas. Subimos al elevador, y ascendemos casi veinte pisos hasta llegar a la última planta. El hombre me deja a mi suerte luego de eso. Yo me quedo medio perdida por un instante, sin embargo, tras distinguir unas grandes puertas de madera al final del pasillo, empiezo a caminar a pasos apresurados.

El corazón me palpita con una fuerza demencial y tengo muchísimas expectativas acerca de este encuentro inesperado para Bradley. Ninguna tiene un bonito final; Bradley está en todo su derecho de mandarme a la mierda de miles de formas. Y todavía más por lo que vengo a pedirle.

Sin esperar más tiempo, toco un par de veces la puerta. Su voz gruesa masculla un "Adelante", y abro la puerta. Doy cuatro pasos hasta adentro, y cierro con mucho cuidado la enorme puerta.

Tomo una fuerte inhalación antes de volverme hacia él. Y lo veo. Él también me ve. Sus ojos parecen brillar. Sus dedos parecen temblar. Y se ha quedado casi paralizado... igual que yo.

— ¿Naiara? —Murmura—. ¿Qué haces aquí? ¡Maldición! No, no... digo... pasa. Pasa. Siéntate. ¿Quieres algo de tomar? ¿Algo de comer? ¿Necesitas algo de ? Lo que sea, solo dilo.

Tomo asiento frente a su gran silla de cuero, en una de madera que tiene aspecto de ser pequeña, pero es grande. Y cómoda.



Sharon Úbeda

Editado: 22.04.2019

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