La voz de un ángel

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4. ¿Crees en los demonios?

Narra Alexa

Tanto las palmas de mis manos como mis rodillas estaban clavadas en la tierra marrón mientras jadeaba con la única intención de entrar todo el oxígeno que podía dentro de mis pulmones. Una vez que recuperé el aliento, alcé mi rostro buscando a las personas que había visto hace unos breves segundos. No estaban. ¿Qué había sido eso? ¿Estaba soñando despierta? Me incorporé hasta quedarme completamente de pie. Por un momento sentí un terrible miedo en este lugar y sin pensarlo dos veces salí corriendo hasta llegar a la plaza. Caminé lentamente pensando en lo ocurrido. Mi corazón retumbaba como un tambor de lo asustada que me encontraba, las lágrimas se asomaban por mis ojos pero las retuve intentando respirar hondo, porque lo que había visto no podía ser real.

—No puedo creer que me esté volviendo loca —susurré con la mano derecha en mi frente. Otra vez volvía a pasarme algo así, pero esta vez era muy diferente.

Sentí el miedo recorrer mi cuerpo después de lanzar una corta mirada hacia atrás. Mis rodillas estaban temblando así que no tardé un segundo más en caminar para irme a casa o a lo que una vez lo era. Poco después llegué al karaoke subiendo las escaleras lo más rápido posible hasta la habitación. Rogué para que Kiefer no estuviera dentro porque los nervios seguían presente. Gracias al cielo, él no estaba o eso creía cuando vi a Kiefer levantarse del suelo del otro lado de la cama que tuve que ahogar un grito cubriéndome la boca con mi mano. Fruncí el ceño al ver cómo me miraba.

—Si quieres decir algo, dilo de una vez —repliqué molesta.

Él inclinó el rostro y entró sus manos dentro de los bolsillos delanteros de su pantalón.

—Lo siento —susurró ladeando la cabeza.

Me quedé con la boca abierta sin llegar a entender. No podía creer que esas palabras estuvieran en su diccionario.

—¿Qué es lo que sientes? —cuestioné frunciendo el ceño sin comprender sus disculpas.

—Todo —respondió caminando hasta mí—. Quiero decir, siento el haberme comportado como un idiota desde que llegué. Y... el haberte besado antes.

 

Iba a esbozar una sonrisa hasta que se quebró al escuchar la última parte. Me había enojado y aún estaba enojada con él por usarme de esa manera, pero por otro lado me había gustado que sus labios chocaran con los míos.

—Aunque debo decir que eso no era un beso. Era más bien un choque de labios —añadió cruzado de brazos. Recordé el beso y tenía razón, no fue un beso profundo, fue uno tan fugaz que apenas me dio tiempo de disfrutarlo. Intenté actuar de modo indiferente.

—Disculpado —dije haciendo un ademán con la mano. Caminé hasta la cama y me desplomé en ella. Por supuesto que no iba a contarle lo que me había pasado hace un rato porque apenas yo podía creerlo como para pensar que él lo haría.

—¿Has podido encontrar una habitación? —preguntó observándome.

Negué con la cabeza y me senté para quitarme el calzado.

—No he tenido suerte. Dame unos días más.

Asintió con la cabeza y se sentó en una silla sin apartar su mirada de mí. Ya me estaba poniendo nerviosa.

—¿Se puede saber por qué tanto me miras? —pregunté enfadada intentando que no se notará lo nerviosa que me encontraba.

—¿No quieres decirme algo?

Alcé ambas cejas mientras negaba. Por un momento pensé que sabía lo que me había pasado hace un rato, pero alejé ese pensamiento porque era imposible, además por mucho que quisiera hablar con alguien no lo haría porque me tomarían por una chiflada, además después de mi intento de suicidio, ¿quién me iba a creer? Lo que conseguiría es que me encerraran en un hospital psiquiátrico. De tan solo pensar en esa idea sentí un escalofrío recorrer toda mi piel por lo que recurrí a lo que antes me preocupaba.

—A decir verdad, sí. ¿Se puede saber por qué amanecí en la cama con una rosa? —Hice una breve pausa—. Anoche... no paso nado entre nosotros o ¿sí?

—Te pedí disculpas por eso. Puedes estar tranquila porque no pasó nada, simplemente te pase a la cama y te deje una rosa a modo de disculpa.

Ahora fui yo quien se le quedo observando.

—¿A qué viene tanta amabilidad? Estás raro.

—¿Por qué no me cuentas lo que te acaba de pasar? —preguntó alzando una de sus hermosas cejas.

Su pregunta hizo que un escalofrío recorriera mi espalda. ¿Cómo es posible que sepa lo que me ocurrió? ¿O habré escuchado mal?

—¿De qué estás hablando? —pregunté lo bastante confundida y aterrada ante la idea. ¿Podría ser que él de alguna forma sabía lo que me había pasado? De ninguna manera. Era imposible. Estaba nerviosa y espera que él no lo notase.

Me examinó con la mirada y se llevó la mano a su cabello desordenándolo un poco.

—Bien. Si no quieres hablar lo entiendo. Búscame cuando quieras hacerlo —dijo levantándose del asiento para luego salir del dormitorio.

Me quedé en un mar de confusión porque no tenía ni la más mínima idea a que se refería o tal vez si pero no quería admitirlo, seguí repitiéndome que era imposible. Seguro que se refería a otra cosa que ahora mismo no recordaba. Negué con la cabeza para darme una ducha. No tarde demasiado en hacerlo porque tenía que cantar y ya se estaba haciendo tarde. Cuando estuve lista con la misma fachada de chica dura y con la peluca de color blanco, bajé al bar. No me gustaba mucho este ambiente pero era esto o estar debajo de un puente posiblemente prostituyéndome. De tan solo pensar en esa idea me daban arcadas.



Mady

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En el texto hay: demonios, amistad, angeles

Editado: 18.02.2020

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