Laberinto Macabro

Tamaño de fuente: - +

Capítulo II. Dante Parisi. Parte I

Morningside Heights. Manhattan. Nueva York

Resulta en vano buscar fuerzas para sacar a relucir una bravura inusitada cuando el propio interior está plagado del mismo temor que trae aparejado años de inseguridad. Una fachada rebosante de galantería que suele esconder lo que no se ve, un corazón carente de sentimientos que se llena jugando una y otra vez con el amor sincero de un par de desprevenidas incapaces de reparar en lo que ocurre a su alrededor; víctimas de un don Juan que lucha contra corriente para llenar el vacío existencial que lo empuja a bailar al filo de la navaja, al borde del precipicio, siempre a merced de una agonía insoportable que no se detiene sino hasta la próxima vez, a la espera de que alguna de ellas, quizás, sea la última.

—¿Quién eres tú? ¿Dónde estamos? —preguntó mientras abría los ojos y la luz que ingresaba por la ventana lo cegaba.

—Llevo tiempo observándote.

—¿Por qué estoy atado? Si es alguna clase de juego…

—Es curioso que lo menciones, sé bien que te gusta divertirte —interrumpió mientras acariciaba una serie de tijeras y cuchillas.

—Si lo que querías era asustarme, déjame decirte que lo lograste, por favor libérame.

—Debiste esforzarte más para librarte de tu promiscuidad; luchar contra tus demonios internos, pero en lugar de eso te arrojas cual chiquillo al libertinaje sin importarte los daños que provocas; las secuelas irreparables de tus aberraciones descontroladas.

—No entiendo lo que dices —farfulló mientras luchaba en vano por desatarse—. Te equivocaste de persona.

—Yo voy a despojarte de tus sucios deseos, tengo experiencia lidiando con bestias de tu calibre.

«Creen que pueden llevarse el mundo por delante por ser bonitos, los hombrecitos irresistibles que despliegan un concierto tan desafinado como desabrido pero nada de eso importa; compensan la ausencia de talento con el encanto mundano teñido de arrogancia.

—Óyeme —dijo agitado—, si te he causado daño en algún momento de tu vida, te pido disculpas.

—Ay Dante, las palabras que caen de tu boca son puñaladas al pecho de la sinceridad.

—¡No! Te juro que estoy dispuesto a compensarte.

—¿Y cómo lo harás? —sonrió—. ¿Acaso piensas hacerme un lugar en tu cama, entre tus sucias sábanas?

—Haré lo que quieras, lo que haga falta para que me dejes ir; te juro que no le diré a nadie sobre ti; jamás te he visto.

—Sin embargo yo sí te vi y no puedo despojarme de esos recuerdos; ya no —dijo tomando unas enormes tijeras—. Todas las noches tuviste ocasión de redimirte pero preferiste una y otra vez sucumbir frente a la lascivia.

—Dios, por favor —se lamentó Dante soltando unas cuantas lágrimas al ver a su verdugo abriendo y cerrando las tijeras.

De repente, y sin aviso previo, los pecados que debieron, con suerte, purgarse en la eternidad, comenzaban a saldarse en vida, sin juicio ni jurado, sin más pruebas que las propias huellas esparcidas por doquier que no dejaban lugar a dudas. Así, la silueta tentadora del destino obnubilaba a la propia divinidad y ponía en mentes siniestras y manos mortales la suerte de un planeta descarrilado, ahora, encima, acosado por una sombra tan retorcida como el amor y tan implacable como el odio fruto de un trauma jamás superado, de una ausencia o abandono que se transformó en resentimiento, el mismo que impulsaba una locura sin escalas ni terminal.

—Esperábamos a la capitana Blair —dijo la oficial que mantenía bajo control la escena del crimen.

—Melody no se incorpora todavía, yo estoy a cargo; soy el detective Gordon Tasman; y él mi colega Alan Potinzky.

—Es un placer —les dijo mientras atravesaban las cintas que mantenían alejados a los curiosos.

—¿Qué tenemos?

—No son buenas noticias; era un joven de la alta sociedad, tendremos a mucha gente poderosa encima reclamando respuestas inmediatas.

—¿Cuál era su nombre?

—Su nombre era Dante Parisi, 20 años.

—¿Hora del deceso?

—Según los forenses lleva menos de 24hs muerto; de hecho, unas maratonistas que practicaban en las inmediaciones dijeron que aquí no había nada a las 7.45AM

—¿Causa de la muerte?

—Lo degollaron; aunque primero le rebanaron los testículos

—¿Disculpe? —preguntó el detective con los ojos desorbitados.



Sebastian L

#2509 en Thriller
#1424 en Misterio

En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar