Laberinto Macabro

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Capítulo III. Alicia Modric. Parte I

Resulta gratificante exagerar los avatares del destino cuando no existen más preocupaciones que los cotilleos esporádicos y a veces duraderos de un chisme esparcido con malicia y la cuota justa de rencor.

Así, en lugar de aceptar el devenir normal del camino pedregoso y empantanado que llamamos vida, algunos optan por plantar cara al desconcierto como si se tratara de una deuda pendiente, asfixiante e impagable con los propios demonios que no permite disfrutar de la felicidad y se regocija, por el contrario, en la ensalada rusa condimentada con cuentos y especulaciones de un autor anónimo que, para colmo, dejan un final abierto; abierto para que cada quien, imbuido de las falacias cosméticas que componen a un personaje, se disfrace con los atuendos invisibles de la locura y se proponga, sin más guión que el que dicta una mente atrofiada, acabar de una vez y para siempre aquello que jamás debió esparcirse, que no debió, siquiera, iniciar.

—¡Por favor alguien que me ayude! —gritaba por enésima vez—. ¿Hay alguien ahí?

Esposada a un caño oxidado, en lo que parecía ser una suerte de ducha comunal de alguna fábrica abandonada, Alicia Modric se resignaba a cualquier atrocidad mientras intentaba, en vano, recordar cómo fue que llegó hasta allí en primer lugar.

Aturdida y sin noción del tiempo que pasaba, se refugiaba en los cientos de recuerdos que llenaban el precipicio por el que comenzaba a desmoronarse. De repente, un ruido, como el de una puerta corrediza abriéndose, puso el mundo en pausa mientras el terror, que se desplazaba alegre como un interminable escalofríos, calaba hondo en lo más profundo de su ser.

Nada bueno podía ocurrir. En el silencio de la inmensidad, la extenuada mujer, podía sentir el suave mecerse de su vida que se apagaba; la brisa inexistente que le rozaba la cara como si se tratara de un adiós, de una amarga despedida que no contempló jamás la posibilidad de escribir una carta que diera fe de un arrepentimiento que le era ajeno. Tal vez eso era, la ausencia de remordimientos y la carencia del espejo que desnuda el alma, tornaban en tinieblas un destino sellado.

—¿Hola?

—Discúlpame, espero no hayas tomado este pequeño abandono como un desplante; pero tenía otros asuntos impostergables que requerían mi presencia.

—¿Quién eres? —preguntó acurrucándose.

—Eso es irrelevante —respondió agitando las manos—; sin embargo, lo que nos trajo a este momento es crucial.

—¿Por qué estás haciendo esto?

—Estás formulando las preguntas equivocadas; “esto” como tú lo llamas, no es otra cosa que las consecuencias de tus actos maliciosos —dijo mientras abría la lluvia que se apresuraba congelada; primero algo ennegrecida, sobre el cuerpo de la prisionera que todavía lucía con ridícula elegancia su falda negra ahora polvorienta y una blusa en extremo rasgada; amén del tacón que brillaba por su ausencia y volvía más pintoresca una escena dramática.

—¡Ciérrala, ciérrala!

—Primero debes lavar tus culpas.

—Te equivocaste de persona, por favor, detente —suplicaba con la voz entrecortada por el frío y el terror que provoca el sufrimiento.

—Todos dicen que se trata de un error —exclamó—, nadie es capaz de hacerse cargo de sus propios tropiezos y afrontarlos con la hidalguía necesaria. No, no tienen la modestia, si quiera, para irse con dignidad.

—¡Estás demente!

—A la cordura se la llamó demencia durante mucho tiempo —dijo mientras cerraba el grifo—. Lo que no se comprende hoy, mañana será visto como un acto de justicia, de clemencia.

—Por favor, ni siquiera te conozco.

—En eso tienes razón —dijo con enjundia—, sin embargo yo sí te conozco a ti. He sido testigo de cuanto rumor dejaste correr. Han llegado a mis oídos las injurias más deleznables que una persona puede inventar en contra de otra ¿y todo para qué? para saciar tus propias y egoístas ambiciones.

—No sé de qué estás hablando…

—Claro que sí —dijo mientras le daba una bofetada—, disfrutas dando rienda suelta a tu lengua filosa y envenenada cuando en realidad, lo único que debieras hacer es limitarte a escuchar tus silencios mientras cierras tu asquerosa bocota.

—No sé cuál es tu problema pero soy solo una empleada, no tengo injerencia ni poder en la toma de decisiones —dijo masajeando su mejilla mientras conectaba el ensañamiento con alguna cuestión laboral.

—Sí Alicia, tienes control total sobre las decisiones que tomas y son ellas las que te trajeron a este momento sublime —dijo mientras sacaba de su bolso unas herramientas filosas.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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