Laberinto Macabro

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Capítulo IV. Clara Fergusson. Parte I

Federal Correctional Complex, Florence, condado de Fremont, Colorado.

—¿Quieres saber qué haría yo si fuera el director de esta prisión?

—Me muero de curiosidad.

—Te soltaría en el patio, en medio de los tiburones —rió a carcajadas—. Todavía no entiendo por qué, a pesar de lo que has hecho, te mantienen aislado como si hubiera que protegerte.

Thomas solo atinó a sonreír mientras ladeaba la cabeza de lado a lado, como si disfrutara su para nada cómoda nueva residencia.

—¿Puedo saber qué te resulta tan gracioso, basura?

—Ay, Luca ¿Te llamas Luca, verdad? Me temo que eres muy novato como para entender lo que realmente está ocurriendo aquí.

—¡Ilumíname malnacido!

—No estoy aislado para que los internos no puedan dañarme —sonrió de nuevo.

—¿Entonces?

—Estoy aislado para que estén a salvo.

—¿Te crees la gran cosa? —preguntó con un claro dejo de rabia—. En lo que a mí concierne eres un vulgar asesino de policías; un psicópata.

—Es curioso que lo menciones; apuesto a que ni siquiera puedes definir con exactitud la psicopatía.

—Eres un enfermo ¿te gusta más así?

—¿Acaso tengo fiebre? —preguntó en tono burlón.

—Eres un enfermo mental, eso quise decir.

—¿Te parezco esquizofrénico, depresivo o bipolar?

—¿A qué estás jugando? —preguntó frunciendo el ceño.

—Solo me aseguro de que sepas el significado de los términos que utilizas para definir a las personas.

—Por suerte pronto te colgarán y ya no tendré que vigilarte.

—Bueno, ponte cómodo, tal vez debas esperar un tiempo para eso.

—¿Crees que te libraras de la inyección? —sonrió—. Te condenaron a pena de muerte.

—Lo hicieron sí, es cierto.

—Entonces admites que te queda poco tiempo.

—A todos nos queda poco tiempo; el secreto está en cómo lo utilizamos.

—Aprecio el instante de filosofía Pitágoras pero me temo que a tu auditorio le importan un bledo tus delirios; y por auditorio hablo por mí, desde luego —dijo en forma socarrona.

—Ya veo porque te pusieron a ti como mi sirviente.

—¿Sirviente? —dijo entre dientes.

—Relájate, te oigo muy estresado.

—¿Sabes que a tu novia le ofrecieron un alto puesto en el Buro? —dijo buscando modificar el statu quo—. Y eso sin contar a tu amiguita Melody Blair, a ella la premiaron con la capitanía de la Unidad Criminal de Nueva York ¿y sabes a cambio de qué? —rió a carcajadas—. Sí, adivinaste, por ni siquiera hacer acto de presencia en el juicio que te condenó. Parece que finalmente, ellas privilegiaron sus carreras.

—Por supuesto, fue el acuerdo que hice.

—¿De qué estás hablando?

—Luca, Luca —dijo casi como un susurro—, eres muy ingenuo como para comprender la situación en toda su magnitud.

—No vas a engañarme —dijo con la voz algo difusa, remojándose los labios repetidamente con la lengua—, conozco bien tus juegos y por eso me pusieron aquí; pasé todas las pruebas.

—Pagaría lo que no tengo por ahondar en esas pruebas —dijo mientras se sentaba en el suelo.

—Sin embargo las malas lenguas dicen que sí tienes —soltó con malicia—, de hecho, afirman que para conseguirlo entregaste la vida de tu familia.

—Bueno, se dicen muchas cosas…

—Te conozco Thomas Weiz —dijo como un susurro a través de la hendija de la puerta que los separaba.

—No amigo, no me conoces —respondió acostándose sobre el suelo, boca arriba, apreciando la humedad del cielo raso—; pero puedes estar seguro de que lo harás.

—Ya te dije que no me asustas.

—Pronto se abrirá esta puerta y tu cuerpo develara la incógnita.

—¿Qué incógnita?

—Estamos en una prisión, la cárcel más segura de la Nación, y no hay sitio hacia donde correr.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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