Laberinto Macabro

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Capítulo IV. Clara Fergusson. Parte II

—¿Alguien sería tan amable de decirme por qué me sacan de la cama a las 2 de la mañana? —preguntó el detective Fallow con evidente malhumor.

—Tal vez debieras echarle un ojo al interior de la casa —dijo la detective Morris casi sin mirarlo.

—¿En serio, con acertijos a esta hora? Sé que no tenemos buena relación pero intentemos facilitarnos el trabajo.

—Amelie Wilkinson y cuatro de sus amigas fueron masacradas allí dentro.

—¿Les dispararon?

—Las apuñalaron una veintena de veces a cada una.

—¿Huellas?

—Por todas partes, pero tardaremos en analizarlas.

—¿El arma homicida?

—Falta una cuchilla de la cocina pero no la hemos encontrado aún.

—¿Crees que se trató de un robo?

—Hay cosas de valor por doquier —dijo meneando la cabeza—, además, cuando asaltas una casa no despellejas a cinco personas a no ser que seas un maldito sádico.

—O que los dueños te conozcan —susurró el detective.

—De eso no hay duda.

—¿Por qué lo dices? —preguntó frunciendo el ceño.

—La saña certifica que fue algo personal; quien quiera que lo hizo, conocía a las víctimas.

—Entonces… si el móvil no fue un robo ¿qué pasó en este lugar?

Recuérdame, recuérdame, parecía susurrar en el viento una voz irreconocible que de a poco penetraba en lo profundo de un alma desquiciada, de un ser a la deriva. Asustada por los flashes que invadían su mente, se apuró a llegar a su casa mientras imploraba en la cálida noche que fuera solo una pesadilla, el mal trago de una visita frustrada que canceló justo antes de llamar a la puerta.

—El novio de Amelie dijo que los jueves eran noche de chicas; que siempre se juntaban allí con sus amigas.

—El esposo de Raven, otra de las víctimas, dijo que era una velada especial, que una vieja integrante se incorporaba luego de mucho tiempo de ausencia.

—¿Cuál era su nombre? —preguntó el detective abriendo grandes los ojos, esperanzado.

—No lo recuerda, estaba destrozado.

—Eso no nos es de mucha ayuda, esa misteriosa mujer bien puede ser una de las damnificadas.

—Debemos investigar la vida personal de cada una de ellas —dijo el detective Fallow, ansioso por abandonar la escena—, algo me dice que esto no se ha terminado.

—¿Crees que se trate de un asesino serial? —preguntó la detective Morris frunciendo el ceño—. Creí que habíamos acordado que había sido personal. ¡Mira los charcos de sangre! Este caos no fue premeditado, parece más un impulso incontrolable de ira.

—Entonces con más razón debemos hurgar en sus vidas privadas; tal vez alguien se las tenía jurada.

—¿A todas?

—Estás matándome —dijo abriendo los brazos de par en par—. ¿Por qué nunca apoyas mis teorías?

—Tal vez porque dices lo primero que se te ocurre.

—Entonces, dime tú, sabelotodo, ¿qué debemos buscar? —dijo el detective apoyando las manos en sus rodillas, respirando agitado.

—No sé qué buscar, pero algo pasó en esa casa que hizo que una persona perdiera el control.

—¡No me digas! —respondió en tono burlón.

—No seas estúpido —dijo de inmediato—, me refiero a que el asesino no vino con la intención de matar a nadie.

—¿Ahora eres perfiladora?

—Las ventanas estaban cerradas y la puerta no fue forzada; lo dejaron entrar.

—Eso no prueba que no hubiera planeado la masacre.

—¿Y por qué usó un cuchillo de la cocina? —preguntó elevando las pestañas.

—De acuerdo, tú ganas —dijo con resignación, aceptando que su colega, finalmente, tenía un buen punto.

—Debemos averiguar más sobre la mujer misteriosa.

—¿Ya interrogamos a los vecinos? —preguntó el detective con la mirada puesta en los curiosos que se amontonaban tras las vallas en medio de calle.

—Nadie reportó nada extraño.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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