Laberinto Macabro

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Capítulo V. El profanador de tumbas. Parte I

Federal Correctional Complex, Florence, condado de Fremont, Colorado

—Gracias por recibirnos, señor.

—Díganme Thomas.

—Esto es inadmisible —susurró Luca moviendo la cabeza de lado a lado, mientras seguía a al prisionero a sol y sombra.

—Bien Thomas, creemos que tal vez puedas echarle un ojo a nuestro caso y darle una vuelta de tuerca, otra perspectiva.

—¿Por qué no? —sonrió—. A decir verdad, no tengo otra cosa mejor que hacer. Cuéntenme, de qué se trata.

—Desde hace meses que están desapareciendo cadáveres, con sus respectivos ajuares, de distintos cementerios.

—¿Me vieron cara de sepulturero? —preguntó mientras observaba las fotografías tomadas por los detectives.

—Al principio no le dimos importancia, pensábamos que eran chicos locales o pandilleros efectuando alguna clase de iniciación; pero cuando cruzaron la barrera estatal, empezamos a creer que algo definitivamente no estaba bien.

—¿Y cuál es su hipótesis?

—¿Disculpe? —preguntó el agente canoso cuyas ojeras delataban el mal trago.

—Imagino que tienen una línea de investigación.

—A decir verdad estamos por completo desconcertados —respondió con la vista hacia abajo.

—No hallamos ninguna conexión entre los cuerpos; son por completo disimiles en edad, sexo, posición económica y fecha del deceso —dijo un joven impetuoso, revoleando todo tipo de ademanes ampulosos mientras zigzagueaba en la pequeña habitación.

—Y aún nos falta la pregunta del millón —dijo Thomas dejándose caer sobre el respaldo de su silla—. ¿Querrá los huesos para hacer leña? —sonrió

—¿Está burlándose de nosotros?

—Por supuesto que lo hago; sin embargo estoy seguro de que hay algo que no me dicen.

Los detectives cruzaron miradas, mientras transpiraban la gota gorda, se debatían entre dar pocos detalles y pasar por precavidos, o exponer la magnitud del problema que les apretaba el cuello.

—¿Cómo lo sabe?

—A no ser que hubiera desaparecido el cadáver de la madre del presidente, dudo mucho que el FBI se molestase en recurrir a mí para hallar un montón de huesos.

—Es cierta la parte de la profanación de tumbas y realmente nos preocupa —dijo el experimentado detective que, con las manos entrelazadas, como si elevara una plegaria, se disponía a soltar prenda, dejando a la vista todas sus cartas.

—Pero…

—También han desaparecido diez personas de alto perfil en las últimas dos semanas.

—Me lo imaginaba —dijo asintiendo con la cabeza.

—¿Sabe quién está detrás? —preguntó el joven detective arremangando su camisa azul.

—¿Me vio cara de Nostradamus?

—¿Entonces cómo va a ayudarnos?

—Cuéntenme todo desde el comienzo, sin obviar ningún detalle, por mínimo que parezca, y al final, con suerte, estaré en condiciones de darles un nombre —dijo Thomas que parecía disfrutar el momento.

—Perdemos el tiempo.

—No podemos regresar sin una pista, sin una respuesta.

—¿Quieren discutirlo y volver mañana? —preguntó Thomas haciendo gala de su sarcasmo habitual.

—No hará falta, allí voy…

«Hace tres meses recibimos el caso. Cuando nos dijeron de qué se trataba nos reímos, no porque no consideráramos grave una profanación sino porque pensábamos que era cosa de pandilleros que iniciaban así a sus nuevos miembros. Sin embargo, eran muchos cementerios como para tratarse de un hecho aislado. Definitivamente estaba ocurriendo algo y no podíamos verlo, se nos escapaba.

—¿Investigaron las tumbas saqueadas?

—Por supuesto —respondió de inmediato—, pero nada tiene sentido; no hay un patrón.

«Algunas tumbas o mausoleos eran de personas ricas sí, pero otras, por el contrario, eran de gente común y corriente. Lo mismo ocurrió con el sexo y las edades; estas últimas eran tan disimiles que iban desde los 14 a los 60 años, atravesando, incluso, la barrera étnica.

—¿Qué dijeron sus familiares?



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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