Laberinto Macabro

Tamaño de fuente: - +

Capítulo V. El profanador de tumbas. Parte II

Corría el año 1643, una noche tétrica como cada una de las que se pierden en la memoria del tiempo, cuando una extraña mujer, que los locales conocían como Colette Tahon deambulaba sin norte aparente hasta desaparecer en la oscuridad de algún sendero inexistente. Las elucubraciones estaban a la orden del día, cabalgaban a toda prisa como el chisme falso que pretende brindar una explicación a lo irracional, a lo que desafía la vulnerable cordura de los mortales. Al cabo de unos pocos meses, la ausencia de aquella joven, que para ese entonces se había convertido en una bruja a los ojos de los aldeanos, se confundía con la leyenda, nadie se atrevía a aseverar que su paso por este mundo hubiera sido cierto; por el contrario, se convencieron de que su historia era una más de las tantas que buscaban amedrentar a los niños para obedecer las peticiones de sus padres.

Pasados diez años, nadie hablaba de ella, incluso olvidaron su nombre, pero en una cabriola pintoresca, esas que el destino brinda de vez en cuando para recordarnos que somos meros esclavos de sus antojos, unos exploradores, pichones de científicos, se adentraron en un viejo cementerio en Beunvron en Aug, en la baja Normandía, cuando notaron que muchas de las tumbas habían sido profanadas y que algunos de los mausoleos estaban abiertos, haciendo realidad la fantasía del muerto que regresa del viaje eterno.

El caso tomó relevancia de inmediato. No había sitio donde no se hablara de que el diablo estaba reclutando a sus fuerzas y se preparaba para el tan ansiado y temido juicio final.

Al poco tiempo, tal vez con un par de meses de diferencia, unos niños traviesos se escabulleron de los cuidados de sus madres y se adentraron en el campo santo de Avardin sin saber que su vida cambiaría para siempre. Esta vez no se trataba de un puñado de féretros abiertos o tierra removida, algo más aterrador habían captado sus ojos y estaban a punto de compartirlo con el mundo; o al menos con su aldea. Eufóricos y asustados comenzaron a relatar que entre los troncos resecos y la neblina narcotizante, divisaron a una mujer, de vestido elegante, como salida de otro cuento, de otro tiempo, apropiándose de los tesoros que alguna vez acompañaron a los desdichados que ahora, sin más defensa que el pánico momentáneo que provocan un par de huesos destartalados, veían saqueada su eternidad.

Por supuesto la asociación con aquella mujer devenida en fantasma nocturno no se hizo esperar. El terror se apoderó de todos a las afueras de París; chicos y grandes, hombres y mujeres, púberes y ancianos estaban unidos por un sentimiento inenarrable parecido a la desolación que los acompañaría hasta el final de sus vidas.

—La verdad, muy hermoso el cuentito ¿Pero qué tiene que ver con nuestro caso?

—Tranquilo, no seas impaciente —dijo Thomas volviendo a cerrar los ojos para adentrarse, de nuevo, en un pasado tan pasado que apenas un puñado de páginas humedecidas, de libros ausentes de las más afamadas bibliotecas, eran capaces de rememorar.

«El siglo XVIII no podía darse el lujo de ser menos que su predecesor y evitar las infames historias de ultratumba que helaban la sangre de cualquiera que, más no sea por curioso, prestase sus oídos para embeberse de lo que nunca debió haber ocurrido. Y así fue, en la década de 1780, unos trabajadores, que habían pasado la noche bebiendo en una taberna, regresaban a casa cuando se percataron de unos ruidos muy extraños que parecían provenir del cementerio de Josefov, en Praga. Algunos aventuran que tal vez el efecto del alcohol fue lo que impulsó su curiosidad y los bañó de valor para adentrarse en aquel viejo cementerio.

A decir verdad, a nadie sorprendía la profanación, después de todo, amigos de lo ajeno y buscadores inescrupulosos de tesoros hubo siempre; sin embargo, lo llamativo, lo que alertó a la ciudad entera, fue el relato que exponía con lujo de detalles a una mujer rubia, de fino tocado y ropas elegantes, llenar de vasijas y otros artefactos de oro una carreta que no era tirada por caballos ni ningún otro animal. Para desgracia de los testigos, su estado de ebriedad les jugó una mala pasada y no tardaron en convertirse en el hazme reír del lugar y al cabo de poco tiempo todos olvidaron lo que supo ser una divertida pero falaz historieta.

Las coincidencias con aquella mujer francesa eran demasiadas. ¿Cómo pudieron aquellos beodos analfabetos describir a Colette Tahon más de un siglo después y a miles de kilómetros de su París natal? La respuesta obvia es que solo fue coincidencia; la mente creativa de tres sujetos ansiosos de fama que lograron por un momento acaparar la atención de todos los habitantes. Pero si dos son coincidencia, tres es un patrón. Igual que un asesino serial que asecha a su presa hasta decidirse a realizar su fantasía, la rubia misteriosa regresó para encandilar y aterrar a dos jovencitas que esperaban a sus galanes en el interior de Donskoie, uno de los camposantos más antiguos de Moscú.

—¿Qué hacían dos mujeres esperando a sus parejas en un cementerio, acaso no existían parques o sitios un poco más acogedores?



Sebastian L

#2505 en Thriller
#1426 en Misterio

En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar