Laberinto Macabro

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Capítulo VII. Harriet Wallsh. Parte I

Arvada, condado de Jefferson, Colorado. 

—Escoge a alguien de una vez, ya me estoy hartando de estar aquí.

—Por favor ya no lo hagas.

—Tú quisiste acompañarme, ahora actúa como adulta y deja de lloriquear —le recriminó estrechando con violencia ambas manos sobre el volante de la furgoneta—. Ya me atrasaste demasiado.

—¿Qué vas a hacer?

—Pues elegiré yo por ti; evidentemente no estás lista para convertirte en una mujer con todas las letras.

—¿Disculpa? —preguntó fulminándolo con la mirada—. Creo haberte dado sobradas muestras de mi personalidad. ¿O acaso quieres que te recuerde lo que hice por ti?

—¿Tú hiciste por mí? —espetó tomándola fuerte de las muñecas—. Te hice un favor y todavía aguardo que lo agradezcas.

—Jamás te pedí que lo hicieras.

—Encima tienes el tupé de lavarte las manos —dijo entre carcajadas fingidas—. Lo disfrutaste tanto como yo. Todavía recuerdo el goce que se dibujaba en tu rostro con cada estocada.

—Y me prometiste que sería la última vez.

—¿Qué puedo decirte? No puedo evitarlo.

—¡Inténtalo! —suplicó—. No es tarde para arrepentirse y vivir una vida normal.

—Aburrida querrás decir.

—Solo imagina lo felices que seríamos viviendo juntos.

—Y lo seremos —dijo mientras apagaba las luces de la camioneta—. Pero es contraproducente reprimir las pulsiones que conducen al paraíso.

—¿Entonces será siempre así?

—Mira lo que tenemos allí —dijo fijando la vista en una joven universitaria que aguardaba en la esquina la llegada de un taxi.

—Por favor…

—¡Ni siquiera te atrevas a persuadirme! —interrumpió vehemente, jalándole el caballo con extrema rudeza—. Y será mejor que no falles o te juro que lo lamentarás. ¡Sal y has tu maldito papel!

Con asiduidad resulta en vano disfrazar de esporádico lo permanente. Del mismo modo, pretender disfrazar de bondadoso algo tan virulento como el agujero negro que absorbe todo a su paso, equivoca el elixir y no hace más que alimentar aquello que por naturaleza no debiera ser saciado.

—¡Auxilio! ¡Auxilio! Por favor que alguien me ayude.

—¿Te encuentras bien? —preguntó desde lejos aquella jovencita de tez blanca y cabello trigueño, avanzando timorata en dirección a los gritos desgarradores.

—Me lastimó, me lastimó mucho —sollozaba tambaleándose sobre el cordón de la vereda.

—Tranquila —dijo parándose frente a ella, estirando sus brazos para tomarla y evitar lo que parecía un inminente desvanecimiento—. Llamaré a la policía.

—No lo hagas, él te matará.

—¿Quién? —preguntó frunciendo el ceño, retrocediendo por inercia.

—Perdóname, te juro que no quería hacerlo.

Abandonado su papel, sus dotes de actriz cada vez más pulidos, se disculpó antes de que su novio sorprendiera por detrás a la desdichada y desprevenida que cometió el error imperdonable de acudir a socorrer a un alma en pena. Ahora, a merced de sus captores, solo le quedará implorar clemencia y mantener viva la llama de la esperanza, a la espera de gastar ese milagro tan necesario que no siempre se concede.

—Por fin despiertas bonita —dijo mientras abría el estuche que reposaba sobre la mesa redonda de aquella oscura habitación.

—¿Quién eres? ¿Por qué están haciéndome esto?

—¿Y qué te estamos haciendo exactamente? —preguntó con sorna.

—Por favor tengo dinero, mi padre tiene mucho dinero; si me dejan ir…

—¿Te parece un secuestro? —preguntó abriendo grandes sus ojos marrones antes de soltar una carcajada.

—Por favor, no me lastimen.

—Alexa ¿Te llamas Alexa, verdad? —preguntó mientras acariciaba sutilmente las piernas de su prisionera que se hallaba colgando del techo, con las manos atadas a un gancho que le impedían tocar el suelo—. Relájate, estás a punto de vivir una experiencia inigualable.

—¡No me toques!



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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