Laberinto Macabro

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Capítulo VII. Harriet Wallsh. Parte II

Federal Correctional Complex, Florence, condado de Fremont, Colorado.

—Alexa Brighton —dijo el detective arrojando su foto sobre la mesa—. Es la séptima víctima en cuatro semanas.

—Tal vez la prisión afectó mis matemáticas pero yo cuento seis —respondió Thomas observando los expedientes.

—Allí falta Harriet Wallsh —respondió de inmediato—, jamás encontramos su cuerpo, creemos que fue la primera.

—¿Y cómo están seguros de que…

—Desapareció junto a su mejor amiga hace poco más de un mes—interrumpió—. El cuerpo de Shelby Dunne fue hallado en un basural pero no encontramos a Harriet; vaya a saber lo que ese malnacido hizo con ella.

—¿Qué saben de la tal Harriet?

—¿En serio vamos a poner el foco en la víctima?

—Si todas las mujeres que el asesino capturó aparecieron en un basural; de seguro existe un motivo o trasfondo por el que no hallaron a esa joven.

—Tal vez la tiró al río o conservó su cuerpo para continuar con sus rituales —dijo abriendo los brazos de par en par.

—Tal vez sí, tal vez no.

—¿Para eso vine hasta acá? —se preguntó ladeando la cabeza de un lado a otro, con las manos en jarra—. Pensaba que podías ayudarnos a detener esta locura.

—Eso intento.

—¿Quieres el historial de esa inocente?

—Pretendo conocerla mejor.

Con los ánimos caldeados y el inevitable prejuicio que generaba Thomas en la mayoría de los detectives de la nación, se abrió el telón de una nueva y poco convencional investigación que buscaba echar luz o, al menos, aportar un nuevo punto de vista a un cuadro cada vez más ennegrecido por la inaceptable impunidad.

Sin embargo, pese a la reticencia inicial y la incomodidad lógica que provocaba enfrentarse a uno de los criminales más audaces, veían en estas entrevistas la oportunidad propicia para hacer el ego a un lado y aceptar cualquier ayuda que pudiera guiarlos en sentido correcto, incluso, si eso significaba, en ocasiones, sacar a relucir la propia inoperancia.

—Aquí tengo lo que pediste —dijo regresando a la sala que servía de punto de reunión con una decena de hojas recién impresas—. Harriet Wallsh tiene 23 años; es soltera; sus padres murieron cuando tenía seis y desde entonces quedó a cargo de su tío materno y su esposa; únicos familiares en el Estado.

—¿Ellos denunciaron la desaparición?

—No exactamente. Ambos fueron detenidos hace cuatro años por vender metanfetamina. Ella todavía purga la condena.

—¿Y su tío? —preguntó Thomas elevando las pestañas.

—Murió en el patio de la prisión hace tres meses en una situación poco clara; se cree que fue una rencilla entre internos.

—Interesante —dijo esbozando una mueca parecida a una sonrisa—. ¿Qué tipo de relación tenían?

—¿En serio hace falta todo esto?—preguntó frunciendo el ceño—. Tenemos un criminal que detener.

—Compláceme.

—Harriet ingresó al hospital una veintena de veces cuando era adolescente; casi siempre por contusiones o traumatismos —dijo cambiando el tono mientras leía—. Sí, sé lo que vas a sugerir y la respuesta es afirmativa.

—¿Y la asistente social?

—La niña jamás culpó a sus tíos; decía que eran por andar en bicicleta, caer por las escaleras, lo típico.

—¿Los visitaba con asiduidad en prisión?

—No lo sé ¡Estamos perdiendo el tiempo! —gritó mientras revoleaba los papeles contra el suelo.

—Busca los registros de visita.

—Ya no bailaré tu melodía —espetó—. Solo quieres acumular detalles para adornar tus aberrantes pensamientos.

—¿Quieres hallar a Harriet o prefieres continuar tu deprimente melodrama?

Una vez más, acorralado por la situación apremiante, el detective se apuró en satisfacer la curiosidad de Thomas con la esperanza de obtener, a cambio, la respuesta que había ido a buscar.

—Sí, no dejaba semana sin visitar a su tío.

—¿Cuándo fue la última vez que lo visitó?



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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