Laberinto Macabro

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Capítulo VIII. Hansel y Gretel. Parte I

—Un excursionista reportó haber encontrado restos humanos cerca de uno de los senderos en el Bosque Nacional de Coronado

«Algún aventurero desafortunado, pensamos al oír la noticia. Te imaginarás nuestra sorpresa cuando el forense nos dijo que los huesos pertenecían a niños, menores de 12 años, a dos para ser exactos.

—Estuve allí hace un par de años, buscando a unas campistas desaparecidas.

—¿En serio? —preguntó abriendo grandes los ojos de cielo.

—Terminé en el hospital después de que un caníbal me disparara con una flecha —recordó Thomas tomándose el abdomen.

—Qué curioso —susurró la detective—. Casi todos los huesos que hallamos estaban roídos, como si una jauría los hubiera despedazado.

—Sonará morboso pero ¿Se sabe si estaban vivos al momento de…

—Eso es lo de menos —interrumpió mirando al techo, buscando respuestas en medio de un mar de interrogantes—. Ordené peinar la zona por si se trataba de un demente, de esos que se refugian al amparo de la oscuridad.

—¿Lo encontraron?

—Lo único que hallamos fueron, al menos, otras 12 víctimas —dijo con un hilo de voz, abatida—. Estaban separados por cientos de kilómetros, esparcidos a lo largo y a lo ancho del bosque.

—Y pensaron en la posibilidad de un asesino serial.

—¿Sabes que es lo más confuso de todo?

—Supongo que me lo dirás en este instante.

—Ningún familiar reportó sus desapariciones —sonrió—. Algunos de ellos llevaban allí más de seis años.

¿Y nadie se había topado con ningún cuerpo en tanto tiempo?

—Los lugareños no entran a ese bosque, le temen. Viejas historias que se remontan a los orígenes del tiempo supongo —respondió poniéndose de pie, como si caminar, más no sea en una habitación de dos por tres, calmara la tribulación.

—¿Y qué excusas presentaron los padres?

—Cartas.

—¿Cartas?

—Todos y cada uno nos enseñaron viejas misivas, escritas de puño y letra, de un supuesto secuestrador que amenazaba con asesinarlos si daban aviso a la policía.

—Entiendo la angustia y la parálisis inicial pero al cabo de unos días, cualquier padre se hubiera contactado con las autoridades.

—¿Qué crees que haya ocurrido en ese lugar? —preguntó la detective frunciendo el ceño.

—Bueno, con tan pocos datos no puedo ser de mucha ayuda.

—Todas son familias humildes, sumidas en la más extrema pobreza.

—Los pobres siempre han sentido mucho apego por sus hijos.

—La desazón fue sincera —dijo mientras se hacía un rodete en el pelo—. Al enterarse del hallazgo todos rompieron en llanto, no fingían. Esa gente realmente estaba desahuciada.

—¿Los niños pertenecían a la misma comunidad o provenían de distintos sitios?

—Todos eran de South Tucson; una ciudad con esencia de pueblo —respondió de inmediato

—Bueno, eso reduce la búsqueda de nuestro asesino.

—La pregunta del millón es ¿A quién estamos buscando?

—¿Ya descartaron motivos raciales, sexuales o de cualquier índole?

—El único patrón que se repite son las parejas —dijo elevando las pestañas.

—¿Las parejas?

—Un niño y una niña.

De repente, todo tenía sentido para Thomas. Un niño y una niña, familias inmersas en la pobreza y un bosque siniestro que simbolizaba para los locales algo más que mera vegetación, parecían ser las piezas de una obra escrita hace siglos que todos conocen pero ya nadie recuerda.

—¿Dices que sus padres son inocentes?

—Bueno, la congoja parecía sincera y ninguno tenía antecedentes —respondió con un brillo en los ojos, consciente y expectante de que Thomas trajera algo entre manos—. Además, son 14 niños; de ser los padres los responsables de tan abominable crimen, se trataría de una suerte de pacto.

—Es cierto —susurró—. Debemos pensar en alguien que esté familiarizado con la literatura medieval.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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