Laberinto Macabro

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Capítulo VIII. Hansel y Gretel. Parte II

Bosque Nacional de Coronado, Arizona.

—Vamos Peggy, Apúrate; pronto oscurecerá.

—Tengo hambre y muchísimo frío —respondió tiritando, deslizando los dedos por su cuerpo para calentarse.

—Debemos hacer una fogata cuanto antes; solo eso nos mantendrá a salvo de los depredadores.

—¿Crees que mañana vendrán por nosotros?

—Ya perdía las esperanzas —dijo mientras cortaba unas ramas secas.

—¿Entonces moriremos aquí? —preguntó abriendo grandes sus ojos marrones, desfigurando sus mejillas, pálida.

—Existen otras alternativas.

—¿Cuáles? Ella dijo que no saliéramos o lastimaría a mi mamá.

—Sí, lo sé, también amenazó con lastimar a mi familia, pero no podemos quedarnos de brazos cruzados. Ya pasaron tres semanas.

—¿Oíste eso?

—Fue como un aullido —dijo soltando la leña que había recolectado.

—¿Matt? —dijo mientras retrocedía por inercia, al compás del terror que la invadía.

—¡Corre! ¡Corre Peggy!

Resulta desolador contemplar los sigilosos alaridos que se apoderan de una noche carente de magia, vacía de estrellas; recubierta por un halo indescifrable que gusta disfrazar de compañía la soledad más desabrida mientras apuñala las agónicas y frágiles ilusiones que, para su sorpresa y pesar, resisten refugiándose en un mundo tan inocente como infranqueable, tan tibio como irreal.

Nadie sabe qué ocurrió con Matt y Peggy; su rastro se perdió como la brisa entre los senderos. Los lugareños aventuran afirmar que el eco de sus risas se esparce con en el sutil bamboleo de las hojas de los árboles y, los excursionistas extraviados, por su parte, no se cansan de repetir que en el silencio de la pena, cuando todo se adormece, pueden oírse los susurros que muestran el camino a casa. Quién sabe, lo único realmente incontrastable es que un ser perverso, de esos que nunca muestran las cartas, era el responsable de las desapariciones y de los vientos de muerte que supieron ceñir en la tragedia a una ciudad entera.

—¿Olga, se acuerda de mí? —preguntó con una sonrisa complaciente dibujada en los labios—. Soy la detective Emily Sinclair; estuve aquí hace algunos meses.

—¿En qué puedo ayudarla detective? —preguntó con la voz apagada.

—Me imagino que escuchó hablar de otros niños desaparecidos.

—Es un pueblo chico.

—Llevo meses preguntándome cómo es que su hijo, y los otros niños, aparecieron en el bosque.

—¿Y llegó a alguna conclusión o solo regresó para atormentarme? —preguntó desafiante.

—El resto de los padres se niega a cooperar pero confío en que tú recapacites y entiendas que tienes el poder de salvar a otras criaturas.

—¿Acaso está acusándome?

—Te engañaron Olga —le dijo tomándola de las manos—. Confiaste en la persona equivocada y te defraudó; te arrancó lo más valioso que tenías.

—No sé de qué está hablando —dijo soltándose, quitándose las lágrimas traviesas que escapaban contra su voluntad.

—¿Qué te prometieron? Dímelo, puedo detener esta locura, pero necesito tu ayuda.

—¿Cree que entregué a mi hijo a cambio de dinero?

—Katherine Bornn

—¿Qué pasa con ella? —preguntó con el rostro desfigurado, tirándose hacia atrás.

—Es la culpable de toda esta barbarie.

—No sé quién es.

—No la cubras —insistió—. Ella ya no puede hacerte daño.

—Usted no sabe de lo que son capaces.

—¿Acaso asesinar a una decena de niños no es muestra suficiente?

Olga se derrumbó. Se desplomó con las rodillas en el suelo y por fin se permitía llorar a su hijo despojándose de la culpa que tornaba imposible el consuelo. Años de agonía, noches en pena adheridas a los crueles remordimientos que estrujan con violencia el alma, estaban por fin en jaque, a una confesión de esfumarse.

—Dijo que de adultos volverían; que era necesario para que tuvieran una vida distinta, algo mejor de lo que habíamos tenido nosotros.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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