Laberinto Macabro

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Capítulo IX. La boda. Parte I

Seattle, Condado de King, Estado de Washington.

—¿Cómo pudiste hacerme esto? —preguntaba mientras daba puñetazos contra la pared—. Teníamos planes, sueños, un futuro idílico juntos.

—¿De qué estás hablando?

—Maldita ramera —susurró—. La culpa es mía por haber confiado en una mujerzuela.

—Cálmate, por favor —suplicaba mientras el llanto destrozaba el rímel y echaba por tierra horas de maquillaje—. No sabes lo que estás diciendo.

—¿Ahora intentarás culparme a mí de tu lascivia?

—Solo quiero irme de este sitio; mi novio me espera en la iglesia.

—No, claro que no —dijo con los ojos desorbitados, fuera de sí—. Jamás permitiré que luego de elaborar la receta, otros disfruten el postre. Te daré otra oportunidad para que te disculpes por tu traición.

—Necesitas ayuda médica.

—Lo que necesitaba era fidelidad, pero a la vista está que preferiste revolcarte con cuanto sujeto se cruzara en tu camino.

—Voy a casarme con Lían porque es mi novio hace seis años —dijo sin poder detener las lágrimas.

—Yo debiera ser quien te espere en el altar —respondió apretando los puños.

—Déjame ir, por favor…

—¿Para consumar tu traición?

—Amo a Lían —dijo con firmeza—. Y a ti también pero lo que pides no puedo dártelo; estás confundido.

—Claro que puedes…

—Voy a casarme, lo quieras o no —dijo abriendo grandes los brazos, enseñando el precioso vestido blanco que la envolvía.

—¿Y no te importa que el mundo te diga ramera y te mire con desdén?

—Solo tú me dices así —respondió con un hilo de voz, apenada—. Soy una mujer normal que se enamoró de un hombre maravilloso que debe estar esperándome.

—¿Maravilloso ese bueno para nada? Antes sabías realmente lo que era bueno.

—Esta conversación se terminó.

—¡Yo digo cuando termina! —gritó dándole una patada a la puerta de aluminio—. ¿Recuerdas cuando lo hicimos en el cine? ¿Y aquella ocasión en la playa? Él no puede brindarte esa adrenalina.

—¿Qué? —preguntó con los ojos desorbitados—. Lo tuyo es más grave de lo que pensaba.

—¿Qué quieres decir?

—No estás en tus cabales —dijo mientras avanzaba hacia la puerta.

—¿Por qué viniste a verme entonces? Mírate, preparada para dar el sí y sin embargo lo retrasas porque sabes que es un error. Estás arrepentida.

—Vine porque me dijiste que necesitabas verme urgente.

—¿Y lo creíste? —rió mientras ladeaba la cabeza—. Ambos sabemos lo que quieres y voy a dártelo.

—No te me acerques —dijo retrocediendo.

—Ya no jugarás conmigo nunca más —dijo antes de abalanzarse contra su presa decidido a realizar su fantasía.

Un alma perturbada puede llegar hasta el límite de lo insospechable para satisfacer un deseo reprimido, pero una mente confundida, puede incluso, sobrepasar toda barrera que bloquee su visión distorsionada, acercándose peligrosamente al punto sin retorno de una fantasía que se percibe tan real como la sombra que la envuelve.

—Por favor, díganme que los rumores no son ciertos —dijo el inspector acerándose al cuerpo.

—Me temo que hay malas noticias —respondió su compañero—. Mirna Farwod, 31 años, la causa de muerte está aún por definirse; la forense cree que pudo ser la lesión en la nunca al golpear con la saliente de aquel escalón —dijo señalando una vieja escalera que llevaba a los pisos superiores.

—¡Maldita sea! —se lamentó—. Pon a todo el equipo a trabajar; necesitamos un sospechoso para ayer.

—El novio es nuestro mejor candidato.

—Llevaba más de una hora esperando en la Iglesia —dijo mientras ladeaba la cabeza.

—Pudo haber contratado a alguien, no sería la primera vez.

—De acuerdo; haz una lista de todas las personas que forman parte de su círculo íntimo y llévalas a la oficina; debemos interrogarlos a todos.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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