Laberinto Macabro

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Capítulo IX. La boda. Parte II

—¿Ahora que los detectives recurren a ti para resolver crímenes te sientes importante, cierto?

—Solo me mantengo ocupado, no hay mucho que hacer en mi celda —respondió Thomas con el toque justo de sarcasmo.

—Aunque debo admitir que no me extraña en absoluto; nadie mejor que un asesino despiadado como tú para ingresar en la mente de otros de tu calaña.

—¿Me provocas para conocer mi reacción o solo lo haces para despilfarrar una cuota de tus frustraciones?

—Solo me cuestiono a diario cuándo será el día de tu ejecución…

—¿Acaso te aburre mi compañía? —preguntó con sorna mientras caminaba esposado por un largo pasillo—. Admite que has aprendido más en estos días que en los años que llevas como guardia cárcel.

—¿Crees que soy un simple pasarela?

—Sé muy bien quién eres y por qué pediste que te asignaran mi cuidado.

—Estás vacilando —dijo con la voz entrecortada.

—Tranquilo Luca, tu secreto está a salvo conmigo.

—¿Ahora eres psíquico?

—No, soy un vulgar asesino —respondió antes de ingresar al cuarto de interrogatorios—, pero tengo la peculiar habilidad de no olvidar un rostro jamás.

Era una de esas noches que no invitan a dormir, que te incitan a permanecer despierto para captar ese mundo desquiciado que solo se aprecia bajo la luz de la luna; momento propicio para abrir los ojos ciegos y captar la oscuridad que se yergue impune frente a todos, sin ánimos de ocultarse, relamiéndose en el desconcierto generalizado que no hace más que levantar polvareda y poner en jaque una investigación repleta de indicios y vacía de certezas.

—Siéntese señor Weiz —ordenó un hombre de fino traje, cuya camisa grisácea combinaba a la perfección con las incipientes canas que asomaban en su cabeza y también en su prolija y recortada barba.

—Imagino que es algo grande —dijo antes de obedecer.

—¿Lo dice por el horario?

—Para que el FBI venga a visitarme a la prisión debe haber una buena excusa.

—Es más sencillo de lo que aparenta —dijo el detective sacando decenas de fotografías de un sobre papel madera.

—Lo escucho.

—Ayer asesinaron a Mirna Farwod —soltó ante la pasividad de Thomas—. ¿Acaso no la conoce?

—¿Debiera?

—Es corresponsal de una de las cadenas más importantes de televisión a nivel mundial.

—No miro televisión —dijo mientras pasaba revista de las fotos—; aunque ya que lo menciona no me opondré a que instalen una en mi celda.

—¡Déjate de tonterías! —gritó desaforado—. No vine hasta aquí para que me tomes el pelo.

—¿Y a qué vino? —preguntó frunciendo el ceño—. Buena calidad, por cierto —dijo mientras echaba sobre la mesa el pilón de fotografías.

—La mataron el día de su boda —dijo masajeando su barbilla—; de hecho, ocurrió horas antes de que diera el sí. Tenía puesto el vestido y su novio aguardaba en la iglesia.

—Le aseguro que yo no me moví de está…

—¡Cállese! Nadie está echándole la culpa a usted —dijo incrédulo, abriendo grandes sus ojos cansados—. Necesito que mire las fotos y lea las transcripciones de los interrogatorios y nos diga quién lo hizo.

—¿Es en serio? —preguntó entre risas—. ¿Acaso cree que soy una suerte de Dios?

—Me dijeron que usted era el mejor, el único que podía ayudar a resolver este caso antes de que la gente se exaspere más de lo que ya está.

—¿Y cómo sabe que interrogaron al asesino?

—Como le dije, ella arribó a esa estación abandonada con el vestido puesto…

—Conocía a su cita —interrumpió.

—Y creyó oportuno e imperioso acudir.

—Quiero ver los interrogatorios.

—Aquí tiene las transcripciones —dijo mientras hurgaba en su portafolios negro.

—Necesito verlos —sentenció—. Los culpables dicen más con la postura que con palabras.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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