Laberinto Macabro

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Capítulo X. Anthony Rowling. Parte II

Pobre de aquellos que viven con sobrada jocosidad una vida vacía, recostándose al amparo de la nada, parafraseando a diario a viejos poetas olvidados, incluso, por las palabras que afirmaban jamás haber escrito. Pobre de los infames que se desvelan por la noche, prisioneros de un bostezo que no llega, conformándose con la catarata de ideas non santas que invaden su mente y los retan a desafiar su propia cordura pero prefieren, asustados, temblorosos, fingir que sueñan con lo idílico de una obra cuyo director los desafectó por desabridos y se consuelan, entonces, fisgoneando desde un palco anegado lo que pudo ser suyo y no se animaron a abrazar. Del mismo modo, aunque con un tinte algo más tétrico y patético, están aquellos que se compadecen de sí mismos mientras abren la boca repleta de moscas para escupir una distorsionada forma de justicia que no toma en cuenta la proporción sino la impunidad del acto que consideran inadmisible. Así, empalagándose con la agrura de un limón estrujado, la sombra de la muerte deambula por las calles paciente, inalterable, a la pesca de los corruptos que contaminan, con su sola presencia, con su sola respiración, la sociedad.

—¿Qué tenemos? —preguntó Melody ni bien llegar a la escena.

—La víctima es Anthony Rowling, 34 años, gerente del Banco de Crédito de la Ciudad de Nueva York —respondió el Agente Carter, primero en arribar al lugar.

—¿Causa de la muerte?

—Dicho vulgarmente… lo degollaron —respondió la forense llevando las manos a su garganta.

—¿Qué más tenemos? Me dijeron que le amputaron las manos.

—Sí, lo hizo ante mortem.

—¡Dios Santo!

—¿Saben si era casado o tiene familia en el área? —preguntó Gordon mientras eludía la vista del cuerpo tendido.

—Estamos averiguando.

—¿Algún testigo?

—Dos jóvenes encontraron el cuerpo mientras circulaban en bicicleta —dijo el oficial señalando a los muchachitos que todavía estaban en shock.

—Interróguenlos, tal vez vieron algo sin percatarse —ordenó Melody.

—De inmediato.

Es difícil confiar en uno mismo, con los sentidos alerta, a la espera de un acontecimiento varado, que nunca llega a destino; lo es más, por supuesto, en estado de relajación, cuando estamos tan distraídos que la propia muerte nos mira de reojo o, incluso, nos proporciona un empujón malicioso sin que siquiera nos percatemos de su presencia.

—Uno de ellos dice haber visto un auto negro salir a toda marcha minutos antes de toparse con el cadáver, pero nada específico.

—Bien, estamos como al comienzo —dijo Melody frotándose las manos—. ¿Alguna novedad de su familia?

—Era soltero, sin hijos, sus padres viven en Las Vegas; Charlotte investiga sus cuentas y actividades en línea.

—Vayamos a ese banco —ordenó—, obtendremos más información de sus colegas y empleados.

En cuestión de minutos, pasado el mediodía, llegaron hasta la sede central del BCNW en el condado de Erie para entrevistarse con los colegas del gerente desdichado y echar algo de luz sobre su repentino y lamentable deceso.

Ni bien llegaron, los detectives pudieron observar que no existía un clima de tristeza, de congoja, mucho menos de pesar; por el contrario, todo parecía normal, como si el asesinato del gerente no moviera la aguja en un reloj que no dejaba de correr a tiempo.

—Soy la detective Blair y él mi compañero el detective Tasman —se presentó en el 8º piso enseñando su placa—. ¿Usted era la secretaria del señor Rowling?

—Sí, todavía no caigo —respondió poniéndose de pie para estrechar la mano de los oficiales.

—¿Hace cuánto trabaja en esta compañía?

—Apenas dos meses.

—¿Estamos por buen camino si creemos que usted manejaba la agenda de su jefe?

—Yo concertaba sus citas, si a eso se refieren —dijo mientras abría con celeridad la botella de agua que reposaba al costado de su computador.

—¿Notó algo extraño las últimas semanas? Algo en su comportamiento, llamadas misteriosas, cualquier cosa fuera de lo común que lo pusiera nervioso.

—No, en realidad no.

—¿Sabe si tenía algún amorío o estaba viendo a alguien? —preguntó Gordon buscando abrir el cerrojo infranqueable que presentaba la administrativa.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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