Laberinto Macabro

Tamaño de fuente: - +

Capítulo XI. El verdugo. Parte I

—¿Sabe por qué está aquí señorita Blair?

—Supongo que quiere respuestas inmediatas…

—Tenemos mucha confianza en usted —dijo mientras llenaba su vaso de escocés—, todavía creemos que tomamos la mejor decisión al darle la capitanía de la Unidad pero necesitamos un sospechoso, un rostro visible.

—Lo sé señor pero yo…

—¿Recuerda que pidió una licencia para acompañar el embarazo de la detective Turner? —interrumpió.

—Estoy completamente al día con lo que ocurre aquí —dijo frotándose las manos, comenzando a transpirar.

—La cúpula sostiene que ha sido demasiado tolerante—dijo el comisionado mientras escribía en un pequeño papel cuadrado—. Ya no habrá consideraciones especiales.

—Tenemos una pista seria, se lo aseguro.

—No lo dudo —dijo extendiéndole aquel mensaje misterioso que puso a Melody entre la espada y la pared.

Sobre llovido, mojado. A escasos días de haber regresado a la ciudad que la vio nacer y crecer como detective, Melody se enfrentaba a los férreos y despiadados tiempos de la política que rara vez se condicen con la paciencia y frialdad que requiere una investigación que busca, ni más ni menos, detener a un asesino serial.

—¿Qué fue lo que te dijo? —preguntó Gordon ante la avalancha de todo el equipo sobre su capitana.

—Me dio un ultimátum.

—¿En tu primer caso? —preguntó Luisa frunciendo el ceño.

—24 hs es todo lo que tenemos para hallarlo…

—Tiene que ser una broma —vociferó Alan tomándose la cabeza.

—Yo no lo culpo, tiene razón —dijo Melody con las manos en los bolsillos de su pantalón.

—¿Por qué los defiendes? —se quejó Gordón ladeando la cabeza—. Si fuera tan fácil detener asesinos cualquiera lo haría.

—Los ciudadanos están comenzando a sentir que una sombra como la del Asesino de las Rubias ha vuelto a emerger.

—¡Eso es una estupidez! Aquello fue una vil conspiración.

—¿Y ahora qué haremos? —preguntó Luisa desanimada, resignada al fracaso.

—Volver a entrevistar a todos —dijo Melody con firmeza, alentando al grupo alicaído—. Sé que en algún sitio confluyeron con el asesino.

—De acuerdo —resopló Gordon—. ¿Y qué hay de las nuevas víctimas?

—Comenzaremos por allí; algo debe conectarlas.

—¿Cómo lo sabes?

—Es la primera vez que deja dos cuerpos; algo debe relacionarlos y cuando lo descifremos, estaremos un paso más cerca de detener a ese malnacido.

—Y de mantener nuestro empleo —soltó Alan despertando las carcajadas de sus compañeros, menguando la pesadumbre que flotaba en el ambiente.

El rompecabezas tomaba forma y las piezas faltantes eran apenas un reto a la imaginación, a la anticipación, una prueba que desafiaba la capacidad poco probada de los inexpertos agentes, guiados por una mujer brillante que comenzaba a sentir el peso del mundo sobre sus hombros.

—Gracias por aceptar hablar con nosotros señorita Rodríguez.

—Estoy temblando —dijo mostrando sus manos danzar al compás del terror—. Pienso que es una pesadilla.

—Tranquilícese ¿quiere un vaso de agua?

—Estoy bien, cuando antes terminemos con esto mejor.

—¿Era usted la empleada doméstica de Brandy Vudelev?

—No, era su niñera —respondió secando las lágrimas de sus ojos—. Yo cuidaba a sus dos hijos cuando ella estaba fuera.

—¿Y con qué frecuencia ocurría eso?

—Bueno… ella tenía una vida nocturna agitada —carraspeó—. No sé de qué trabajaba, no me inmiscuyo en la intimidad de las personas pero sí puedo decirles que sea lo que fuere, le permitía mantener su elevado costo de vida.

—A decir verdad no hemos logrado detectar ningún empleo ¿cree que estaba involucrada en cosas turbias?

—Solo me dedicaba a cuidar a los niños, lo siento —se lamentó.

—¿Sabe de alguien que quisiera lastimarla? —insistió Gordon.



Sebastian L

#262 en Thriller
#131 en Misterio

En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar