Laberinto Macabro

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Capítulo XI. El verdugo. Parte II

Se escondió, como se oculta el sol por las noches; se escabulló, al igual que la luna cuando siente la claridad quemar su cielo. Se enfureció, se encolerizó como un ciclón que no repara en el esfuerzo que arrasa con enjundia, guiado por la inercia que le impide compadecerse. Se quebró, se deterioró como las hojas otoñales que reclaman libertad y se desploman, se apagan, suicidándose en un vuelo que se privó de reservar pasaje de vuelta.

—¿Qué averiguaron? —preguntó Alan custodiando la escena donde fueron arrojados los cuerpos, al ver a sus colegas arribar.

—Tenemos una pista.

—¿De qué se trata?

—Creemos saber cómo elige el asesino a sus objetivos —dijo Gordon asintiendo con la cabeza—. Es algo rebuscado y difícil de determinar pero es algo.

—¡Hablen!

—Irma Rodríguez, una joven que trabajaba en la casa de nuestras víctimas, dijo haber contado ciertas intimidades, como quien no quiere la cosa, en reiteradas ocasiones, mientras se trasladaba de un hogar al otro.

—¿A quién?

—A los choferes de Transit.

—¿Y eso qué es? —preguntó Luisa con sus ojos negros bien abiertos.

—Es una aplicación para contratar un auto, como si fuera un taxi —respondió Melody esbozando una sonrisa—. Charlotte investiga sus datos en estos momentos.

—¿Eso es todo? —preguntó Alan abriendo los brazos de par en par—. ¿Qué hay de las redes sociales o clubes nocturnos?

—No descartamos nada aún —respondió Gordon con las palmas hacia abajo—. Debemos averiguar si el resto de los involucrados también contrataron ese servicio.

—Vayamos a Johnson & Johnson tal vez esas mujeres nos saquen de la duda —dijo Luisa poniendo manos a la obra.

Es difícil explicar el sabor de la victoria pero más complicado resulta digerir el aroma a derrota que impregna el ambiente, asegurándose de bloquear cualquier sensación gratificante que pueda enderezar un destino escrito con una sustancia espesa que más que sangre se asemeja a un lápiz labial barato, un rouge apagado carente de personalidad pero rebosante de provocadora malicia.

—Gracias por recibirnos otra vez señorita Radford.

—¿Debo preocuparme?

—No se alarme —dijo Gordon esbozando una sonrisa—, solo queremos hacerle una pregunta.

—Dispare.

—¿Alguna vez habló con alguien acerca de la Alicia Modric? Me refiero a un desconocido, como si se desahogara.

—No comprendo…

—Seré franco con usted —dijo mordiéndose el labio inferior—. Creemos que el asesino es alguien que oyó su pena, y la del resto de las chicas, y decidió hacer justicia por mano propia.

—Tal vez usted descargó su ira en las redes sociales o…

—Imagínense que de haber publicado algo contra mi suegra, me hubiera costado el puesto —dijo ladeando la cabeza.

—A veces conversamos con gente que no responde y creemos que ni siquiera nos escuchan.

—¿Cómo un psicólogo? —sonrió—. Lo siento pero no me psicoanalizo hace años, desde que era una adolescente.

—Le parecerá extraña la pregunta pero… ¿Cómo viene a trabajar? —preguntó Alan frotándose las manos, con la tranquilidad de haber lanzado el anzuelo.

—¿Disculpe?

—En qué se moviliza para llegar y volverse a su casa.

—En subte —respondió con un gesto adusto, elevando las pestañas.

—Gracias, es todo —dijo Gordon desanimado, haciéndole un ademán a su colega para retirarse.

—¡Salvo los viernes! —gritó haciendo regresar a los detectives a su oficina.

—¿Qué pasa los viernes?

—Vamos a un after-office en Rutsy, un bar en el centro muy popular.

—¿Y cómo se trasladan? —preguntó Alan con los ojos desorbitados.

—Pedimos un Transit, claro.

—E imagino que es un chofer al azar, el que se encuentre más cerca.

—No —respondió de inmediato—. En estos tiempos es imprescindible que sea alguien de confianza, no puedes subirte al auto de cualquiera.

—¿Sabe su nombre o número de patente? —preguntó Gordon acercándose por inercia, conteniendo la respiración—. No quiero asustarla pero él podría ser el hombre que estamos buscando.

—No, le aseguro que está equivocado detective.

—¿Por qué está tan convencida?

—Porque Rosemary es una mujer —respondió dejando boquiabiertos a los agentes—. Además es muy cándida, atenta y servicial.

una fábula sin moraleja, como una fantasía que se vuelve realidad, las especulaciones y prejuicios se revelaban erróneas y el réquiem apacible que sonaba en el inconsciente comenzó a tronar violento, aterrador, espeluznante.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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