Laberinto Macabro

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Capítulo XII. Virginia Wlastok. Parte II

—¿Qué piensan? —preguntó Melody luego de acompañar al ex agente Fuller a la salida.

—Debemos investigar al tal Chester pero dudo que un pedófilo o voyerista de adolescentes cambie por completo su modus operandi y decapite a un hombre como parte de un plan siniestro —dijo Gordon hamacándose en su silla, con las manos detrás de la nunca.

—Coincido, no creo que se trate del mismo asesino.

—¿Por qué no? —preguntó Luisa frunciendo el ceño.

—Acabamos de darte los argumentos —dijo Alan abriendo los brazos de par en par.

—Pero parten de la base errónea de creer que Chester sí estuvo involucrado en la desaparición de Virginia.

—¿Crees que ambos casos estén relacionados y se trate de un criminal hasta ahora desconocido? —preguntó Melody mientras dibujaba un enorme signo de interrogación en la pizarra blanca amurada en un extremo de la sala.

—¡Desde luego! —respondió eufórica—. Algo o alguien los hizo regresar a esa casa y no me extrañaría que fuera el mismísimo asesino.

Las carcajadas del desconcierto podían oírse a kilómetros de distancia. Del mismo modo, el sarcasmo siempre malintencionado que trae aparejado el bloqueo mental, llegaba inoportuno a burlarse de las caricias arteras que lejos de apaciguar el dolor, abrían con saña las heridas del pasado que adornaban con cruenta sutileza un cuadro siempre inacabado cuya mano ejecutora se negaba a reclamar derechos de autor.

—Bueno, ya sabemos por qué regresaron a la escena del crimen.

—Es extraño, todos recibieron una carta que aseguraba revelarles una verdad que ya nadie perseguía. Digo, ni siquiera había contacto entre ellos, rehicieron sus vidas —Alan no salía de su asombro.

—Jamás te desprendes de algo así, ese trauma te acompaña para siempre —dijo Lucía frotándose las manos, con la mirada en ninguna parte, haciendo propio el dolor ajeno—. Creyeron que cerrarían el círculo, que por fin sabrían la verdad de aquella noche.

—Pero lejos de eso, lo único que hallaron fue otro cadáver.

—Eso no es lo único inquietante… —susurró Melody apretando los dientes.

—¿Qué descubriste?

—Mientras huían despavoridos, todos relataron haber visto estacionado un Pontiac azul antiguo, con las luces encendidas y adivinen quién tiene ese tipo de vehículo.

—No lo sé —dijeron casi al unísono, mirándose entre todos.

—Nuestro buen amigo Milton Fuller.

—¿El detective?

—Tráiganlo aquí de inmediato —ordenó—. Nos oculta algo y debemos saber qué es.

De repente, en un giro inesperado de los dados, Melody veía el pasado repetirse y se lamentaba a cuenta de las verdades por revelar. A la luz de los hechos o mejor dicho de las especulaciones, un nuevo Brandon Sullivan se había alzado en la Gran Manzana, sintiéndose con la potestad de tomar la justicia en sus manos y hacer pagar a aquellos que, a su juicio, salieron impunes de los pecados capitales de su pasado.

—¿Creen que yo asesiné a Marvin Scott? —preguntó con los ojos desorbitados, riendo de los nervios.

—Por lo pronto nos interesa saber qué hacía en la escena del crimen aquella noche.

—¿De dónde sacaron eso?

—Todos identificaron su auto y las cámaras de seguridad de la estación de servicio que hay a medio kilómetro constatan la versión.

—¡De acuerdo! Fui a esa maldita casa la otra noche, lo admito —dijo derrumbándose sobre la mesa.

—¿Por qué fuiste?

—Recibí una nota, una carta que parecía ser la respuesta que busqué durante muchos años.

—¿Todavía la tienes?

—No —dijo remojándose los labios—. La convertí en confeti casi de inmediato.

—¿Recuerda lo que decía aquella misiva?

El alma de Virginia reclama justicia, esta noche en la casa de los demonios revelaré la verdad que ya no se puede ocultar.

—Y decidió apersonarse.

—Ese caso terminó con mi matrimonio, la relación con mis hijos y mi carrera…

—¿Qué hizo una vez que llegó?



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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