Laberinto Macabro

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Capítulo XIII. Milagros Graham. Parte I

Apenas maquillada, apenas algo de color para disimular la palidez que confrontaba con el otoño siniestro que llegó para quedarse, apoderándose con graciosa malicia de una primavera distraída, tan inmersa en los frutos por venir que olvidó proteger los pétalos siempre delicados de la flor que, aunque marchita, todavía pelea por renacer en un mundo sin brillo, sin alma, sin amor.

No es casual que el frío filo de la espada arremetiese con enjundia, casi de modo exagerado, contra una doncella desarmada, desprevenida, que olvidó tomar la mano de su ángel de la guarda.

Allí, en el momento exacto en que los protagonistas de dos novelas por completo diferentes colisionan, solo puede atinarse a recoger las páginas capciosas que no encuentran argumento, que no avizoran un final; que ni siquiera reconocen la tinta ensangrentada que tiñó de oscuridad un destino inenarrable. Por eso, mientras la mayoría de los mortales se lamenta, cuando no se queja, de la monotonía irrespetuosa que los gobierna, jamás debiera olvidarse que algo es mejor que nada y que nada, aunque parezca poco, es mucho más que la desdicha de no poder escapar a ninguna parte, atrapada en un laberinto sin el más mínimo resquicio de esperanza.

—¿Mira en lo que nos hemos convertido? —dijo abriendo los brazos—. Y a ninguno de ustedes se les ocurrió levantar un teléfono y preguntar si necesitábamos ayuda.

—Era una niña —se lamentó—. No comprendía lo que pasaba a mí alrededor, apenas tengo un vago recuerdo de tu rostro.

—Claro que sí —sonrió—, por supuesto que nos olvidaron. Nos olvidaron tan rápido que parece que fue ayer, y en verdad ha pasado un siglo.

—Si puedo ayudarte en algo, estaré encantada de hacerlo —dijo temblando, parada contra una fría y andrajosa pared deshilachada.

—¿En serio? —preguntó frunciendo el ceño—. ¿Crees sinceramente que soy tan estúpido?

—Te lo juro, solo tienes que pedírmelo.

—¿Acaso crees que no lo hice? ¡Esperé años una señal de ustedes! Pero estaban más ocupados en sus lujosas burbujas y caros perfumes que en nuestro bienestar.

«No finjamos. El cielo dejó de ser celeste hace mucho tiempo. La oscuridad que nos tiñe debe ser esparcida para que las princesas como tú se enteren del padecimiento subterráneo que soportan los mortales.

—¿De qué estás hablando?

—Alguien tiene que pagar…

—Sea lo que fuere por lo que estés pasando, tiene solución.

—Por supuesto que la tiene —sonrió—. Contigo daré un mensaje que nunca olvidarán.

Milagros corrió. Precedida por su respiración desbocada, intentó escapar de aquella suerte de granero abandonado que sería, a todas luces, su morada final. En la lucha por la supervivencia, la joven debía madurar a toda prisa y convertirse en una mujer estoica y valiente, capaz de soportar lo que fuera que el destino le deparase, siempre con el norte puesto en otro día más, en la sonrisa desdibujada que llevaba tatuada a fuego en un alma dispuesta a dar pelea, a vender cara las vejaciones que su frágil cuerpo estaba por sufrir.

—Mili… Vamos Mili, sal —gritaba mientras avanzaba sin más armas que sus puños desnudos—. No dilatemos lo inevitable.

«¿Qué diría tu madre si pudiera verte escabullirte cual niñita consentida? Según parece el maquillaje y los zapatos de diseñador se vuelven nada en la vida real. ¡Esto es lo que eres! El espejo se resquebrajó hace tiempo y no hay vestido que obnubile la amargura de los instantes que me negaron.

¡Colorín colorado, Mili! No hay finales felices es los nuevos cuentos de hadas. Parece que las arrogantes princesas ya no reposan en el firmamento inalcanzable de las obsesiones de un iluso; ahora se arrastran en el fango de la indiferencia.

—¡Aléjate de mí! —gritó entre sollozos agazapada en algún lugar que servía a la vez de último bastión.

—Ya me han marginado bastante, pero ya es hora de reclamar mi premio —hablaba mientras pisaba la paja esparcida por todo el suelo—. Nadie me privará de saborear el dulce almíbar de tu cuerpo; el néctar tentador que se mezcla con el rocío puro de tus labios.

«Créeme que no quise que fuera así, me esforcé por dejar de ser invisible a los ojos tuertos de los excluyentes. Pero si no dañas la flor, si no arrancas cada pétalo, entonces será imposible atravesar las murallas, saltar las barreras que injustamente nos separan.

—Solo dime cuanto quieres —dijo entre sollozos—. Puedo conseguirlo para hoy mismo.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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