Laberinto Macabro

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Capítulo XIV. Tony Blanc. Parte I

—¿Te gusta tu cuarto? —preguntó desde la puerta, cohibida de invadir la intimidad de la nueva huésped de su mundo.

—Es bonito, gracias —dijo mientras observaba el frondoso parque desde su ventana.

—Solo será provisorio, cuando nazca tu hermanita nos iremos a vivir a otro sitio.

—¿Tú te criaste aquí?

—Y no sabes lo que me costó marcharme —sonrió—. Amaba este lugar.

—¿Mi padre conoció tu casa?

Esa simple pregunta, tal vez, incluso, inocente, vino a recordarle a Stephanie que había pasado menos tiempo con Thomas del que hubiera deseado. Apenas una cena, de lo más informal, y la búsqueda desesperada de su sobrina, era todo lo que supieron compartir por aquellos lares; pero nada que se pareciera a una caricia, nada que precipitara las memorias de un beso prohibido.

Las paredes estaban frías, sin infidencias que revolear. Los pasillos, asfixiados de soledad, siempre atragantados de historias que contar, ni siquiera recordaban la presencia fugaz de aquel personaje sombrío que echaban de menos.

—Estuvo aquí una vez, sí —dijo atravesando el umbral de la timidez, acercándose hasta sentarse sobre el cómodo somier.

—¿Se querían mucho?

—Supongo que más de lo que estábamos dispuestos a admitir —respondió con un nudo en la garganta, apretando con fuerza las frazadas que la soportaban—. También a ti te amaba con locura.

—Supongo que lo hacía —suspiró—. ¿Era tan malo como dicen?

—¿Quién te dijo eso?

—A decir verdad, era el comentario recurrente de cuanta persona me tuvo cautiva —dijo sentándose al lado de Stephanie—, aunque jamás pude creerles.

«Solo conservo de Thomas buenos recuerdos. De vez en cuando me pregunto si la colección de pequeños instantes que guardo en mi mente, son reales o los fabriqué a mi imagen y semejanza con el correr de los años.

—Tu padre era un hombre extraordinario —dijo sujetando las manos de Violet—. Es cierto que era desobediente, altanero, insolente, por momentos insensible y…

—Sí, entendí —dijo soltando una carcajada—. Puedo notar que estabas enamorada.

—¿Tanto se nota?

—Será nuestro secreto —dijo guiñándole un ojo—. Entonces, ¿también eres agente encubierto?

—¡No! Dios me libre —sonrió con las manos en su pecho—. Soy detective.

—¿De los que persiguen criminales?

—Esos mismos, sí.

—Este parece un pueblo tranquilo.

—Lamentablemente, nunca se sabe dónde se oculta una mente atrofiada.

—¿Podré ir contigo a la oficina? —dijo con sus ojos violetas encendidos como el amanecer resplandeciente.

—No creo que sea buena idea.

—¡Vamos! Ya no soy una nenita.

—Tienes 13

—Casi 14 —dijo tajante—. Además, es edad más que suficiente para indagar de cerca tu trabajo.

—Cuando nos mudemos a DC lo consideraré —sonrió.

—¿Washington? —preguntó exaltada—. ¿Y podré conocer al presidente y la Casa Blanca?

—Hagamos un trato —dijo Stephanie incorporándose con dificultad—. Primero toma tu chocolatada, vístete para conocer tu nueva escuela y más adelante discutiremos sobre el futuro ¿qué dices?

—De acuerdo —dijo desganada—, pero solo con una condición.

—¿Cuál?

—Que por la tarde vayamos a un parque de diversiones, pude ver uno a lo lejos mientras viajábamos hacia aquí.

—Creo que prefiero llevarte a la Oficina Oval —dijo pálida, reviviendo nefastas experiencias.

Manhattan, Nueva York.

—No sé, no me entra en la cabeza que tuviera semejante reacción.

—¿Usted estaba aquí al momento del desborde? —preguntó Gordon mientras observaba los resultados del vendaval que arrasó la vivienda.

—No, estaba por salir de mi casa, rumbo al trabajo cuando Linda me llamó desesperada. Apenas entendía lo que hablaba.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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