Laberinto Macabro

Tamaño de fuente: - +

Capítulo XVI. Shelly Gundogan. Parte I

—Te lo suplico Frank, no me dejes, haré lo que sea para que todo mejore.

—¿Cuántas veces hemos tenido esta conversación? —preguntó extendiendo sus brazos de par en par—. Vivimos en una eterna calesita que gira y gira en torno a promesas vacías.

—Podemos solucionarlo, ya lo hemos hecho antes…

—Ese es el problema —interrumpió—. Me cansé de reiniciar una y otra vez. Lo mejor para los dos será enfrentar la realidad y buscar nuestro camino por vías separadas.

—¿Y los sueños que edificamos juntos? ¿Qué pasará con ese futuro idílico que me prometiste?

—Ese futuro ya no existe Shelly —dijo mientras cerraba su valija.

—Así de sencillo —sonrió nerviosa—. Tú dices que se terminó y yo debo aceptarlo como una niñita, resignada.

—Las rupturas son dolorosas; no espero que lo tomes de ninguna manera, cada quien lo digiere como puede, a su manera.

—Esto no es una ruptura —se quejó—. Estás abandonándome.

—Eres joven y hermosa, ya verás cómo pronto encuentras a alguien que te haga feliz.

—¡Te quiero a ti!

—No puedo darte lo que pides, lo siento —dijo abandonando la habitación, bajando las escaleras que conducían a la libertad, a su libertad.

Sentirse asfixiado, maniatado, enjaulado, puede no ser motivo suficiente para emprender un viaje, para tomarse un tiempo y reflexionar sobre lo vivido. Parece tonto, resulta extraño, incluso, visto con algo de malicia puede vislumbrarse erróneo, sin embargo, nadie se va sin resolver su pasado, no hay donde esconderse. Nadie, absolutamente nadie, tiene permitido escapar sin responder los incómodos interrogantes que lo atan, que lo jalan, que lo mantienen enfrascado en una partida sin punto de llegada y, en ocasiones, sin punto de partida.

—¿Hay otra mujer, verdad?

—Por favor, no otra vez la misma escena…

—¿Cómo se llama? —preguntó con los ojos desorbitados, queriéndose escapar de sus cuencas—. Tengo derecho a conocer el nombre de la ramera que te aparta de mí.

—No hay una tercera en discordia —respondió sacudiendo su cabeza—. El problema somos nosotros, no funcionamos como pareja. No debemos buscar respuestas en ningún otro sitio que no sea en nuestra propia incapacidad para hacer que esto prospere.

—Una forma sutil de decir que no piensas hacerte cargo de nuestra hija…

—¿Disculpa?

—¿Cómo crees que tomará Maite que su papá se marcha y la deja tirada como si fuera un montón de basura?

—En primer lugar, ella no es mi hija, y en segundo término, no tiene por qué terminar nuestra relación, podemos ser amigos.

—¿Amigos? —sonrió—. ¡Ella te ama como a un padre!

—Solo llevo tres semanas viviendo en esta casa —dijo frunciendo el ceño.

—Y por eso te sientes con la impunidad de abandonar un hogar y destrozar los corazones en la huida.

—Shelly, no tomes a mal lo que voy a decirte pero creo que necesitas la ayuda de un profesional.

—Nuestra hija regresará de la escuela y tendrá a su familia esperándola con la merienda, como tiene que ser.

—Lo mejor será que hablemos cuando estés más tranquila…

—Conozco esa cantinela —sonrió con las lágrimas esparciendo el rímel por doquier—. Al final, eres igual a todos. Obtuviste lo que siempre deseaste y ahora nos desechas, nos ignoras como si no hubiéramos existido; peor aún, como si fuésemos un número en una lista asquerosa o figuritas en un álbum de conquistas.

—Adios Shelly —respondió manoteando el picaporte, a punto de salir para siempre de sus vidas—. Dile a Maite que pasaré a visitarla cuando me acomode en mi nueva casa.

Aquellas palabras que jugaron a mezclar la nostálgica despedida con la ansiada y cándida promesa de volver, a menudo se tornan contraproducentes, cuando se pronuncian ante un espíritu despechado, sumido en la agonía, rabioso por tan descarada artimaña, que en su mente, buscaba librarse sin castigo, ni siquiera el más mínimo rasguño, de una falta imperdonable.

Gusten servirse sin culpa del manjar de la locura; aprovechen que rara vez se ofrece extrovertido el amo de las tinieblas, servicial, dispuesto a obedecer lo que la noche demande. Allí, en lo profundo de un gin-tonic, en las burbujas de un champagne francés o en la graciosa silueta de un Martini, mide la distancia para dar el salto cualitativo que le permita cazar a una víctima siempre desprevenida que juega a los amoríos de forma tan temeraria que asusta, tan cautivadora que encandila; tan obstinado que pide a gritos que lo atrapen.



Sebastian L

#2510 en Thriller
#1429 en Misterio

En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar