Laberinto Macabro

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Capítulo XVI. Shelly Gundogan. Parte II

—Algo es muy extraño en todo esto —dijo Alan observando el cuerpo semi enterrado en el parque.

—Tiene un evidente golpe en su cabeza y una veintena de punzadas…

—Sí, pero por otro lado está limpio, peinado, tapado con una frazada ¿Eso qué nos dice?

—Remordimiento —dijo Melody arrodillada frente al cadáver.

—¿Apuñalas a alguien veinte veces y luego te da culpa? —sonrió Gordon—. ¿Qué clase de psicópata hace algo así?

—Alguien muy enojado…

—¿Había alguna identificación entre su ropa?

—Ninguna —respondió Luisa—. Deberemos aguardar los resultados de laboratorio para confirmar su identidad.

Jamás dejan de sorprenderse los detectives de las obras que, aunque macabras, distinguen el sello inigualable de una patología, la huella indeleble de una personalidad que acalla las voces en su mente del modo que puede, del que tiene al alcance de la mano.

—¿Eras amigo de Frank Zelton?

—Le dijimos que se alejara de ella, casi se lo suplicamos.

—¿Puede ser más específico por favor?

—Llevaba cuatro meses saliendo con una desquiciada, una maniática que no lo dejaba en paz.

—¿Diría que estaba en una relación difícil, de las que ahora se llaman tóxicas?

—Era una controladora, una posesiva. Ya ni siquiera lo dejaba venir a los viernes de amigos.

—¿Tiene nombre esa mujer?

—Shelly Gundogan —respondió apretando los puños—. Ese es el nombre de la asesina.

—Creo que esa afirmación es algo apresurada.

—¡Él iba a dejarla!

La presunción de inocencia, valioso tesoro que nos aparta de la barbarie, a menudo se resquebraja con graciosa rapidez.

Aferrados con uñas y dientes a los datos que iluminaban la trama, los oficiales ingresaron a la casa de Shelly y aunque no hallaron ninguna persona en el lugar, sí se toparon con pequeños detalles que engrosaban la teoría que la elevaba en la escala de sospechosos.

—Miren toda esta sangre.

—Apuesto que aquí lo apuñaló.

—Y vean eso —dijo Gordon señalando lo que parecía una maleta de viaje—. Parece que pensaba marcharse después de todo, su amigo tenía razón.

—Debemos analizar el cuadro con más calma. Miles de parejas se separan y no todas terminan a los cuchillazos. Hay algo que no estamos viendo.

—Sí, a la asesina —dijo Alan mientras observaba a los policías terminar de revisar los cuartos del primer piso.

—Arriba hay dos habitaciones —dijo Luisa mientras bajaba las escaleras—. Una sin duda es de una niña.

—¿Tienen una hija? —preguntó Melody frunciendo el ceño—. Necesitamos la ayuda de Charlotte.

Uno más uno no amerita respuesta, menos, aún, cuando a luz de las escasas evidencias el resultado pareciera gritar ¡tres!

—El nombre de la pequeña es Maite Barns fruto de una relación de Shelly con una pareja anterior, pero eso no es todo.

—Dinos.

—Parece que el señor Barns desapareció dos días después de haber firmado los papeles de divorcio.

—De acuerdo —suspiró Gordon—. Estamos en presencia de la viuda negra.

—Dividámonos —ordenó Melody—. Luisa y Alan vayan al colegio de la niña y nosotros iremos al trabajo de Shelly. Debemos atraparla.

Las agujas se deslizaban sin clemencia y la amenaza latente de una asesina en fuga o, peor, en pleno proceso de ejecución criminal, apuraba los interrogatorios y la audacia, siempre a prueba, de los detectives de Nueva York.

—Miren, la señorita Gundogan era brillante en su trabajo cuando estaba bien…

—¿A qué se refiere con eso?

—Bueno, casi siempre estaba bien, eufórica diría, pero existían también periodos de depresión; no sé cómo describirlo.

—¿Alguna vez tuvo algún inconveniente con un compañero, proveedor o cliente de la empresa? Me refiero a un conflicto que se saliera de control.

—Hubo una vez —respondió la encargada asintiendo con la cabeza, rememorando una vieja gresca—. Shelly y una pasante tuvieron una diferencia, un intercambio de opiniones acerca de cómo se debía presentar la mesa dulce para un evento ejecutivo.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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