Laberinto Macabro

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Capítulo XVII Un trato es un trato

Flashback. Unos meses atrás

En alguna base secreta, dependencia del Gobierno Federal. 

—Muestren su respeto, el juez Monroe está de regreso en el recinto.

—Luego de evaluar con extremo celo las evidencias y analizar al milímetro las declaraciones de los distintos actores, he llegado a un veredicto. Por favor, póngase de pie el acusado.

Thomas sonrió, adolorido por las secuelas de aquella bala que atravesó su abdomen, convencido de ser la atracción de un nuevo circo montado sobre una pila de sadismo innecesario, acató las órdenes del magistrado sin más expectativas que oír las falacias, bien ensayadas, que, incluso, sonarían convincentes, dignas de una sentencia ejemplar.

—En el caso del Estado contra Thomas Weiz y por el poder que me confiere la constitución nacional, declaro al acusado culpable de los asesinatos del agente y director de la Central de Inteligencia Melvin Hanulak, la agente y vicedirectora del mismo cuerpo Erin Stuart y, también, del homicidio del agente Randy Scolaro.

«Del mismo modo, se encontró al acusado partícipe necesario del homicidio del ex comisionado del Estado de Nueva York, Arthur Mayer, así como de otros, por lo menos, diez casos desperdigados por toda la nación. Dicho eso, no tengo otra alternativa que sentenciar al forajido Thomas Weiz a la pena de muerte. La misma se efectuará en el plazo de 12 meses. Mientras tanto, deberá permanecer en una cárcel de máxima seguridad, aislado por completo del resto de los convictos.

Ni siquiera se inmutó. De hecho se sorprendió de que no lo hubieran acusado también del asesinato de Kennedy. Solo podía pensar en su familia, en que no volvería a verlas nunca. Se reprochaba sí, las caricias que nunca brindó y maldecía en silencio la frialdad que le impedía, como siempre, compartir un roce tibio con aquellos labios que nunca más besaría. Su hija, sus hijas, eran otra historia; un párrafo tan extenso que ameritaba una novela aparte, un tomo plagado de pensamientos masoquistas y silencios estruendosos que gritaban a los cuatro vientos lo que era incapaz de demostrar. Ya no había más, perdidas en algún sitio, embarulladas en las líneas ilegibles de sus páginas amarillas, las penas que moldearon su personalidad comenzaban a tomarle el gusto a danzar con su sombra y lo alentaban a afrontar con hidalguía el futuro gris.

Es difícil medir en la balanza de la justicia si la pena era justa o desmedida. De seguro, había motivos de sobra para argumentar tamaña decisión. La venganza que supo quitarle el sueño y acaparar cada centímetro de su ser el último tiempo, era la que en definitiva se cobraba la deuda y reclamaba ser saciada con todas las de la ley.

Ya no había nada que hacer, ni tribunales a los que apelar. La leyenda, el mito, la máscara visible de la muerte se extinguía para siempre en la más absoluta y desgarradora soledad.

Así, mientras esperaba para ser trasladado, esposado en una habitación minúscula y custodiado por dos guardias que no hacían más que apuntar directo a su cabeza, la irrupción casi insolente de un hombre entrado en años, elegante de los zapatos a la punta de los pelos, vino a enrarecer el ambiente y estampar un enorme interrogante que amedrentaba a los ases del lugar.

—Seguridad Nacional —dijo mostrando su identificación—. Déjenme solo con el reo.

Los oficiales se miraron. Tenían órdenes explicitas de no moverse de su posición. Sin embargo, la envergadura del recién llegado no daba espacio a maniobrar y decidieron obedecer antes que comprarse dificultades innecesarias.

—Y yo que creía que lo había visto todo —dijo Thomas recostándose sobre la silla de metal.

—Parece que no han salido bien las cosas.

—Bueno, eso depende del punto de vista —sonrió—. Apuesto a que hay mucha gente festejando en este preciso instante.

—¿Qué quieres Thomas?

—¿Disculpa? —preguntó frunciendo el ceño—. ¿Acaso eres el genio de la lámpara?

—Digamos que tengo el poder para posponer tu muerte.

—¿Qué caso tiene retrasar lo inevitable? Jamás me llevé bien con la agonía.

—Tal vez podamos ayudarte —dijo mientras se quitaba los lentes que estaban estropeando sus ojos—. Siempre que recibamos algo a cambio, por supuesto.

—¿Qué podría querer Seguridad Nacional de un presidiario?

—Absolutamente nada.

—Eso pensé.

—Pero de uno de los criminales más avezados del último tiempo, mucho.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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