Laberinto Macabro

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Capítulo XVIII. La muñeca. Parte II

Ciudad de Allentown, condado de Lehigh, Pensilvania

—Duerme como un angelito.

—Te lo dije, te preocupas demasiado.

—¿Ya decidiste que vamos a mirar? Me siento una niña —sonrió—, llevábamos tiempo sin hacer esto; un momento para nosotros.

—Entonces acomoda bien esas almohadas y prepárate a temblar con “La elegida” —dijo frotándose las manos.

—¿Por qué tiene que ser de terror? Luego tendremos pesadillas.

—Confía amada mía; te aseguro que valdrá la pena.

—¿A qué te refieres?

—Ajústate los cinturones, esta es una velada que jamás olvidaremos.

Era la noche que los Parker habían estado esperando. Luego de posponer la intimidad en pos de priorizar el estado de salud de su pequeña hija, por fin, en mucho tiempo, podían distenderse y perderse en el universo siempre meloso de los roces furtivos. Después de todo, la película era apenas una excusa, el pretexto para regalarse algo más que arrumacos en una noche tormentosa, de esas que invitan a no resistirse a los deseos que a menudo les impedirían mirarse al espejo, ruborizados por ceder a cumplir sus fantasías.

—¿Oíste eso? —preguntó abrazada a la almohada, con los ojos negros bien abiertos.

—Fue en la televisión.

—Se oyó en el cuarto de Chelsea.

—No te persigas —susurró sin dejar de ver la pantalla, poseído por la trama.

—Tengo un mal presentimiento —dijo parándose raudamente—. Pon pausa, por favor.

—¡Aguarda! Yo iré, vuelve a la cama.

Refregándose los ojos mientras emitía un eterno bostezo, Philip caminó descalzo hasta la habitación de su hija para cerciorarse de que todo estuviera bien y complacer así a su esposa; después de todo, él no había escuchado nada y no existía en su mente ningún peligro que ameritara demasiada atención.

Se sacó la duda. Abrió con sigilo la puerta de la habitación de la pequeña Chelsea y pudo contemplar la paz con la que dormía, abrazada a la jirafa Margarita, con una sonrisa que delataba los dulces sueños en los que estaba inmersa.

Cauteloso, sin levantar la perdiz, con el regocijo propio de haber cumplido con su deber, regresó a su dormitorio donde Tracy aguardaba impaciente las novedades.

—Te lo dije, no hay de qué preocuparse —susurró regalándole una sonrisa.

—¿Dormía?

—Como un bebé.

—Pero podría jurar que escuché un ruido; como si algo metálico cayera al suelo.

—Debe haber sido tu imaginación; los nervios por la película jugándote una mala pasada.

—¿Faltará mucho para que termine? —preguntó procaz, seduciéndolo con la mirada, retándolo a cruzar la frontera por largo tiempo inexpugnable.

No iba a rehusarse a lo que consideraba un mandato divino. Con la libido en ebullición y el corazón desbocado, se arrojó sobre ella y comenzó a besarla con desenfreno, comenzando por su cuello y deslizándose sin oposición o resistencia por el precipicio lujurioso que llegaba justo a la felicidad.

En ese momento, en ese instante de placer inmemorial, ahora sí, un estruendo claramente audible, detuvo lo que a todas luces sería una obra para el recuerdo y puso a ambos padres en pie de alerta.

—Hay alguien en la casa —balbuceó Tracy, atinando a cubrirse con el camisolín transparente que había ido a parar al suelo en medio de la contienda, víctima de una guerra sin cuartel.

—Yo bajaré a ver de qué se trata, tú quédate aquí —ordenó.

—¡Espera! ¿Qué pasa si tiene un arma?

—Tranquila, no estamos seguros de que hubiera entrado alguien; tal vez solo fue el viento —dijo mientras se ponía unas pantuflas y terminaba de calzarse la remera.

Definitivamente no era la noche que esperaban. Distintos contratiempos parecían complotarse para arrebatarles el momento y contagiarles, en el camino, una paranoia que escalaba deprisa y amenazaba con arrastrarlos a los confines oscuros de la locura; la misma que se mofa de los escépticos que se proponen, tarde, enfrentar las inclemencias del destino.

Al principio todo era silencio. Desde la habitación solo se escuchaba el zumbido incesante de la ansiedad arremetiendo desalmado contra el espíritu un tanto frágil de la esperanza. A continuación, al cabo de unos pocos minutos, el sonido inconfundible de muebles corriéndose, acompañados por un coro de desgarradores gritos de dolor, vino a confirmar las peores presunciones.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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