Laberinto Macabro

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Capítulo XIX. Bajo la nieve. Parte II

Por suerte para los detectives, Purgatorio no era la única disco donde recabar información. No había exclusividad. Quien quiera que se ocultaba tras bambalinas se aseguró de expandir su producto por toda la noche de Manhattan y, en consecuencia, todavía existían ciertos peldaños que presionándolos un poco aflojarían eventualmente la lengua.

—No sé qué hacen en mi casa perdiendo el tiempo; ya les dije que no tengo idea que pasó la otra noche.

—La gente comenta que eres el promotor en jefe de las fiestas en Los Suspiros.

—¿Y con eso qué? —preguntó encogiendo los hombros.

—Tiene completo conocimiento de lo que ocurre en cada rincón del club.

—Yo no sé nada.

—Es un departamento costoso —dijo Melody mientras hurgaba, insolente, las habitaciones—. Me imagino lo que habrás trabajado para poder comprar algo así.

—¿Acaso es delito tener dinero en Nueva York? —sonrió.

—Bueno… cuando te crías en un barrio modesto y el único trabajo del que se tiene constancia fue ser camarero en un local de comidas rápidas; digamos que las cuentas no terminan de cerrar.

—Tal vez tuve un golpe de suerte —respondió abriendo y cerrando sus puños—. Soy un ciudadano que paga sus impuestos.

—Sería pésimo para ti que halláramos la fuente de tan repentino crecimiento.

—¿Estoy en problemas?

—Tú sabrás.

—Yo no tengo nada que ver con esa mugre —suspiró—. Solo hago la vista gorda cuando los dealers se reúnen con sus clientes.

—¿Cuánto te llevas?

—Ya le dije que no participo de…

—¿Cuánto? —insistió Gordon.

—No lo sé, tal vez un 20%

—Danos un nombre.

—Llevo cinco años en esa disco y estoy seguro de que esa gente es inocente; tienen clientes estables, gente de abolengo; no se arriesgarían con un experimento.

—¿Ahora tú realizas la investigación? —preguntó Melody con una sonrisa mordaz.

—¿Qué pasará conmigo?

—Danos a alguien más arriba en la cadena alimenticia y procuraremos decirle al fiscal que colaboraste.

—Entonces todo el mundo sabrá que soy un soplón —se lamentó mientras refregaba sus manos—. Eso es peor que ir a prisión.

—¿Tanto como ser acusado de 36 homicidios?

—No sé su nombre —suspiró—, pero todos lo llaman Calvin.

—¿Eso es todo?

—Tiene un piso en la Quinta Avenida; en la misma cuadra de la joyería francesa ¿saben de qué hablo, cierto?

—Danny Bronson quedas arrestado —dijo Gordon sacando a relucir unas bien bruñidas esposas.

—¿Qué? —se exaltó—. Dijeron que me libraría si colaboraba con la justicia.

—¿Y esperas que nos vayamos de aquí para que puedas avisarle a tu amigo Calvin que vamos tras él?

—Tiene que ser una maldita broma —se lamentó sin oponer resistencia.

—No desesperes, todo acabará pronto.

A diferencia de los eslabones más débiles de la cadena, que aceptaron su suerte sin más pataleo que el que viene atado a la frustración, Calvin Matena, viejo zorro de las alcantarillas más putrefactas no iba a rendirse así sin más, consciente de que su destino estaba lejos del trabajo comunitario; no dudó un segundo en arrojar por la borda el capuchino que bebía camino a su casa cuando se percató del cerco policial que le rodeaba la manzana.

Nadie podrá acusarlo jamás de no haberlo intentado. Corrió despavorido como si su vida dependiera de ello y vaya que lo hacía. Primero derecho, luego en zigzag; metiéndose en cuanto negocio se le cruzó por el camino pretendió burlar a los detectives que lo perseguían sin tregua. Cruzó la avenida no menos de tres veces pretendiendo con el caos vehicular ganar algo de ventaja que le permitiera, al menos, perderlos de vista un instante.

Nada tuvo el efecto deseado. Justo en el instante en que sus piernas comenzaban a acalambrarse y sus pulmones agotaban la última reserva de aire que todavía guardaba, la pierna maliciosa, casi como quien no quiere la cosa, de la detective Blair escondida detrás de un arbusto, puso fin de una persecución agotadora.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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